El autor extremeño ahonda en la novela íntima de raíz autobiográfica para alzarse con uno de los reconocimientos más prestigiosos del mercado de la literatura en español
06 feb 2024 . Actualizado a las 08:16 h.Jesús Carrasco (Olivenza, Badajoz, 1972) es un escritor singular, de estilo recio y, sin embargo, no falto de levedad, de ligereza. Lo demostró en su debut en la literatura con Intemperie (2013), novela que asombró por su madurez y precisión narrativa. Cada paso que ha dado desde entonces ha confirmado un sólido camino. Por ello a nadie sorprende la unanimidad —se presentaron 772 manuscritos— con que el jurado del Premio Biblioteca Breve —integrado por los escritores Pere Gimferrer y Rosario Villajos, el librero Rafael Arias, la historiadora Lola Pons y la editora Elena Ramírez— le ha concedido el galardón de la 66.ª edición del concurso gracias a Elogio de las manos, una obra «curativa y luminosa que narra el proceso de restauración de una casa en el campo que termina redimiendo a la familia que la ocupa; una hermosa parábola humana sobre la importancia del trabajo manual como origen último del arte».
De aquel duro wéstern rural con que armó su ópera prima, la literatura de Carrasco parece haber derivado hacia una vena más reconciliadora con el espíritu humano, con el universo de lo sensible, en un giro que ya había comenzado de alguna manera en su anterior trabajo, la tercera novela, Llévame a casa, en la que abordaba la tarea del cuidado de los mayores, la responsabilidad de ser hijo. Y en ese filón más emocional y personal, de raíz autobiográfica, continúa con esta celebración rural de la vida lenta, de lo pequeño, de las manos. «Son la parte del cuerpo que nos permite operar sobre el mundo —aduce—. Sin manos no habría escritura, ni bisontes en Altamira, ni artesanía, ni fuerza de trabajo, ni proletariado, ni capitalismo, ni revolución industrial ni descubrimiento de América».
Pero no es únicamente esta relevancia histórica lo que lo movió, añade, porque las manos fueron una parte central de su formación como ser humano. «Mi padre y mi madre eran, entre otras cosas, trabajadores manuales; así que la idea no sé si surge en un momento o estaba tan dentro de mí que de una u otra forma tenía que salir en forma de libro», relata. Principalmente por esta circunstancia ha elegido la primera persona como voz narradora: «Me parecía casi obligatoria, porque lo que cuento está muy dentro de mí. [...] La experiencia ha sido intensa y llena de vicisitudes porque no soy dado a abordar públicamente mi intimidad. [...] La clave, en mi opinión, está en ser capaz de mirar a lo íntimo sin exhibirlo». Es más, ha dispuesto el contenido de tal modo, advierte, que al lector le será imposible distinguir lo real de lo ficticio.
La familia del narrador se instala en una casa cedida —para pasar temporadas vacacionales— que pronto será derribada para levantar unos apartamentos. Incluso a sabiendas de que será demolida, se entregan al inmueble, lo reparan, lo rehabilitan y lo cuidan; lo habitan en el sentido profundo del término, acogen a amigos y vecinos —también animales domésticos—, se convierte en lugar de reunión, amistad, comidas compartidas y celebración de la vida, de una vida sencilla alejada de los agobios y las tensiones, de los ritmos urbanos y el ruido, de la obsesión por los bienes materiales.
La experiencia, lo vivido en aquella casa, es el capital logrado, nada que tenga que ver con la revalorización de la propiedad, con la inversión, sino que se trata de valores. «Elogiar implica mirar a lo elogiado con amor —ahonda Carrasco—. Y amar es, en mi experiencia, la emoción que mejor se identifica con la vida humana. El libro es una celebración de la vida en tanto que la vida es para mí, sobre todo, una suma de esas pequeñas experiencias cotidianas. Las cuatro o cinco cosas con las que resumiremos nuestro paso por el mundo serán íntimas y quizá inexplicables para los demás, como Rosebud, el trineo de Kane en la película de Orson Welles».
Lo fugaz y lo trascendente
El autor defiende la lentitud y el fracaso como partes esenciales de la vida; también, el juego, la risa y la alegría. «Lo fugaz puede proporcionarme un placer rápido, pero difícilmente me ofrecerá una oportunidad para la trascendencia, una idea que, tal y como yo la veo, no es grave ni sesuda. Trascendente es darte cuenta de que eres incapaz de medir el amor por tus hijos, por ejemplo. Eso puede suceder antes de acostarse, mientras te tomas un yogur en la cocina vacía», arguye.
El Biblioteca Breve comporta la publicación de Elogio de las manos, en Seix Barral, el próximo 6 de marzo y un premio económico por importe de 30.000 euros.
Una indagación ensayística, en el origen del relato
El origen de Elogio de las manos es una indagación ensayística, asegura Jesús Carrasco. Él pretendía, en cierto modo, objetivar su valoración subjetiva de las manos. «Quería averiguar qué ha dicho la filosofía, la anatomía, la sociología, la historia del arte o la medicina sobre las manos, para confirmar que mi intuición acerca de su importancia crucial era cierta. Quería, en definitiva, validar una hipótesis», insiste. Pero en un momento de ese proceso constató que ese no era su terreno: «Sin darme cuenta, fui a echar mano de las herramientas que utilizo como autor de ficción y no estaban. Tenía que ser fiel a los hechos, a lo ya escrito por otros, a mi propia experiencia. Y eso me limitaba o, quizá, eran mis limitaciones en ese terreno las que me impedían avanzar». Fue así que, detalla, entreabrió la puerta a la ficción, con alguna concesión sencilla, cambiarle el nombre a un personaje real, por ejemplo. «Pero, cuando le abres la puerta a la ficción, ya no hay manera de cerrarla. Así, con el paso de los meses, el libro se fue transformando en una novela. Y me gusta que haya sido así», concede satisfecho.
En este sentido, Carrasco ve en su propio libro ciertos parentescos con la obra de Gerald Durrell Mi familia y otros animales, que, dice, «también sitúa la casa en el centro de la vida», y desde ella sitúa al ser humano en la observación de la naturaleza.