Mercè Conangla, autora de «Bondad en acción»: «Las buenas personas generan envidia, por eso se las desprestigia»

CULTURA

1230#Oriol Duran

«La pasividad es cómplice de la maldad», explica la experta, que apunta los diez ingredientes para la bondad. «Se ha confundido ser bueno con ser tonto o flojo, y es todo lo contrario, para ser buena gente hay que ser muy valiente», añade

28 dic 2022 . Actualizado a las 17:55 h.

E s tán lúcida hablando que resulta muy difícil quitarle una línea a las respuestas de Mercè Conangla i Marin. Ella, junto con Jaume Solé, acaba de publicar Bondad en acción y ha puesto en marcha el Instituto de la Bondad, creado por la Fundació Ecologia Emocional, donde se educa en este camino. Porque el problema de la bondad —explica Mercè— es que se ha unido a la religión y hay que desprenderla de eso. «Es un tipo de inteligencia superior, que tiene múltiples ventajas tanto para nosotros —mejora el estado de ánimo, el sistema inmunológico, el insomnio, reduce la soledad...— como para toda la sociedad y el planeta».

—Coloquialmente se dice: «De tan bueno que es es tonto». ¿Es así?

—Se confunde ser bondadoso con ser una persona floja, a la que le están colando los goles, que se deja engañar... Y no tiene nada que ver. La bondad, precisamente, es un acto de valentía en este mundo en el que todo es competición y escalar a costa de los demás. La bondad es el ADN del corazón, es una potencialidad del ser humano. Y es una ventaja para nuestra supervivencia.

—¿Todos los niños cuando nacen son buenos?

—Yo no te diría son. Diría que nacemos con la potencialidad de serlo. Te pongo un ejemplo, si tú tienes una maceta donde plantas dos semillas, las dos pueden crecer. Pero si tú apuestas por la semilla de la bondad, que es indispensable y urgente, esta va creciendo y sus raíces van tomando el territorio de la otra, la de la maldad, la violencia o la destructividad. Cuando avanza la bondad, la otra semilla no crece. Pero si esa semilla de la bondad, que todos llevamos dentro, porque tú has caído en una familia o en un entorno determinado, no se cultiva, entonces, donde no nace esa, enraíza la otra. Por eso hay que educar la bondad, es una vacuna ante toda forma de violencia.

—¿Las personas buenas qué cualidades tienen?

—La bondad tiene diez ingredientes. Uno sería educar para amar a la vida, la biofilia, tenemos que enseñar a los niños que la vida es un don que merece ser cuidado (todos los seres vivos y el planeta). Otra característica es que las personas buenas aprecian la diversidad, pero en serio. La diversidad nos da ventajas, la uniformidad nos esclaviza, también en formas de pensar. El tercer rasgo, e importantísimo, es la ternura, porque es un antídoto contra la prisa. Cuando estamos con prisa no somos tiernos, somos más agresivos.

—¿La ternura es incompatible con la prisa?

—Sí, tú no puedes acariciar rápido, rápido. La caricia es un ejemplo de una acción tierna, cuando yo voy con prisa no miro, no escucho, no acaricio, voy a lo mío, obcecado. Incluso Sartre hablaba de que cuando uno quiere algo, lo más rápido es obtenerlo mediante la violencia. Lo arrebato y listo. No me dedico a negociar. La ternura necesita tiempos lentos. Y como estamos en una sociedad acelerada nos estamos comiendo el espacio de la ternura. Y la ternura, junto con la compasión, son las cualidades que se necesitan para cuidar. La persona buena es tierna y tiene que apreciar el arte de cierta lentitud.

—¿Entonces, la bondad también necesita tiempo?

—Claro. Fíjate, la bondad óptimamente contendría estos diez ingredientes que te estoy señalando, pero no quiere decir que todos seamos un diez en esos elementos. Hay personas bondadosas que igual tienen desarrollado cuatro o cinco cualidades. Pero todas no las tiene nadie. Sería la perfección absoluta. Educar en estos caminos supone coger algunos y cultivarlos: ya serán dos o tres en el año.

—¿Qué otras cualidades tienen las personas buenas?

—La siguiente sería la compasión, que se ha confundido con la lástima. La lástima tiene que ver con una relación de poder. Yo, que estoy tan bien, mira estos pobres. Eso no es ser bueno. La compasión es ponerte en igualdad, sabiendo que el otro es finito como tú. Tú eres un compañero de camino, y cuando yo te cuido, estamos vinculados. Acompañar al lado, pero no desde arriba. La compasión y la ternura son fundamentales. Hay otras: la gratitud, que no es hacer la pelota a nadie. Es agradecer, expresar el sentimiento: te lo digo, te lo escribo... Eso siembra un clima emocional bueno.

—No es simplemente decir: «Gracias».

—No vale el gracias tópico. Son las gracias con nombre y apellido: ‘Te agradezco que esta mañana me hayas facilitado tal cosa...’, ‘Quiero agradecerte que este año siempre que te he necesitado has estado ahí’. Hay que decirlo concretando.

—Muchas veces entendemos que una persona buena es una persona obediente.

—¡Has abierto un melón! Nuestro último libro se llama Desobediencia emocional, que toca este tema fundamental. Ser bueno no es ser obediente. Tenemos que tener en nuestras competencias emocionales la capacidad de desobedecer.

—Hay que poner límites.

—Claro, incluso ser compasivo a veces requiere cerrar una puerta. Desobedecer contra lo que no nos deja crecer, contra lo que no nos hace sentir bien, contra lo que está prohibido que sientas. Una persona bondadosa está conectada con sus valores personales y el amor a la vida. No va a hacer nada para lesionar a los demás y tampoco a uno mismo. La bondad empieza por uno: saber perdonarse y estar dispuesto a mejorar.

—¿Frente a la bondad está la maldad?

—Sí, hay quien dice que la ausencia de bondad ya es maldad. Y otros que la maldad tiene que ver con una destructividad per se: alguien que hace daño por hacer daño y disfruta haciéndolo. Nosotros recuperamos este camino de que lo que está pasando en el mundo no solo es responsabilidad de los que han escogido un camino de destrucción sino del silencio de muchas personas a las que se les ha llamado buena gente, que ven que las cosas van mal, pero no son lo suficientemente valientes para salir de su zona de confort y denunciarlo. La pasividad.

—¿La gente pasiva también es cómplice de la maldad?

—Exacto. Esto no lo decimos Jaume y yo. Sino que Erich Fromm, un gran humanista del siglo pasado, explicaba que toda la energía que el ser humano no dirige a crear, a cuidar, a amar..., automáticamente se convierte en energía destructiva. Tú puedes elegir el amor, la compasión, la ternura... O puedes elegir dañar. Quien desde la impotencia no se siente capaz de crear, de construir, porque requiere trabajo, destruye. Porque destruir no requiere esfuerzo. Si hay algo que no funciona y no actúas, entonces te estás alineando con la destrucción, eres cómplice.

—Es hacer oídos sordos a las mujeres afganas, al maltrato, a la guerra...

—Claro, según tu ámbito de influencia tú puedes actuar. Hay gente que lo mira todo tan grande que como no puede hacer todo no hace nada. No, no. Tú, en tu pequeño ecosistema de acción, trabaja. Los otros ingredientes de la bondad que me quedaban son la amabilidad, la humildad, el ser generoso, y cultivar la belleza, que no es la estética. La belleza cura, la buena música, el arte... Lo bello nos equilibra. Eso hay que enseñárselo a los niños: que en su espacio pueden poner orden, cultivar la sensibilidad.

—¿La bondad puede ser fastidiosa? A personalidades como Martin Luther King o Gandhi los asesinaron...

—La persona buena muestra un camino tan difícil que genera malestar, provoca envidia y furia a las personas que no están dispuestas a poner de su parte. Emulando a Fromm, si yo no quiero cuidar ni resolver, lo único que puedo hacer es desprestigiar al otro. Es el camino de destrucción y hay grandes personas que lo han pagado con su vida. Pero en perspectiva han abierto un camino de evolución, de referencia para la humanidad. Hay muchas personas, los justos, que sostienen el mundo.

—¿Los malos ganan?

—Mira, si el mundo se sostiene a pesar de todo lo que sucede, es porque no está ganando la maldad. Pero la bondad es más silenciosa, además de una inteligencia superior. El problema es que se unió a la religión, pero sabemos que la forma más evolucionada de inteligencia es la bondad.

—¿Cómo se educa?

—No se trata de llenar la mente, sino de un aprendizaje a través de experiencias. Necesitamos referentes y hechos. Desde niños pequeñitos les enseñamos que vivan experiencias bondadosas. Practican la ternura, la generosidad, o el lenguaje. Las palabras son dardos que hieren. En lugar de decir: ‘Por tu culpa...’, ’eres un desastre’, cambiamos a: ‘Hoy me he sentido mal cuando has dicho tal cosa’, ‘estoy convencido de que esto puedes hacerlo mejor, ¿lo revisamos juntos?’...

—Tiene que ver con dar.

—Claro, las palabras tienen una carga emocional. Y hay que usar un lenguaje compasivo y tierno, con responsabilidad. No se puede decir: ‘Tú me haces infeliz o feliz’, sino: ‘Ante lo que tú haces, yo me siento feliz o infeliz...’. Hay mucha tarea por delante. Incluso en el interior de gente etiquetada como mala sigue habiendo una semilla y se le puede enseñar el camino desde la compasión. Hay personas salvables.

—Pero a quien te trata mal hay que rechazarlo, ¿no?

—Claro, a esa gente, raya. Es el límite del respeto. Tú puedes elegir no amar a alguien, pero el respeto para todo ser vivo, incluso una planta, es fundamental. Hay que orientarse en eso. Si tú no me respetas, yo no te tengo que respetar. Tenemos una vida que tiene un tiempo limitado, así que no puedes rodearte de gente que te daña. A mí si alguien me maltrata, no lo quiero a mi lado. Hay gente que se regocija en el sufrimiento del otro y eso es intolerable. Ante cualquier acto de dañar a un ser sintiente, hay que levantar la voz.