Pilar Palomero, directora de «Las niñas»: «Yo no he querido ir contra la educación de las monjas»

Es la gran favorita en los Goya, con nueve candidaturas. En su primer largometraje, Palomero nos devuelve, con éxito, al olímpico 92 con «Las niñas», retrato de una generación que creció entre el credo y el «Póntelo, pónselo»


La brutal y sutil frontera entre la infancia y la adolescencia de Pilar Palomero (Zaragoza, 1980) está, como la de buena parte de su generación, en Las niñas, en el verde agua y el beis y el ocre y el gris cotidiano de provincias de aquel 92 de la Expo y las Olimpiadas, cuando la mano más abierta era quizá la mano loca, y la libertad, ir de paquete en la moto del amigo de alguien, asomarse a la discoteca con las hermanas mayores, grabarse una canción de los Niños del Brasil o ver el anuncio del «Póntelo, pónselo» en la marquesina del autobús o en una velada televisiva nocturna con Raffaella Carrá y Paco Umbral.

En su primer largometraje, la cineasta que nos dio la sorpresa del 2020 se convirtió en la pequeña que crece en menos de lo que dura un verano, en la gran favorita en las quinielas de los Goya (aspira al cabezón en nueve categorías, incluidas las de mejor película, dirección novel y guion original) tras lograr la Biznaga de Oro en el Festival de Málaga.

—¿Esperaba este éxito en su debut en el largo?

—No. Eso no se puede esperar y casi ni soñar. Yo intenté hacer la mejor película posible sin pensar más allá de las fechas de rodaje. Llevo años trabajando en esta industria y sé que hay una parte que no depende de una. Hay muchos factores a tener en cuenta, como el caer en gracia o no... Parecen cosas pequeñas, pero importan. Cuando estaba rodando, yo solo pensaba en dar todo de mi parte y rodearme de gente a la que admiro, con talento. Esto es fundamental. Esta película no la hago yo, somos un equipo.

-Hay una sutileza en su mirada, mucho más implícito que expreso en este cuadro...

-La máxima era ir, desde el principio, al detalle, a lo pequeño.

­—¿El filme nació del encuentro de un viejo cuaderno de Religión?

—Surgió de una manera muy desdibujada. No es que encontrase aquel cuaderno de Religión y pensase: «Quiero hacer la película». Fue el germen de la historia, pero pasó mucho tiempo desde que vi ese cuaderno y decidí hacer la película.

­—¿Cuándo tomó la decisión?

—Exactamente no lo sé. Tengo claro que, cuando uno se dedica a contar historias, tienen que ser historias en las que siente que puede aportar algo, con una voz legitimada para contar. Encontré que tenía algo que decir sobre cómo había sido nuestra educación, lo contradictoria y confusa que me parecía. Y empecé a pensar la película. En el 2016 me dije: «Quiero hablar sobre aquella sociedad. Quiero hacer esta película».

­—¿Pretende una denuncia social?

—En los 90 cargábamos con muchas mochilas heredadas. No todo el mundo lo vivió igual (ni en todas las ciudades ni en todas las familias), pero la herencia de la mentalidad de nuestros padres y abuelos pesaba mucho todavía.

«Cuando me refiero a educación, me refiero no al cole de monjas, sino a la que entraba también por la televisión, a tu casa...»

­—¿Cree que era una «mala educación» la que recibimos las niñas de colegios religiosos de los 90?

—Cuando me refiero a educación, me refiero no al cole de monjas, sino a la que entraba también por la televisión, que era una ventana al mundo, a tu casa, a tu compañera de pupitre, a todos los estímulos que recibimos, que todo importa en el dibujo de una identidad. Yo no hablaría de una mala educación. De hecho, yo en ningún momento he querido ir contra la educación de las monjas, solo proponer una reflexión sobre aquel momento.

—Muestra más de lo que juzga.

—Tenía claro que no quería hacer una película contra nadie y que esa educación, vista con perpectiva, resulta un poco anacrónica. Era anacrónico hablar de castidad en el 92, ¿no?

—Y más con Paco Umbral diciendo en la tele: «Pónselo, póntelo»...

—Sí, esa mezcla era chocante.

—Refleja muy bien la crueldad de las niñas, de las «niñas bien». Que no eran violentas, pero decían a veces cosas terribles.

—Había crueldad, sí, sí...

«Es una película creada con nuestros recuerdos. Nos reímos mucho recordando peinados y looks»

—Aquellos años están en el color de la película, en las aulas y los patios, en los azulejos de la cocina, la olla exprés, los tresillos, los casetes. ¿Cómo fue el trabajo para documentar y armar esa crónica en un abanico de detalles?

—Es una película creada con nuestros propios recuerdos. Tratamos de mostrarlo como lo recordábamos. Fue un trabajo exigente, en el que usamos muchas fotografías nuestras, de nuestra infancia, de la de nuestros padres y amigos. Tiramos de hemeroteca, de la televisión, de videoclips de la época. Fue un trabajo arduo y muy divertido. Nos reímos mucho recordando peinados que llevábamos, looks que nos hacíamos...

—¿Dónde está usted en su película, en el colegio, en la casa, en una de esas niñas en concreto?

—En el contexto de la sociedad del año 92. Ni en el colegio ni en la casa. En el conjunto. Mi situación familiar era otra. El colegio sí que era muy parecido, de monjas, solo de chicas. Estoy en la personalidad de Celia, en su timidez, en esa ingenuidad. Pero no es una película autobiográfica, aunque hay momentos, como el de la discoteca en el que a las niñas les piden «rollo», que son tal cual. No una vez ni dos, era habitual. Tampoco hay nada inventado.

«Un adolescente que se interese por el cine hoy en día tiene tantísimas opciones. Yo en mi adolescencia me podía permitir alquilar, como mucho, una cinta de vídeo a la semana»

—¿Son hoy más libres las niñas, tienen una educación mejor en lo afectivo, lo sentimental y lo sexual? Hemos pasado de vivir en una burbuja a querer reventarlas todas...

—En el 92 había muchas educaciones, muchas mentalidades... Y hoy sucede un poco lo mismo. En términos generales, ha habido un cambio. Tienen un nombre cuestiones a las que antes no se daba importancia, como el bullying o la sexualidad. Ahora se anima a los niños y los adolescentes a que si viven una situación de riesgo hablen, lo denuncien, lo cuenten a sus padres. Pero depende tanto del entorno. Al igual que yo he necesitado 30 años para poder ver cómo eran aquellos años en perspectiva, tendremos que dejar pasar el tiempo para analizarlo y saber. Internet puede ser terrible, pero la libertad que da bien utilizada es maravillosa. Un adolescente que se interese por el cine hoy en día tiene tantísimas opciones... Yo en mi adolescencia me podía permitir alquilar, como mucho, una cinta de vídeo a la semana.

-«Las niñas» está en Filmin, ¿podría haber sido Neflix, o tiene prejuicios en esto?

-¡Noooo! Está en muchas plataformas, pero el tema de distribución no lo llevo, es industrial puro. Yo no tengo ningún prejuicio, veo mucho Filmin, Netflix. Estoy suscrita a todas las plataformas posibles.

-Pero el suyo es cine de autor, ¿no?

-Yo no me atrevo a decirlo. Lo que me apetece es que la vea el máximo de gente posible. 

-¿Qué cine le gusta?

-Para mí lo importante es lo que te provoque una película a nivel emocional, más que intelectual. Intento ver todo el cine que puedo. 

-«Las niñas» son sus niñas, de las que se confiesa orgullosa. ¿Cómo las encontró y qué tuvo que explicarles? Por ejemplo, ¿qué era un casete?

-Ellas sabían lo que era un casete, pero no sabían cómo hacerlo funcionar. Normal, jajaja. Ahí se ve claramente el salto generacional. Teníamos claro que Natalia (de Molina), pero sobre todo Celia y el resto de sus compañeras (las niñas) iban a ser el alma de la película. Y que en la mirada de Celia iba a estar el peso. Por eso teníamos que encontrar a la Celia perfecta. Fue largo, estuvimos más de siete meses para encontrarla, que no es lo normal, que el proceso de cásting dure tanto. Yo fui al rodaje tranquila con el potencial de las chicas, porque me había asegurado en los cástings de que me iban a dar lo que necesitaba. Pero me sorprendieron, ¡me dieron más! Yo las veo y me podría estar horas mirándolas, tomas que no están en la película... Me encanta verlas, cómo hablan, lo que dicen... Me gusta mucho su autenticidad y su energía.

-Primer largo, éxito total. ¿Ha sido una Olimpiada imprevista?

-El tema de las nominaciones a los premios lo bonito que tiene es que te votan compañeros. Es muy bonito recibir ese apoyo. Las nueve nominaciones de los Goya, el Forqué, las nominaciones a los Feroz, han permitido volver a estrenar en salas. Y es lo importante. La película se hace para que la gente la vea, para llegar a la gente. Con esto es con lo que yo me quedo. No hay nada más satisfactorio para un director que tu historia llegue a la mayor cantidad de gente posible. No a todos les vas a gustar, esto hay que tenerlo en cuenta. Pero la alegría de cuando a alguien le gusta lo que haces y te lo hace llegar... la sensación que tienes entonces es que no tengo ni palabras...

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