Reme, el gran amor de Bosé

CULTURA

José Oliva

Las memorias del artista destapan a un padre tirano y a una madre poco cariñosa que desatan un fuego cruzado en un matrimonio tóxico. Pero descubren mucho más: Miguel estuvo a punto de ser padre en los años setenta

15 nov 2021 . Actualizado a las 19:46 h.

Las memorias de  Miguel Bosé están muy bien escritas, así que si alguien cree que las casi 500 páginas de este libro son una suma de informaciones rosas, está muy alejado de lo que es en realidad esta autobiografía. Lo que se ha filtrado hasta ahora, en esa burla Deluxe en que parece haberse transformado la vida del cantante, son las terribles maneras de un padre-torero que en los años 50 y 60 amenazaba a las mujeres de la familia por intentar convertir a su heredero en un «maricón». Pero las memorias de Miguel, de Miguelito, o de Miguelino, como lo llamaba su madre, la actriz Lucía Bosé, son mucho más que los estoques de ese padre. En las páginas de El hijo del capitán Trueno hay mucho de ese Delibes de Los santos inocentes y mucho también de La escopeta nacional de Luis García Berlanga. Hay destreza en la manera de contar, hay buenos diálogos, y hay sobre todo una intención de reflejar esos dos mundos: el de los pobres y el de los señoritos, el del campo y el de los nuevos ricos, el intelectual y el esencial, el profundo y el superficial que se entrelazan en cualquier vida, pero que en la de Miguel Bosé cobran otro sentido.

Un desdoblamiento de personalidades (Miguel y Bosé) que en esos primeros años de la infancia que se retrata en este libro aún no se habían dividido, aunque muchos de los monstruos del cantante se gestan en ese tiempo.

Como un niño de pueblo

En Villa Paz, en Saelices (Cuenca), en la finca de campo del maestro Dominguín, fue inmensamente feliz y allí aprendió a vivir libre, como un niño de pueblo, aunque él jamás lo fue y esa distancia de niño pijo se nota en todo lo que hace y cuenta. Pero lo cuenta bien. Como narrar la división de clases que evoca esa congoja de «Milana bonita» de Delibes en los quehaceres de los trabajadores de su padre. El macho alfa, el torero, la bestia, el play boy que somete a todos cuando brota la ira y con el que enseguida se produce una distancia silenciosa que Miguel asume como temor. Temor a no ser lo que se espera, a no cumplir las expectativas de lo que se le destina como heredero: la vileza, la masculinidad rancia, el machismo. A Miguelito su padre se lo lleva a África cuando no ha cumplido los 12 para que aprenda a cazar, y allí, desplomado por las fiebres del paludismo, sufre otro dolor aún mayor: el abandono de su padre, que ni en esas circunstancias lo atiende. Dominguín aparece, en ese retrato de la memoria selectiva, como un ser despreciable, que luego, sin embargo, se recoloca con los años en otro lugar mucho más cercano al corazón del artista.