Ana Iris Simón: «Tener hijos siempre va a suponer un perjuicio en tu carrera, pero cuidar es mucho más importante que producir»

CULTURA

La escritora Ana Iris Simón acaba de publicar el cuento «¿Y si fuera feria cada día?».
La escritora Ana Iris Simón acaba de publicar el cuento «¿Y si fuera feria cada día?».

«Me puso feliz salir en 'The New York Times', pero no más que lo que me dijo una señora de 80 años en la verbena del pueblo», cuenta la autora que tocó el cielo con «Feria», de la Mancha a Nueva York. Hoy publica junto a Coco Dávez «¿Y si fuera feria cada día?», donde la Mancha es la Sancha y, de nuevo, es el Quijote el gigante que tiene razón...

02 oct 2023 . Actualizado a las 09:08 h.

La Mancha tiene un lugar del que es imposible no acordarse tras conocer a Ana Iris Simón (Campo de Criptana, 1991). De su Criptana a la Gran Manzana llegó el tiovivo literario de esta autora que acertó a distinguir otra clase de precariedad y de pobreza en «la generación Smartphone» (todo a un clic). Cuando otros amplían la dimensión emocional de su biografía, ella asombra con la verdad fabulosa de su ficción. «Todo lo que cuento es verdad, yo no sé inventar nada», nos dijo cuando la entrevistamos por Feria. Hoy, la manchega que se define como «rabuda» (sus hijos son galllegomanchegos y visita cada vez más Galicia), a la que siguen más de 50.000 lectores, debuta en el cuento junto a la artista Coco Dávez. Ana Iris dice que ella y Coco han tenido vidas parejas y son «un poco como el ratón de campo y el ratón de ciudad».

Bienvenidos a la Sancha, a la ancha tierra del cuento para pensar y dormir...

—Se atreve a decir lo que piensa, lo que muchos callan por miedo. ¿Qué consecuencias tiene hablar libremente?

—Para mí, expresarme libremente ha tenido consecuencias mayoritariamente positivas. Cuando escribí Feria, me conocieron por decir lo que quería; era una libertad que tenía y que ahora tengo que conquistar. Antes la tenía porque me leían cuatro, y era fácil ser libre. Ahora sí que tengo que hacer un esfuerzo para decir lo que pienso si creo que me va a caer la del pulpo en Twitter. Pero libres son las mujeres en una teocracia islámica, las que deciden oponerse... Decir cuatro cosas en un libro no es un gesto de valentía. Aunque sí es cierto que, más que una censura, es una autocensura, un miedo.

—¿Los mundos de Twitter tienen un punto de ficción, como los cuentos?

—Twitter es una extensión de la realidad. Lo que sucede en las redes tiene una incidencia en la vida real. Muchos haters o acosadores en las redes piensan que no es grave, que eso no tiene una entidad, porque «solo son las redes». Y las redes son la vida. Las redes no son ficción, por mucho que en ellas contemos mentiras. Évole entrevistaba a un hater de Paula Vázquez y le preguntaba por qué decía todas esas cosas. «No sé, las digo en redes, no lo haría en la vida real», decía. Las redes son parte de nuestra vida real.

—¿Estamos hoy desperdigados, somos un cajón de piezas sueltas?

—Tener una multiplicidad de identidades supongo (la de casa, la de Twitter e Instagram...) que nos hace tener contradicciones. Pero las contradicciones han existido y existirán toda la vida. También creo que se le exige un menor nivel de contradicciones a una persona con unos ideales más fuertes: a las personas de izquierdas y a los cristianos se les exige más coherencia. A un comunista se le exige mucha más coherencia que a un socialdemócrata o un liberal. Y esa exigencia de coherencia está bien...

—Considerando que somos humanos y que de los errores aprendemos...

—¡Y eso es bueno! A mí me han reprochado incluso amigas mías: «Hace cinco años no pensabas esto». Y menos mal... He hablado con gente, ha habido lecturas que han calado y he tenido la oportunidad de reflexionar sobre ciertos temas. Creo que hay límites e ideas que siempre van a estar, un poso de verdad que permanece, pero sobre las cuestiones mundanas tener matices y cambios no solo es positivo, es deseable.

—Madre joven, antes de los 30, en un momento de brío en su carrera. ¿Lo decide o se deja llevar por la vida?

—¡Yo no fui madre joven, fui madre con 29 años! Fui madre antes que la media en España (32). Yo no sabía que iba a recibir tanta atención con Feria y me enteré de que estaba embarazada cuando recibí el primer ejemplar impreso de Feria. Creo que habría sido madre igualmente, y decidí tener un segundo hijo, con las consecuencias que tiene, y debe ser así. A mí esos discursos de «Hay que evitar que los hijos sean un perjuicio en la carrera de las madres»... Para las madres, y para los padres, tener hijos, criar, siempre va a suponer un perjuicio en su carrera. Porque vivimos en un mundo que se basa en producir y consumir, y nuestras identidades se basan en eso que producimos y consumimos. Y cuando llega algo que manda al traste esa producción, como es un hijo, que te centra en los cuidados (lo más improductivo que hay), tiene un perjuicio. Tener hijos nos hace centrarnos en el ser más que en el hacer. Cuidar es más importante que lo que uno puede producir, comprar o consumir. Pero ya es un privilegio hablar de carrera... La mujer del Mercadona no piensa en perder una carrera, sino en que pierde un trabajo. La tragedia no es tanto para las que perdemos una carrera o una proyección como para los que pierden un trabajo, o incluso los que renuncian a tener hijos porque directamente no pueden.

—Desde que es madre, ¡solo acaba cuentos! Eso nos revela en sus redes. ¿Qué tal el tránsito del libro al cuento?

—Con naturalidad. En mi casa entran muchísimos libros, pero ahora solo terminamos los cuento lestiene que gustar a niños y a padres. Lo que hace Pixar es para enmarcar en ese sentido.

—¿Ha cambiado mucho el cuento con los años?

—No. Yo creo que justo el cuento es lo que menos ha cambiado, sigue siendo en formato papel, y ese momento de intimidad sigue siendo el mismo. Los que hemos cambiado hemos sido nosotros

—¿La Sancha de este cuento es la Mancha?

—¡Tal cual! Y la protagonista, Carolina, es mi prima. La Sancha es su pueblo. Me puse en la piel de esos veranos larguísimos de mi infancia y esas siestas eternas donde tú eres niño y no sabes qué hacer. Es mi pueblo. Es una versión de Feria, sobre una idea que estaba ya ahí: el fin de la excepcionalidad y la muerte de los rituales.

—Hoy parece que el aburrimiento es el fantasma más viejuno. Hacemos lo que sea para escapar de él, para ahogarlo en actividades. ¿Previene de ese bombardeo tremendo de estímulos que hay?

—Claro. Nos pasa también a los adultos... Hemos convertido los momentos de ocio y descanso, y aburrimiento, en producción. Tienes que ver la serie que hay que ver, leer esa novedad literaria, ver esa exposición (en las grandes ciudades), comprar comida ecológica, hacer deporte tres días a la semana... Y luego mira todas las extraescolares de los niños. Seguramente, los padres lo hagan con la mejor intención, pero será, seguramente, contraproducente.

—¿Las ferias ya no son como las de antes?

—Yo creo que las ferias han cambiado muy poco, que son como un viajar atrás en el tiempo. Pienso en algo tan sencillo como pagar las fichas con dinero..., que bueno... muchos ya te cogen Bizum. Las atracciones de feria siguen siendo casi iguales que cuando era pequeña. Ha cambiado la manera en la que las concebimos nosotros.

—Los malos son algo diferentes en su cuento, el alcalde...

—El alcalde representa el poder y yo lo que quería decir es que el poder no está a la altura de su pueblo, pero justo los alcaldes son el eslabón del poder que más apegado está a la realidad de la gente, pero, claro, no podía poder ahí a un ministro o a un presidente del Gobierno.

—Difícil ver a un presidente en La Sancha. Hace en el libro una crítica frontal al neoliberalismo y el capitalismo voraz.

—Claro. Y a la modernidad. La mala del cuento, la bruja moderna, es justo lo que queremos ser ahora en la vida, ser CEO de algo, con títulos, tener tu propia empresa, ser alguien que está a la última... Y muchas veces detrás de todo esto hay un perjuicio. Era lo que yo quería mostrar. Luego está la señora vieja, la Aurora, que representa la tradición, que muchas veces tenemos que recurrir a ella como salvación de la voragine en la que vivimos.

—Diría que la bruja moderna es la superwoman de los 90, la ejecutiva agresiva, y Aurora... ¿el valor de la honestidad?

-Aurora representa lo no tiene títulos ni nombres en inglés, nos habla de una autenticidad perdida.

—Tirando del hilo de padres y madres. ¿La maternidad nos hace improductivas, pero creativas?

—¡Por narices nos hace creativas! Cuando compartía piso en Malasaña, decía: «¿Cómo se apañarán mis compañeras que son madres de dos niños si yo no consigo tener mi ropa limpia?». Yo creo que es una transformación de tu manera de ver el mundo y de concebirte. Los primeros días de ser madre de mi primer hijo pensaba en una frase de García Alix que él dice de la fotografía, pero yo la pensaba de la maternidad: «Te lleva al otro lado de la vida, de donde no se vuelve». Es una transformación radical a la que es muy complicado ponerle palabras. La sociedad en la que vivimos se para en la parte más mundana de tener hijos: no dormir, el freno en la carrera laboral... Pero de ese miedo que da ser madre o padre muy poco se habla. «¿Cómo me juzgarán de adolescentes?», «¿qué me reprocharán?»...

—Decía que ser madre es un perjuicio en la carrera. ¿Ser padre también, no?

—Sí, claro, y cada vez es más así. Yo ya he contado que mi padre fue el que dejó de trabajar para cuidar a mi hermano, pero no hay que negar la realidad, que en los primeros meses de un bebé la primera figura de apego es su madre. Eso es así. Las bajas de paternidad y maternidad que son intransferibles a mí me parecen una tontería, y pienso en colectivos feministas, como Petra, que protegen la maternidad. Hablamos de la realidad laboral de la madre, pero no de las necesidades del bebé. ¿Cómo va a ser que nos tengamos que incorporar las mujeres a los cuatro meses del bebé si hasta los seis se recomienda lactancia materna? Me parece que hay una trampa igualitarista en tratar igual lo que es diferente.

—¿Qué sintió al verse en portada nada menos que de «The New York Times»?

—Lo que más ilusión me hizo fue que saliera mi abuelo. Para esa entrevista con The New York Times fue graciosísimo enseñarles mi pueblo. Pero no me imaginaba yo que iba a salir en portada... A algunas de estas cosas que me han pasado no les doy demasiado entidad, tengo con ellas una sensación de irrealidad, será una manera de desapegarme de ello. Sí, me puso feliz, pero no más que cuando una señora de 80 años se me acercó en la verbena de mi pueblo y me dijo: «¡Hermosa, nunca me había leído un libro entero hasta que me regalaron el tuyo!».