El arte de que «lo serio» te importe un pito

Daniel Roig REDACCIÓN

CULTURA

El escritor barcelonés Eduardo Mendoza, Premio Princesa de Asturias de las Letras 2025, junto a la directora de la Fundación Princesa de Asturias, Teresa Sanjurjo (i)
El escritor barcelonés Eduardo Mendoza, Premio Princesa de Asturias de las Letras 2025, junto a la directora de la Fundación Princesa de Asturias, Teresa Sanjurjo (i) Paco Paredes | EFE

Con una literatura fina e irónica, Eduardo Mendoza ha demostrado que se puede escribir durante 50 años y conservar la frescura

22 oct 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

A mediados de los años 80 del siglo pasado cayó en mis manos un ejemplar de La verdad sobre el caso Savolta. Era una edición de tapa blanda de Seix Barral con el retrato de una dama azul y una pistola; comencé a hojearlo y finalmente me lo devoré. Fue el principio de una afición a la literatura diferente de Eduardo Mendoza que me duraría todas estas décadas. Después vendría (no en orden cronológico), buscando en la Cuesta de Moyano, la deslumbrante La ciudad de los prodigios, las desventuras del comisario Flores y otros (des)propósitos divertidos, irónicos, por momentos crueles. Siempre interesantes.

No todo el mundo entiende a un Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) que ha extendido su repertorio a lo largo de, nada menos, cinco décadas. Resulta difícil encontrar en la literatura española contemporánea a alguien que combine con tanta eficacia la risa, la ironía, la denuncia social, lo histórico, lo popular y lo literario. 

Mendoza comenzó su andadura literaria precisamente con La verdad sobre el caso Savolta (1975), que aún hoy se recuerda como un punto de inflexión. Ambientada en la Barcelona de la Restauración, en los años del pistolerismo y los conflictos laborales entre clases sociales, la novela mezcla thriller político y novela de misterio con un sentido de la parodia, la sátira, la crudeza. Fue premiada con el Premio de la Crítica, pese a que la censura del franquismo en sus últimos días previamente había obligado a cambiar el título, que en su versión original era, al parecer, Los soldados de Cataluña. Desconocemos qué había de subversivo en ello, pero así fue.

Lo cierto es que Savolta llegó en un momento decisivo de la precaria Transición española, un aire fresco narrativo (desde la forma y desde la temática): recupera conflictos socio-políticos olvidados o silenciados, como lo fueron las huelgonas asturianas de los 60, los inserta en una trama atractiva, arquetípica pero también llena de matices y humor, y lo hace con un estilo accesible sin sacrificar calidad literaria.  Aquí ya se percibe una de las cuestiones centrales de Mendoza: la tensión entre lo que llaman best seller y literatura de calidad, entre lo popular y lo culto, si tal cosa existe. Y si de verdad es contradictoria.

El escritor Eduardo Mendoza
El escritor Eduardo Mendoza Quique García | EFE

Después vinieron obras inscritas en la novela negra o detectivesca, pero siempre con su sello personal, su sentido del absurdo, del humor surrealista. El misterio de la cripta embrujada (1979) y El laberinto de las aceitunas (1982) introducen al lector en un mundo de detectives estrafalarios, tramas extravagantes y situaciones absurdas. Mucho antes de Torrente y con menos sal gorda. 

Estas novelas no solo contribuyeron a diversificar el panorama literario —que hasta entonces estaba dominado por novela «seria y consciente»—, sino que le permitieron experimentar con la forma: la parodia de los géneros (la negra, la gótica, la de intriga), la exageración, la ironía como arma y también como escudo frente a lo social, lo histórico. No siempre gustó a ciertos sectores críticos que esperaban de la literatura mayor solemnidad, pero Mendoza siempre ha preferido ese tipo de humor inteligente, incisivo. Y con ello ha triunfado y sobrevivido este medio siglo.

En 1986 publicó lo que muchos consideran su obra maestra: La ciudad de los prodigios. Ambientada en Barcelona entre las exposiciones universales de 1888 y 1929, esta novela no solo describe la transformación urbana de la ciudad sino, más importante, cómo esa transformación urbana se entrelaza con el cambio social, la desigualdad, la ambición, la modernización y la identidad colectiva. 

En ella Mendoza demuestra que es capaz tanto de panoramas amplios —una ciudad que crece, que se transforma, que se ve asediada por oportunidades y contradicciones— como de escenas íntimas, de personajes imperfectos, de percepciones que oscilan entre el asombro, el orgullo y la ironía. Esto le permite alcanzar un público amplio sin caer en lo trivial. 

Hay también un riesgo: en estas novelas más ambiciosas, el equilibrio entre lo histórico y lo ficticio es frágil; Mendoza lo maneja con maestría, aunque algunos críticos le han achacado momentos de exceso descriptivo o de digresión que detienen un poco la tensión narrativa.

En los noventa hay un cambio de palo. Alterna ese tipo de novela con otras muy diferentes como la sorprendente Sin noticias de Gurb (1991), una de las más celebradas por su ligereza, su humor y su capacidad de sátira social. Un extraterrestre perdido en Barcelona sirve para mirar la ciudad con ojos extraños, para detectar ridículos urbanos, preocupaciones banales y absurdos de nuestra vida cotidiana.

El escritor Eduardo Mendoza.
El escritor Eduardo Mendoza. MARCOS MÍGUEZ

Esa capacidad de observación irónica es un rasgo inconfundible en Mendoza, como lo es la de convertir lo cotidiano en material literario de interés. Pero no todo es humor. El año del diluvio (1992) muestra otra faceta: dramática, seria, reflexiva, que no olvida lo social ni lo moral; la narrativa puede ser divertida, aunque Mendoza no rehúye la responsabilidad de plantear temas éticos, desigualdades, el papel de la Iglesia o las ambigüedades del poder. 

El cambio de siglo trae nuevas líneas y experimentaciones. En 2010 obtiene el Premio Planeta por Riña de gatos. Madrid 1936, donde retoma la historia, la intriga y la política: el Madrid prebélico, los juegos de conspiración, una trama que combina arte (la pintura, la crítica de arte), espionaje, conspiraciones con humanidad. 

Es, dice la crítica, una novela más estructurada, con muchas capas históricas, referencias culturales, personajes que sirven para explorar las contradicciones de la España de finales de los años treinta. Quizá, le achacan, no sea una novela perfecta: algunos han criticado que por momentos la documentación histórica pesa, o que ciertos episodios se alargan demasiado, lo que resta algo de frescura narrativa, pero en conjunto es una apuesta fuerte que reafirma a Mendoza como autor al que probablemente, a esas alturas, poco le importa lo que diga la crítica y escribe como se le peta.

Más recientemente, Mendoza ha explorado la figura institucional, la burocracia, lo absurdo administrativo con Tres enigmas para la Organización (2024), regresando al género detectivesco/paródico, pero dándole una vuelta nueva.  Ese retorno al humor no significa un retroceso sino un ejercicio de reflexión: ¿qué puede hacerse hoy con ese detector de absurdos? ¿Cómo se representa la incompetencia, la lentitud, lo opaco de lo público? Aquí Mendoza nuevamente mezcla ligereza (o aparente ligereza) con punzantes críticas sociales. Pero este tipo de novela corre el riesgo de resultar complaciente o de quedarse en la superficie si no se profundiza lo suficiente; en sus mejores momentos lo hace, en los menos, se queda en torno al divertimento.

El escritor Eduardo Mendoza
El escritor Eduardo Mendoza

Más allá de sus novelas más conocidas, Mendoza ha cultivado también el teatro, el ensayo, la biografía. Ha escrito obras como Por qué nos quisimos tanto, su autobiografía, ensayos como Las barbas del profeta o trabajos sobre Barcelona, la modernidad, la cultura. Esa diversidad demuestra uno de sus valores más firmes: no se deja encerrar en un solo género, no teme doblar géneros, cruzar fronteras. Eso le ha costado, como siempre sucede, ciertas reservas por parte de quienes prefieren escritores más «puros», más constantes en un solo registro. Pero la literatura no avanza sin esos cruces.

Hablar de los valores de Mendoza es hablar de su sentido del humor, que no es superficial: la ironía es también distancia crítica, una forma de mirar lo absurdo de la condición humana. Su compromiso con la historia, con los pueblos, con la memoria; con Barcelona como escenario (aunque no exclusivamente); con los débiles, los absurdos del poder, los ridículos de la modernidad. 

También su honestidad estilística: no pretende impresionar con florituras innecesarias, aunque puede permitirse embellecer, describir, recrear. Su capacidad de combinar lo popular y lo culto, de atraer a lectores diversos sin dejar de satisfacer a críticos literarios, es un talento poco común.

Igualmente es importante señalar su contribución a la lengua: su español es claro, rico, ágil; su manejo del diálogo, de las voces distintas, de los contrastes lingüísticos y sociales; no cae en clichés fáciles ni en lugares comunes, aunque trabaja con arquetipos reconocibles.

En cuanto a su importancia en la literatura española, Mendoza ocupa ya un puesto seguro: recibe premios mayores (Premio Cervantes en 2016; recientemente, el Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2025), lo que le reconoce no sólo la extensión sino también la calidad, la relevancia social y cultural. 

Además, ha influido en generaciones de lectores y escritores: ha demostrado que el lector no es un ente pasivo, que las novelas pueden ser entretenidas y a la vez rigurosas; que la risa no descalifica la reflexión, que la novela histórica no tiene por qué ser estatista ni nostálgica; que lo popular no es sinónimo de bajuno.

El escritor Eduardo Mendoza
El escritor Eduardo Mendoza Quique García | EFE

Pero hay críticas que conviene advertir. En algunos momentos Mendoza ha repetido fórmulas: la serie del detective sin nombre, con su mezcla de absurdo, extravagancia, parodia, a veces parece alargar la fórmula más allá de lo necesario; ciertos episodios narrativos parecen diluir la tensión con descripciones demasiado extensas o digresiones. 

También, en novelas históricas, la documentación puede convertirse en exceso, lo que ralentiza el ritmo. Y hay quienes señalan con un sentido literario un tanto ridículo que quizá podría profundizar todavía más en los personajes femeninos, en los conflictos interiores, en la ambigüedad moral —en ocasiones los personajes parecen sufrir más por necesidad de avanzar la trama que por lógica íntima. Todo el que escribe, en fin, está expuesto a la opinión de millones que no escriben pero creen saber hacerlo.

Finalmente, lo que hace que Mendoza sea un clásico moderno no es la seguridad, sino la osadía. Ha sabido adaptar estilos diversos, géneros populares, los ha cargado de sátira, parodia, ironía, compromiso. Ha sido capaz de hablar de la España de su tiempo y del pasado, de lo local y lo universal. 

No ha renunciado nunca a entretener, lo que puede hacerle vulnerable a quienes creen que la literatura debe ser austera, seria, casi «alta»; pero esa es precisamente su fortaleza. A cincuenta años de su primera novela sigue siendo relevante, provocado, leído. Y ello no se logra solo con oficio, sino con una curiosidad insaciable: de la historia, de la ciudad, de la política, de la condición humana. 

Eduardo Mendoza es un autor que ha construido un puente entre lectores exigentes y lectores que solo buscan pasar un buen rato. En ese puente está, creo, lo mejor de su legado — y lo que seguirá siendo necesario reivindicar.