«Total Control»: intriga política de factura impecable desde Australia

Javier Becerra
Javier Becerra REDACCIÓN

CULTURA

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La serie plantea la eterna historia de la fortaleza de los ideales políticos que se diluyen y se retuercen en el poder

04 may 2022 . Actualizado a las 09:11 h.

La promoción no rehúye parecidos. Va al grano: este es el Borgen australiano. El símil tiene sentido. Igual que ocurría en la aplaudida serie danesa, que se metía en los tejemanejes de la alta política y el cálculo electoral, aquí hay una primera ministra, interpretada por Rachel Griffiths, que se sale de la pantalla. También adquiere una relevancia excepcional un asesor político, personaje que corre a cargo de un brillante Harry Richardson. La diferencia la aporta el papel principal: Alex Irving (estupenda Deborah Mailman), una activista guerrera que, por un hecho fortuito, se ve en la primera línea de la política de Australia.

Total Control plantea la eterna historia de la fortaleza de los ideales políticos que se diluyen y se retuercen en el poder. De cómo los líderes lanzan el anzuelo a los pececillos inocentes que, una vez que pican, tienen que hacer malabares entre su conciencia, sus intereses y lo que la gente espera de ellos. Aquí todo arranca con la demostración de valor de Alex Irving, una mujer indígena que impide varias muertes neutralizando a un hombre armado. Se convierte en una heroína. A la primera ministra australiana le parece una gran idea incorporarla al Gobierno.

A partir de ahí aparecen todos los elementos del thriller político. Las traiciones entre miembros del mismo partido. Las victorias que, cuando uno menos se lo espera, se convierten en derrotas. El levantarse de la caída aunque esté todo en contra. La perturbadora mezcla de deseo sexual y ambición política. Los rivales que, de pronto, son aliados. Y todo un despliegue de recursos para que el espectador no pierda la tensión durante seis capítulos que, igual que ocurrió en su día con Borgen, piden continuidad.