Eduard Fernández: «El ego hay que tenerlo bien puesto, y decirle: 'No pasa nada, cariño, aquí estamos'»

CULTURA

El actor Eduard Fernández estrena «Los renglones torcidos de Dios».
El actor Eduard Fernández estrena «Los renglones torcidos de Dios». Juan Herrero | EFE

Rompió el renglón siendo Paesa, «el hombre de las mil caras», Millán Astray o el gran enemigo del Diablo en «30 monedas». Hoy este ganador de tres goyas se bate en duelo a Bárbara Lennie en «Los renglones torcidos de Dios», que devuelve a la actualidad un superventas de los ochenta

09 oct 2022 . Actualizado a las 12:23 h.

La palabra es una de sus armas. Otra, la observación. «Me gusta mucho mirar a los demás. Lo hacía con mi madre. Nos sentábamos en Sitges y en La Rioja, en Barbadillo, y nos poníamos a mirar, a mirar a la gente pasar. Seguramente, he heredado el oficio de actor de mi madre, que hacía unos números...», revela Eduard Fernández (Barcelona, 25 de agosto de 1964), que ha sido Paesa, Millán Astray y, entre otros muchos, el padre Vergara, ese exorcista que nos atolondra la fe en 30 monedas. Hoy este tipo normal (no le olvido en El Método ni en Tres días con la familia) de extraordinaria conversación, que ha hecho de la intuición su propio método, estrena junto a Bárbara Lennie Los renglones torcidos de Dios (en cines desde el 7 de octubre). Y prepara su proyecto más personal, una carta para su madre en cinco canciones de amorIl mondo, de Jimmi Fontana, una de ellas... El mundo de Eduard es vasto en vidas. Es el privilegio que le da su oficio. Al hablar de su madre, a la que perdió en pandemia, se le sale el corazón por la boca. También al hablar de su hija, la actriz Greta Fernández. Por ella, le daría al rewind, para tenerla otra vez de pequeñita.

Hoy, en la gran pantalla, Eduard es un psiquiatra. Mañana será, sobre las tablas, una señora que habla de su hijo.

¿Cómo era su madre? 

—Mi madre era ama de casa, pero era muy actriz. Hacía grandes números... A los 40 años, cuando ya tenía los hijos criados (que tuvo cuatro) abrió una tienda de dieta con dos amigas más y luego se fue a la Universidad. No me pude despedir de ella porque murió en pandemia. Yo estaba en Madrid y no pude viajar a Barcelona. Recuerdo que cuando nos sentábamos juntos a mirar, decía: «Ay, a esa mujer le duele un poco esa pierna, que anda de esa manera»... O: «mira ese qué rígido va de hombros, ¡por favor!». Mi abuelo materno era militar. Cuando yo era pequeño, creía que mi madre era maga, que tenía poderes, porque cuando estábamos en la playa era capaz de señalar a un señor en bañador y decir: «Ese señor es militar». ¡En bañador! Por su gestualidad, por cómo se movía, sabía que aquel señor era militar.

—He visto que va a salir al escenario vestido con el traje de novia de su madre en «Todas las canciones de amor». 

—Sí, vamos a A Coruña el 14 y 15 de abril del año que viene. Me hace mucha ilusión. Es una alegría ir, nos moveremos por toda España, menos por mi ciudad, Barcelona, porque ahí no me han contratado. Así está Cataluña. Me da tristeza, uno se siente un poco expulsado de su tierra. Es algo que no decía hasta ahora, y ahora... qué menos que decirlo. Todas las canciones de amor es un homenaje a mi madre. Yo ahí soy una señora, una señora que ha llamado a su hijo Eduardo y que habla bastante de él. No es un texto autobiográfico; sin embargo, se parece bastante a la relación que yo tenía con mi madre.

­—Estrena «Los renglones torcidos de Dios». Qué gran duelo apunta entre Bárbara Lennie y Eduard Fernández...

—Eso nos decía el director [Oriol Paulo]. Nos decía a Bárbara y a mí: «Son dos grandes egos descomunales luchando por tener la razón con la palabra».

­—¿Qué sintió al meterse en la piel de este psiquiatra?

—Algo parecido a lo que me pasó al hacer de policía. Lo bonito de mi profesión es que pruebas cosas que la gente hace. Cuando hice un policía, me dediqué a mirar como mira un policía. Un policía por la calle mira con absoluta impunidad. Un policía te mira fijamente, y tú tiendes a apartar la mirada. Incluso, si no lo haces y le sigues mirando, te dirá: «¿Y a usted qué le pasa?». Un psiquiatra tiene algo de eso, de mirarte de arriba abajo.

­—Pero un psiquiatra al mirarte desnuda mucho más, intenta ver lo que llevas dentro. ¿Y un actor, cómo mira?

—Mira, depende un poco del actor. Pero hay algo en común, de mirar con curiosidad...

—Da la impresión de que la lectura de la novela de Luca de Tena, «Los renglones torcidos de Dios», ha cambiado con el tiempo, como ha cambiado la manera de ver la enfermedad mental.

—Hay cosas que son muy de la época, cierto machismo inherente al libro... Pero creo que se ha limpiado para la película. Todavía hay mucho pudor en la sociedad española ante la enfermedad mental, que una de las cosas que provoca es mucho dolor en la persona que la padece. Solo el hecho de saber, de ser consciente, de que sufres una depresión, por ejemplo, libera mucho dolor y mucha culpa.

—¿Cómo llegó a sus manos el papel de Samuel Alvar y por qué dijo que sí?

—Me entrevisté con Oriol. Me gusta hablar con el director para ver si nos vamos a entender. Y me entendí muy bien con Oriol. Con Samuel Alvar, primero, yo quería tener una pinta adecuada, y luego trabajar la oralidad. Hablé con grandes psiquiatras... Y acabé de perfilar los textos para que me entrasen en boca, por decirlo así. Ese es el trabajo más arduo que he tenido. Y luego yo también quería saber quién iba a ser Alice Gould. Al saber que se trataba de Bárbara Lennie me pareció bien, pensé que todo iba a estar en su sitio.

Eduard Fernández junto a Bárbara Lennie.
Eduard Fernández junto a Bárbara Lennie. Cézaro De Luca | EUROPAPRESS

—¿Cómo ha cambiado su visión del oficio en 38 años de tablas?

—No creas que mucho... Tengo un poco de más de seguridad, lo cual no me exime de los nervios. Ese vértigo forma parte del oficio y está bien tenerlo. Un poco más de seguridad, un poco más tranquilidad y el ego un poco mejor puesto.

—He leído que dice que el ego se controla «a base de hostias». ¿Se le resiste?

—Al ego lo tenemos muy mal visto. No solo va por fuera. La gente que tiene vergüenza y es más evitativa (que es más mi perfil) tenemos tanto ego como los otros. Creo que el ego es lo que más daño hace en la humanidad.

—Pero el ego está ahí, hay que encajarlo. Querer a nuestro ego es una forma de querernos...

 —Hay que controlarlo, tenerlo bien puesto. Hay que decirle: «No pasa nada, cariño, aquí estamos».

—¿Tiene esa timidez proverbial del actor?

 —Un poco. Pero la timidez es ego también. Ahora el ego me invade menos. Antes invadía el 80 % de mi cuerpo, ahora igual lo tengo en un 25 o un 30 %.

—Ganador de tres goyas. ¿Se siente reconocido?

—Sí, en mi medida. Yo no soy famoso, entonces voy por la calle tranquilo, hago vida normal. Del padre Vergara a mí igual no me conocen. De Millán Astray a mí, igual tampoco. Y la gente se olvida enseguida. Sales en la tele un día y te conoce todo el mundo, ¡y a los tres días se ha olvidado! Que también está muy bien...

—¿Dónde tiene los goyas?

—Dos en Barcelona y uno en Madrid, aquí cerca de la tele...

—¿Valora que se los den?

—Sí, me gusta mucho recibir premios. Es muy bonito y agradable. No los critico ni los denosto. Al principio me da vergüenza, esa cosa de «no, no, no, ¿un premio para mí? No, no lo merezco, no es mío». ¿Cómo que no es tuyo?, ¡si te lo acaban de dar!

—¿De volver a nacer, elegiría de nuevo ser actor?

—Sí, no sé hacer otra cosa. También podría elegir ser mujer embarazada. Me gustaría saber qué se siente...

—Ya hay padres gestantes...

—Ese palo yo no lo tocaría. Yo viví un embarazo desde fuera, ¡es increíble!

—Me maravilló la película «Tres días con la familia», de Mar Coll. No es de las más conocidas, y sí pionera de un cine de autora que ahora triunfa, ¿no?

—Sí, totalmente. Respiraba algo del Cesc Gay del principio (no del de ahora). Mar Coll es una buena directora y esa una muy buena película. Está poco reconocida. Eso ocurre... El otro día vi una película, preciosa, que se llama Supernova, que no ha visto casi nadie, con Colin Firth. Es un peliculón y ha pasado desapercida.

—¿De tus personajes con cuál se quedaría hoy?

—Qué difícil. Me gusta padre Vergara, Paesa, y también cuando hice el diablo en Fausto 5.0, algún personaje que he hecho con Cesc Gay, más intimista... Hice una película de Mariano Barroso que se llama Todas las mujeres, ese me pareció muy buen papel y la película pasó bastante desapercibida.

—¿Orgulloso de su hija, Greta Fernández?

—¡Hombreeeee! Ayer le mandé un mensajito: «Greta, cariño, tú que eres actriz, ¿no te podrías hacer pequeñita, de 4 años? Que echo de menos a mi hija pequeñita...». Me dijo: «Papá, sería un poco raro». Le dije: «Pues es verdad». Me gustaría volver a cuando tenía 4 años. Qué cosa más bonita, ¡por Dios! En fin, pasa la vida, pasa la vida.

—¿Dijo alguna vez que no a un papel?

—¡Sí, muchas! Le digo siempre a mi hija que la carrera se hace con los noes. Lo que pasa es que casi nadie lo sabe.