Murakami, el «lector de sueños» viaja en pos de su amor de adolescencia

H. J. PORTO REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

Murakami -el pasado octubre, a su llegada a los Premios Princesa de Asturias- vuelve seis años después a la gran novela con «La ciudad y sus muros inciertos», en la que reelabora un relato suyo de 1980.
Murakami -el pasado octubre, a su llegada a los Premios Princesa de Asturias- vuelve seis años después a la gran novela con «La ciudad y sus muros inciertos», en la que reelabora un relato suyo de 1980. Paco Paredes | Efe

«La ciudad y sus muros inciertos», la nueva novela del narrador japonés, desembarca este miércoles en las librerías españolas

13 mar 2024 . Actualizado a las 08:19 h.

Seis años después de La muerte del comendador, Haruki Murakami (Kioto, 1949) regresa a la gran novela con La ciudad y sus muros inciertos, aparecida en Japón en abril del 2023 y que llega este miércoles al mercado español de la mano del sello Tusquets. El escritor retoma en este libro un relato homónimo que en 1980 publicó en la revista literaria Bungaku-kai, que decidió reescribir tras haber quedado insatisfecho entonces —«me pareció habérselo entregado al mundo a mitad de cocción»— y también después en 1985 cuando le dio otro desarrollo en la novela El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Tuvieron que pasar, dice, ocho lustros desde el alumbramiento de aquel texto original —que acometió con 31 años, todavía regentaba un local de copas especializado en música de jazz— para sentirse un autor, explica sin poder evitar cierto sonrojo, «asentado firmemente en la profesión literaria» —ahora tiene 75 años— y enfrentar la versión definitiva de la nouvelle. No es baladí, añade, el peso de la pandemia en la forma que tomó su reelaboración, ya que comenzó a trabajar en marzo del 2020 —cuando «el virus se extendió con severidad» en su país— y él mantuvo un rígido enclaustramiento en su residencia.

Si no fuera marca de la casa, podría entenderse que el confinamiento queda perfectamente reflejado en la kafkiana ciudad amurallada en la que el tiempo se ha detenido, congelado, y la memoria se ha diluido en la niebla. Sí, esa población húmeda y gris —donde los relojes carecen de manecillas y sus habitantes se han desecho de su sombra, y en cuyos bosques pastan los unicornios— a la que el protagonista accede en busca de la mujer que aprendió a amar siendo ambos adolescentes y que antes de desaparecer le habló de su doble, encargada en dicha ciudad de la biblioteca donde se almacenan y conservan los «viejos sueños». Allí llega desorientado —cual atribulado James Stewart persiguiendo a Kim Novak en el filme Vértigo— empleado como «lector de sueños», una sutilísima tarea que requiere un lento aprendizaje mientras trata pacientemente de intimar con la mujer —ninguno de los dos posee nombre—, ignorante tanto de todo conocimiento mutuo previo como de la vida anterior de él fuera de aquella fortificación.

Es de este modo que van aflorando temas tan caros a Murakami, desde el amor de juventud, la identidad, el doble, la mujer capaz de cambiar el universo con la pureza de su belleza, los fantasmas, los animales prodigiosos, lo onírico, la relatividad del tiempo y del espacio, la débil separación entre la realidad y la irrealidad... Si acaso el narrador sirve aquí una historia más amable, como si su perspectiva fuese dulcificándose con la edad, y eso hace que la lectura sea también más placentera, menos angustiosa, aunque no falten tramos en que no se evita esa sensación y los ambientes ominosos, opresivos se imponen, sin rozar el tono agresivo casi a lo Stephen King que en ocasiones utiliza.

Como en un juego metaliterario, su protagonista avanza esta fractura entre lo cotidiano y lo fantástico: «Cual corriente de aguas subterráneas que fluye por un laberíntico entramado de pasajes, también la realidad se ramifica en incontables caminos que avanzan entrecruzándose, uniéndose y desuniéndose, enredándose. Y aquello que nosotros juzgamos como real no es sino una mera abstracción de todo ese entrelazamiento». Por si no fuese suficiente, el propio Murakami incide en esta filosofía en la breve pieza aclaratoria que cierra el libro: «La realidad no es estática, sino que se halla sometida a un incesante devenir, y ¿no es en ese devenir donde se encuentra la esencia de toda historia?».