Marisol Donis: «A Emilia Pardo Bazán le fascinaban los crímenes muy bestias»

CULTURA

Marisol Donis es la autora de «Emilia Pardo Bazán y su fascinación por la criminología»
Marisol Donis es la autora de «Emilia Pardo Bazán y su fascinación por la criminología»

La criminóloga recoge en su nuevo libro los asesinatos que sobrecogieron a la escritora gallega y las opiniones que vertió sobre ellos. «Hoy ella tendría un pódcast de 'true crime'», dice

27 feb 2025 . Actualizado a las 18:48 h.

En cuanto comienza a hablar, a Marisol Donis, farmacéutica, criminóloga y escritora, se le nota su pasión por Emilia Pardo Bazán. A ella le ha dedicado precisamente su último libro, «Emilia Pardo Bazán y su fascinación por la criminología», en el que destripa el interés de la condesa por esta área que dominaba a la perfección.

­—Explicas en el libro que Emilia Pardo Bazán no sintió mucha simpatía por Sherlock Holmes. ¿Le interesaban más los crímenes reales?

—Sí, no le interesó Arthur Conan Doyle, porque sabía que se estaba forrando. Y ella decía: «Hay que ver las novelajas que escribe y lo que está ganando». Le cogió manía. Y de su personaje, Sherlock Holmes, decía que no era apasionado, le resultaba complicado y muy resbaladizo. Ella quería inventarse un detective, que luego fue Ignacio Selva, y le interesaba ir sacando defectos al resto porque quería promocionar el suyo. Pero tampoco le gustó, tardó en publicar las hazañas de su Selva, guardó las cuartillas y no continuó...

­—¿A ella le interesaba lo real, entonces?

—Sí, le fascinaban los crímenes muy bestias, pero por innecesarios. Le llamaba la atención la inmoralidad y la barbarie, porque eran crímenes que se repetían con demasiada frecuencia. Le molestaba la incultura, pero también el pilatismo, que la gente se acostumbrase y se lavase las manos. A eso le tenía pavor. Por ejemplo, en cierta ocasión le contaron el caso de un par de mozos que estaban partiendo un melón y decían: «A ver quién hace las rajas del melón más rápido» y empezaron a liarse y terminaron dándose cuchilladas. Ella pensaba: «¡Pero cómo se puede ser tan burro!».Le llamaban la atención mucho también los crímenes rurales.

—¿Por ejemplo?

—El crimen de Ordes. Donde había superstición, brutalidad y barbarie. Esos crímenes le dolían, si además eran en Galicia, le dolía. Ella al final de cada año hacía recuento, era muy metódica y llevaba estadísticas de todos los crímenes.

­—Tan metódica era que no soportaba que le tocasen sus libros.

—Tenía tantísimos en Madrid, que en verano los mandaba todos a Meirás. Y no tenía dónde ponerlos, los tenía guardados con clavos en las cajas. Era la típica que no prestaría libros porque no se los devolverían, ja, ja. Ella decía: «Libros amontonados y revueltos equivale a no tenerlos».

­—Por tu experiencia de criminóloga y por lo que has leído de ella, ¿dirías que el gallego mata distinto?

—No, no. Pero a mí me encantó leer su novela El destripador de antaño, porque yo también soy farmacéutica, y como el protagonista es boticario... A ella le gustaba mucho escribir sobre rumores que pueden acabar en un crimen tremendo. Como esta historia.

—Cuenta, cuenta...

—El protagonista es un boticario que vive en un pueblo muy pequeñito. Él hacía las preparaciones para todos los vecinos con su mortero. Y como eran todos muy chismosos empezaron a decir: «Este hombre tiene a todo el mundo de lo más sano, de lo más joven. A ver si lo que nos está dando está hecho con unto de moza», o sea, con la carne de un niño o una niña. Hasta que alguien, después de oír ese rumor, le propone que mate a su sobrina y use esas mantecas... No te cuento más para no desvelarte el final.

—Relatas cómo le interesó el crimen de la calle Fuencarral o el de la calle San Andrés, en A Coruña. Incluso poniéndose de parte de la asesina, como en el caso de Fuencarral.

—Sí, ella le tenía mucha manía a Luciana, que era la víctima. Ella había nacido en Baiona e incluso creo que llegó a conocerla. Pero Emilia no creía que su criada, Higinia, fuera su asesina. Y como la condenaron a garrote y no recibió indulto por ser criada, en este caso se puso del lado de la culpable. Como se le metiera algo entre ceja y ceja...

—También carga contra la policía y la mala investigación.

—Sí, sí, le daba mucha rabia cuando leía: «El asesino no ha sido habido». Porque ella sabía que la investigación había sido malísima, Emilia había leído tanto sobre criminología y criminalística... Se lo había comprado todo, libros en cualquier idioma, ella sabía que estaba mal investigado un caso y por eso echaba pestes contra ellos.

—Si hubiera vivido hoy tendría un pódcast de «true crime»...

—Por supuestísimo. Ella hubiera disfrutado de todo esto. Además decía: «Vivimos en chico», todo el mundo sabe lo que hace el de al lado y luego no encuentran al asesino... ¡Cómo puede ser!

—No sé qué hubiera opinado de un crimen como el de Asunta...

—No lo sé. Pero me he leído de ella todo, y me llama la atención que jamás en sus artículos hubiera opinado sobre la adopción de niños. Ella viajaba muchísimo, y en esa época los ingleses ya iban a la Iwndia y a Egipto a adoptar. Agatha Christie posteriormente sí lo aborda. Sin embargo, ella no. En España también se adoptaba o se cogían niños... Es raro que no hubiera escrito sobre eso.

—Pero por encima de todo defendió a las mujeres.

—Sí, excepto a las malas madres. Llegó a mencionar a una tal Rosa Bouzas, que se dedicaba a vender por la calle a sus hijos. A ella eso le parecía una inmoralidad y sacaba el hacha.

—La historia de Marcela y Elisa no le hizo gracia...

—No le gustó mucho el asunto. La exclusiva fue de La Voz, que tituló: «Una boda sin hombre». Pero el resto de la prensa decía: «Suceso asquerosísimo». A ella, que era liberal a tope, se le nota que no le gustó.

—En el libro nos descubres que la abuela de Pardo Bazán murió violentamente.

—Sí, ella no la conoció. Pero su abuela se casó dos veces. Del primer marido, que enviudó, tuvo al padre de Emilia. Pero el segundo fue el que la mató, la degolló, y luego él se suicidó. Se lo debieron de contar de adolescente, pero ella no se atrevió a decírselo a nadie. Aunque cuando hablaba de un caso de una mujer maltratada, decía: «El que te degüella diciéndote al oído 'te quiero', además de asesino, es un cobarde'». Eso iba por la abuela.

—Ella sufrió en su familia lo que después denominó «mujericidios».

—Eso lo acuñó ella. Sí, hace más de cien años Emilia Pardo Bazán ya hablaba del acoso, del abuso de poder de un hombre a una mujer y de los asesinatos machistas. Y luego también de los indultos a los hombres que estaban en la cárcel por haber maltratado o matado a una mujer. Eso no lo podía soportar, de ahí que escribiese la novela El indulto. Aquí trata el miedo de la mujer a que su maltratador salga de la cárcel y la mate. Luego también está El encaje roto. A ella, sobre todo, le preocupaba que las chicas cayeran ante el mito del amor romántico y las prevenía: «¡El que te quiere no te mata!».