María José Navia, la autora de los «casis»: «Hay vínculos importantísimos que duran un par de semanas»

CULTURA

María José Navia ausculta nuestra biografía emocional en «Todo lo que aprendimos en las películas».
María José Navia ausculta nuestra biografía emocional en «Todo lo que aprendimos en las películas».

«Un cuento es como una piscina», dice la autora de «Todo lo que aprendimos en las películas», que nos sumerge en veranos incómodos, maternidades truncadas, fantasmas familiares y piscinas que no son lo que prometen

10 jul 2023 . Actualizado a las 10:20 h.

¿Una escritora indispensable en el gran mapa de las literaturas de hoy? «María José Navia, sin duda», sostiene Cristina Rivera Garza. Todo lo que aprendimos en las películas es una forma de respaldar la elección. En el 2021, Navia llegó a España con Una música futura (Barrett) y en Páginas de Espuma debuta este año con Todo lo que aprendimos en las películas, que es como un collar de cuentos con letras de canciones y películas que nos sumergen en piscinas donde uno toca fondo... y encuenta algo que había perdido. Los casis, las escenas borradas de las películas y los deseos maltrechos también son cuentos.

Columpios que engañan, sirenas de pega, piscinas que guardan secretos. Busca otro punto de vista, ¿es una autora en los márgenes?

—Creo que escribir tiene que ver con mirar una fiesta desde una esquina. Estás mirando cómo pasan las cosas, antes de atreverte a deambular por el salón.

—Estos son cuentos independientes pero que componen una especie de collar... Un collar de cuentos.

—Me gustan mucho las pulseras, los brazaletes. El cuento es el género que más me gusta escribir, y me gusta que unos cuentos se interrelacionen con otros. Quería hacer ese juego, un collar de cuentos.

—La voz suele ser femenina, la de una niña o una mujer en situación vulnerable. Es una voz sutil y emocionalmente compleja.

—Me interesan mucho las cabezas de las mujeres, y sus cuerpos, en sus contradicciones, necesidades, en sus lados luminosos y también en los oscuros.

—Los vínculos son protagonistas, los inevitables y los construidos. ¿Por qué? ¿Ilumina el trabajo literario la calidad de las relaciones?

—Me interesan los vínculos afectivos más allá de la familia, de los lazos de la sangre. Hay vínculos que pueden ser importantísimos y duran un par de semanas. En el primer cuento, por ejemplo, una mujer construye una familia con las personas en la sala de espera del médico. Los vínculos fugaces son poderosos, como el de Lost in Translation, esa relación entre dos extraños que es crucial en el tiempo que dura el viaje.

—¿Al escribir se propone romper mandatos, códigos establecidos?

—No sé si romper..., pero sí no cumplir con las expectativas. Me gustan los casis (las casi madres) y las relaciones que suceden en los recovecos. Me gustan las escenas borradas de las películas.

—¿Por qué la casa embrujada? ¡Es un gran personaje, va cambiando con los cuentos, como un camaleón!

—Quería jugar con ese tópico. Aparece tres veces en el libro. La casa a la que llega la pareja desesperada por tener un hijo, y a la que llega después la escritora. Y luego la casa que se embruja por la tecnología en Gretel.

—«Gretel» es una espeluznante vuelta de tuerca al personaje del clásico infantil. La bruja en este caso es la tecnología... Nos invita a ver de otro modo ChatGPT y las inteligencias artificiales. ¿Cómo observa el ojo de estos cuentos la vida que llevamos, la realidad de hoy?

—¡En este caldero de bruja se mezclan muchas cosas! Nuestra biografía no solo está hecha de las cosas que hacemos, o pensamos, sino también de las películas que vemos o las canciones que oímos y los libros que leemos. Todo eso es parte de tu biografía. Vivimos acompañados por ficciones.

—¿Escribir es como proyectar una película?

—Stephen King decía en sus memorias que escribir era un poco hacer magia y telepatía. El escritor conjura imágenes en la cabeza del lector.

—Este libro habla de una niña con una herida en la lengua. ¿Tiene el que escribe una herida en la lengua?

—La lengua siempre tiene heridas... Si uno escribe, hay algo que está doliendo, algo que pica. Pero es la lengua que nos permite hablarnos, comunicarnos.

—A una generación nos marcó Nadia Comaneci, la doble cara de la perfección. ¿Por qué eligió esta referencia?

—En el colegio nos hicieron ver una película de Nadia Comaneci, y vimos el sufrimiento, la otra cara de su éxito... Me interesaba hacer guiños a mujeres como ella, o como Emily Dickinson, que se encerró años en su casa, a la que yo fui en peregrinaje hace un par de años. Cuando entré en su habitación, me puse a llorar. Es como un efecto Stendhal. Es una habitación con seis ventanas en las que entra una luz que no has visto en tu vida... Entendí que aquel de Emily Dickinson era un encierro luminoso, que apartarse no siempre implica, necesariamente, algo oscuro.

—¿La vida de piscina es una fantasía?

—Me interesa el agua controlada... La piscina es agua controlada, pero peligrosa. Para mí un cuento puede ser una piscina, agua controlada en la que te pueden pasar cosas. Es una ilusión de control.