Otro alicorto alegato iraní contra la pena de muerte aspira al Oso de Oro

El torpe filme de Maryam Moghadam y Behtash Sanaeeha «Balada de una vaca blanca» eclipsa la inteligente apuesta de Ryusuke Hamaguchi, «Rueda de amor y fantasía»

Fotograma del filme iraní de Maryam Moghadam y Behtash Sanaeeha «Balada de una vaca blanca»
Fotograma del filme iraní de Maryam Moghadam y Behtash Sanaeeha «Balada de una vaca blanca»

En la pasada edición de la Berlinale el Oso de Oro fue a parar a una película iraní, There is no Evil, que era un pésimo ejercicio de cine maniqueo, altisonante, desafinado, narrativamente zafio. Pero se embozaba bajo la capa de denuncia de la flagrante pena de muerte en su país. Y su director, Mohammad Rasoulof, estaba sufriendo las represalias del régimen de los ayatollahs. Demasiado para que aquel jurado no dejase de lado la valoración del talento para premiar el mensaje torpe y quedarse con cuerpo de merecedores del Nobel de la Paz. Este año ha llegado un nuevo filme de Irán que repite esquema y malas maneras. Balada de una vaca blanca -y no me pregunten el por qué de ese título bovino- cuenta la tragedia de una mujer cuyo marido es ejecutado por un asesinato que un año después se descubrirá como error judicial. Y uno de los jueces que lo enviaron a la horca trata de aliviar su sentido de la culpa convirtiéndose en ángel de la guarda de la atribulada viuda y de su hija. No hay ni rastro de sutileza de estilo en la forma en la que Behtash Sanaeeha y Maryam Moghaddam ruedan el drama. Los subrayados de la dantesca situación son de guionista de telenovela turca que -según dice una anciana cabal en la propia película- es una de las tres opciones de los afligidos del mundo, junto al alcohol y las adicciones. Comparto esa reflexión aunque puntualizaría que lo de los folletines turcos es ya una drogodependencia pandémica. A esta infausta película iraní es muy posible que le caiga otro Oso dorado. De ello depende el sentido ético del jurado. Y seguro que al día siguiente se derrumba el régimen de Teherán como efecto dominó.

Como contrapartida y bálsamo preñado de inteligencia disfruto de lo último del japonés Ryusuke Hamaguchi, descubierto ya en Cannes hace años. Rueda de amor y fantasía se conforma como un tríptico cuyas historias confluyen en el tratamiento del amor o del deseo como territorios de la insania y de los roles egotistas o directamente pérfidos. La primera dibuja un triángulo amoroso que es el anticristo de la sororidad. La segunda aborda el chantaje sexual casi como un juego galante. Solo la última -un reencuentro amoroso de dos mujeres cimentado en una confusión de identidades- alivia la presión de la crueldad que Hamaguchi sirve con elegancia y virtuosismo de gran autor. No es justo que el engendro turco y el diamante japonés se puedan llamar indistintamente cine.

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