Manuel Vilas: «Si abolimos el romanticismo, el mundo será horrible»

CULTURA

El poeta y novelista Manuel Vilas, en A Coruña en el 2016
El poeta y novelista Manuel Vilas, en A Coruña en el 2016 PACO RODRÍGUEZ

La llama erótica puede encenderse mejor a los 58, advierte el poeta, finalista del Premio Planeta. Su nueva novela es una manera intensa de besar

27 sep 2021 . Actualizado a las 09:21 h.

El amor romántico es un manantial erótico a contraedad en Los besos, la nueva novela de Manuel Vilas (Barbastro, 1962), un poeta que escribe novelas, finalista del Premio Planeta 2019. Que el placer a los 58 no depende de una pastilla, ni de los estímulos en serie del mundo virtual, lo prueba el nuevo protagonista del autor de Ordesa, que tiene una voz familiar, que viene como de un lugar remoto de nosotros que se fue ahogando de olvido con el tiempo en el cuarto de atrás. Tras la elegía de Ordesa, hay que dejarse besar. El viaje de esta novela, la de un profesor que cambia de espacio y estilo de vida con la pandemia, y encuentra el amor en la madurez, es un submarino pintado de bromas, detalles cotidianos y gran desencanto social. A veces, desesperadamente sensible y sentimental. «Yo soy un gran optimista -sorprende Vilas-. Soy muy whitmaniano. La vida es un don, hay que celebrar que estamos vivos».

­-«Ordesa» me destrozó.

-Es un libro que gusta y que duele...

­-¿Quiere decirnos ahí que no comprendemos ni asumimos del todo el legado de los padres hasta que se van?

-Es un misterio. La vida está llena de misterios. Los besos sigue en esa línea. La ciencia nos ha hecho avanzar, pero los grandes misterios aún están ahí. La literatura es fértil en eso. En las relaciones entre padres, madres, hijos e hijas sigue habiendo un misterio atávico, primitivo.

­-Entre los amantes también...

-Más allá de Freud, no ha habido novedad en el amor, el erotismo, el sexo, la intimidad. Es lo que Los besos explora. Y lo hace en una pandemia. Busqué un lugar para escapar, para escapar a la catástrofe.

­-Señalando de paso su mala gestión.

-En esta novela sale gente muy criticada, sí. El narrador, Salvador, se ha dado cuenta de una cosa, y es que cuando tú tenías delante a los políticos te estaban diciendo lo que servía de construcción a su carrera. Es grave, parece casi una perversión de las democracias. Nuestros políticos son narcisos, están llenos de vanidad. Nuestros políticos no nos quieren. A los españoles nos han querido Cervantes, Antonio Machado, García Lorca... Los políticos no, nos ven como ganado. Por eso este es un país melancólicamente en depresión.

-¿Será que no curó sus heridas?

-¿Te refieres a la Guerra Civil?... No, no la curó. No hay una higiene histórica pactada. Esa parte melancólica de este país Salvador la percibe. Esa irrelevancia de España, absoluta y radical; este es un país que no le importa a nadie.

-Es un poeta que escribe novelas. ¿Cómo concilia esa parte de denuncia con la intimidad radical del narrador, un hombre que se enamora como un crío a los 58?

-Yo quería los dos planos: el social, histórico y pandémico, y el de la intimidad. Y decirte: «El plano social es desilusionante, el plano personal es mucho más ilusionante». Esa historia de amor de los protagonistas es la antítesis de la pandemia. Ellos buscan un refugio en el amor cuando lo que hay ahí fuera es el horror. Los amores, las relaciones, son más importantes cuando hay una catástrofe. El amor de pareja es un lugar donde la vida es plena. En otros sitios no veo plenitud.

-Defiende el romanticismo ante el «merchandising» antirromántico de hoy.

-El amor romántico conduce a la decepción, pero la vida sin ideal es decepcionante. Abolir el romanticismo puede ser una necesidad de progreso, por el feminismo, pero, si eliminas el romanticismo, no queda nada. Nada que dé brillo a tu vida. Quedas muy moderno, sin haber sido alienado por ninguna forma de heteropatriarcado, pero ¿en qué va a consistir tu vida sin ilusión? Si abolimos el romanticismo y el amor, el mundo será horrible. Salvador también rehúsa la masculinidad histórica, porque la ve tóxica, y lo que hace es idealizar, caer en la utopía cervantina de don Quijote. Es un romántico que sabe que ella se irá con su hijo, pero ve belleza en eso. En cumplir el mandato biológico. Como escritor, todo lo que es fuerza de vida me parece un triunfo.

-¿Nunca se agota el «Quijote»?

-El protagonista lee el Quijote como una novela de amor. Nadie lo ha visto así.

-¿Soñó, como Salvador, con el fin de la monarquía en España?

-Es un momento de ironía afilada en la novela. ¿Qué pasaría si se derrocara la monarquía y vieses a Felipe VI en una parada de autobús? Es una fantasía política que tiene Salvador. ¿Sin una jerarquía podríamos subsistir como nación?

-Si seguimos hablando de Hitler, si es «trending topic», nunca morirá, advierte. ¿Es imborrable el horror?

-El mal no puedes no historiarlo. Pero, cuando recuerdas a Hitler o a Franco, vuelven a la vida. No puedes olvidar el mal, y recordarlo es darle carta de naturaleza. El mal es imborrable, irredimible.

-Nos han enseñado que amar a otro es depender. ¿Cómo se puede vivir felizmente en esa autosuficiencia?

-Si no amas a otro, no hay erotismo, y la vida sin erotismo al final se queda en nada, se acaba. Nos acabamos.