Palma de Oro obscena para Ruben Östlund por «Triangle of sadness»

José Luis Losa CANNES / E. LA VOZ

CULTURA

El director sueco Ruben Östlund celebra su segunda Palma de Oro conseguida ayer en el Festival de Cannes
El director sueco Ruben Östlund celebra su segunda Palma de Oro conseguida ayer en el Festival de Cannes CLEMENS BILAN | EFE

Gran Premio para los Dardenne, único galardón razonable entre disparates

29 may 2022 . Actualizado a las 09:25 h.

El peor Festival de Cannes del siglo XXI se cierra con un consecuente palmarés: es el peor de las dos últimas décadas, el que premia al cine del embrutecimiento, de la amoralidad creativa, de la obscenidad en estado químicamente puro. Hay una coherencia orgánica absoluta en el hecho de que la conclusión de estas doce infaustas jornadas de cine malo, muy malo o aún infecto sea que un tipo llamado Ruben Östlund, quien ya le coló a Cannes en 2017 una Palma de Oro del oportunismo con la irregular y tan pagada de sí misma The Square, se haga con su segunda palma por algo titulado Triangle of Sadness: es —literalmente— una vomitona que sale de las entrañas de la maldad. Una pretendida sátira sobre la moda, el turismo en cruceros de lujo, o las islas de supervivientes, en un tercio final que hace buenos los realities de la tele-basura en cuyo nivel de imágenes de detritus Triangle of Sadness se enfanga. Es un chaparrón de humor escatológico que apela a los más bajos instintos y que destila el aura ya no de un mal director sino de una mala persona. Con una secuencia donde Woody Harrelson intercambia gags con un millonario ruso que trafica con fertilizantes en una conversación sobre Marx, Trostky o Margaret Thatcher con un sesgo reaccionario que hubiera suscrito el ministro de la dictadura Gonzalo Fernández de la Mora en su obra El crepúsculo de las ideologías.

Como cine de la excrecencia, es muy gráfico el hecho pornográfico de que Ruben Östlund haya ganado en cinco años dos Palmas de Oro. Y —por ejemplo— Almodóvar o James Gray no tengan ninguna tras once intentos sumados entre ambos. Parece que Thierry Fremaux, el jefe de todo esto que acompaña a su manera las decisiones del jurado, tiene un interés muy especial en que del festival salga una nueva Palma de Oro a Parásitos, que luego triunfe en los Oscar. Esto —sobre todo— para frenar la galopada de Venecia con las apoteosis en el Lido de títulos como La La Land, Birdman, Gravity, Roma, Joker o Nomadland. Y tal vez puedan en Cannes calcular que la ola de griterío y ruido tontiastuto del filme de Östlund, empujado por este premio pueda conquistar la carrera hacia los Oscar. Ahí se relama este sueco con su nueva Palma. Es un cineasta más traicionero que Mbappé. La diferencia es que Mbappé trabaja para las fuerzas del bien de la humanidad.

Todas las demás decisiones del palmarés siguen ciegamente el reguero de desvaríos con que el jurado presidido por Vincent Lindon hilvana y corona su cadena de incompetencias. No busquen más cine de la creación en el resto de premios del largo listado de ocurrencias o delitos artísticos. No los hallarán. Eso sí, con la excepción del inatacable Gran Premio del Jurado Especial por la 75.ª edición a los hermanos Dardenne por su desgarrador y emotivo cine urgente de denuncia de la explotación y sacrificio, muchas veces hasta la muerte, de los inmigrantes sin papeles en la esencial Tori et Lokita. El Gran Premio del Jurado es un ex aequo para la admirable Claire Denis y para el joven belga Lukas D’Hondt. El filme de Denis, Stars At Noon es la peor película de la gran Denis, un thriller ambientado en la Nicaragua de la dictadura de Ortega. No posee orden ni concierto. Pero la trayectoria magna de esta directora impide hablar mal de cualquier reconocimiento que reciba. Close, de Lukas D’Hondt es un cromito inofensivo y lacrimógeno sobre la amistad de dos adolescentes, turbada por el bullying. Le queda enorme esta plata en el palmarés. En realidad, le quedaría ancho cualquier otro.