Jorge Freire, autor de «La banalidad del bien»: «La 'filosofía Ikea' de hoy encierra una gran paradoja»
CULTURA
«Con fillos e bestas todo son noticias frescas», aprendió de su madre el autor de «La banalidad del bien», filósofo madrileño con raíces gallegas que remite tanto a Jenofonte como a Rachel Cusk para desnudar el márketing buenista que envuelve el mundo de hoy. «La filosofía Ikea es peligrosa, vende el mito de la independencia. Y el ser humano es el más dependiente de todos», afirma
17 ene 2026 . Actualizado a las 17:40 h.La utilidad está sobreutilizada, tanto que mil veces al día somos inútiles sin causa. Nuestra debilidad se ha convertido en fortaleza... en fortaleza de esos que Jorge Freire (Madrid, 1985) con gracia, o xeito, llama julais con acomodo al origen de la palabra. Viene bien un mordisco de Jenofonte y el agua de fuentes de pensamiento nada banal. Bocados como estos ofrece el autor de Agitación y La banalidad del bien. Los Cousas de Castelao, confiesa, son algunos los cuentos que más ha regalado en su vida. «En Madrid digo que soy ferrolano, para abreviar. Toda mi familia ha nacido en Galicia, salvo yo. Aquí hay palabras que no tienen traducción exacta, como noxo», revela el escritor, que tiene muy presente, ahora que es padre, esa frase que suele decirle su madre: «Con fillos e bestas, todo son noticias frescas».
—Es «La banalidad del bien» la otra cara de la moneda de la banalidad del mal, de Hannah Arendt?
—En realidad, es un juego de palabras. Le doy la razón a Arendt, que decía que el bien no puede ser banal, porque es radical, no superficial. El mal es ausencia de bien, una idea filosófica muy vieja. Por esta razón el título estaría invalidado. Sería, si acaso, «la banalización del bien», pero con ese título no íbamos a vender libros... Asumiendo que el bien es profundo, quise estudiar qué sucede cuando el Bien con mayúscula se convierte en un conjunto de bienes que se venden al peso. ¿Qué sucede cuando es más importante lo que se exhibe que lo que se alberga? Cuando cunde el buenismo, cunde también el puritanismo acerbo.
—¿Algo nuevo bajo el sol?
—El exhibicionismo es más viejo que el mundo. Pienso en Medida por medida de Shakespeare, de 1604, que es una crítica impresionante al buenismo. Hoy damos la espalda a ideas como la virtud, que nos huelen a naftalina, y potenciamos seudovirtudes como los valores. ¡Los valores no te comprometen a nada!, basta con llevarlos como un pin en la solapa y defenderlos para adscribirte al bando de los buenos.
—«Ser banal es hacer el julay», dispara. Explíquenos.
—Me gusta el castellano, los gitanismos, la jerga que viene del caló. Julay originalmente significaba 'amo'. La idea de ser banal es regirse por la fórmula del «ordeno y mando». «Aquí pago, mando y ya soy bueno». Hacer el julay es ser un pringa'o, ser el falso dueño de la hacienda. Acicateados por los departamentos de márketing de algunas empresas solo por comprar una bolsa de tela de tal marca automáticamente formamos parte de un proyecto elevado... ¡No, no! Lo que hacen esas empresas es halagar tu buena conciencia. Quieren que pienses que contribuyes al bien de la comunidad cuando es mentira, quieren fidelizarte. Alguien se está llevando la mano al bolsillo...
—¿La virtud es pudorosa, sutil?
—Sí. No necesita aplausos en la plaza pública. «Obras son amores y no buenas razones». David Cerdá tiene una metáfora en el libro Ética para valientes: tener valores y defender ciertas causas muy nobles es como invitar a alguien a casa y enseñarle un baúl lleno de cosas que deslumbran. ¡Qué bien!, ¡qué suntuoso!... Pero la virtud es otra cosa. Una cosa callada de la que nadie se da cuenta. Me hace pensar en la parábola del viejo Epulón, que se le aparece un vagabundo, le pide unas monedas y lo manda a paseo. Si hubiera sido hoy, no lo habría mandado a paseo, ¡le habría pedido que se acercara para hacerse un selfi! Y luego, a paseo...
—Me recuerda que hace unos días una amiga guía me habló sobre «el turismo de caridad» en Calcuta. Puedes ver, me decía, cientos de jóvenes voluntarios haciendo cola ante la casa de la madre Teresa para que les asignen un moribundo, y ya hay más voluntarios que moribundos... Porque suma puntos en el currículo.
—Qué barbaridad. De película de Berlanga. «¡Faltan moribundos, que alguien traiga más moribundos! Necesito puntos»...
—A los soldados de la eficiencia, esos que piensan de una manera pero hacen siempre lo que pide el jefe sin rechistar, ¿hay que darles Jenofonte?
—La idea de Jenofonte («el mejor soldado es el que cree en la bondad de la causa por la que lucha») me vino en Twitter, de alguien que había tenido un puesto en un partido de la nueva política cuyo nombre no diré. Cuando tú llenas tus filas, tu proyecto, de personas que no creen en él luego no te quejes de que el proyecto fracase. Que en las empresas prolifere gente que no cree en lo que hace no es mucho mejor... ¡Mira el Grupo Wagner la que lio! Los mercenarios siempre salen ranas. Ahora bien, esa retórica de trabajadores que lo dan todo, están supermotivados y a los que se va motivando con ocio..., el workation (de work y vacation), es terrible; es una estrategia sutil de hacer que los afanosos se queden echando horas. Como estudia Remedios Zafra, usar el aldabonazo del entusiasmo fabrica una explotación sutil que ya no precisa a un tipo dando con el látigo en la espalda en galeotes.
—¿El capataz ya está, entonces, dentro de nosotros?
—Hay una autoexplotación. Si solo te justificas por el rendimiento eres una tostadora que se puede desechar. Freud habló de las tres humillaciones del narcisismo humano. Primero con Copérnico; se pensaba que la Tierra era el centro del universo y somos un planeta más. Con Darwin, pensábamos que éramos los reyes de la creación y somos herederos del mono. Con Freud, pensamos que éramos dueños de nuestra mente y somos un sindiós del subconsciente... Hoy vivimos la cuarta humillación, la informática. Se nos induce a pensar que el pensamiento es mero cálculo, que todo es procesar y procesar, que el sentido se reduce a utilidad. Se lleva ser un máquina. Es un problema que lo importante sea rendir. ¿Y la persona que no rinde qué, se desecha? Es muy peligroso, como lo es que el ocio sea un epifenómeno del negocio. El negocio, por definición, es la negación del ocio. El ocio es el momento en que el jefe no mete las zarpas... y nos encontramos a gente que en la tumbona, de vacaciones, contesta e-mails. En las empresas hay pinball y Arcade para que los trabajadores jueguen, gilipolleces, y así, en lugar de ocho horas, están 14. La división entre ocio y negocio que hemos tirado tan alegremente era emancipadora. Yo soy fordista, trabajo en mi horario. Y por las tardes me toco las narices... Me niego a dedicarle al trabajo 16 o 20 horas al día.
—Yo pienso igual, pero voy y contesto «e-mails» desde la tumbona... ¿El capitalismo ya es anímico? ¿A qué se refiere con la expresión?
—Signo de los tiempos. Hay quien piensa en el capitalismo como si fuera el dickensiano. El capitalismo se adapta a todo. Mark Fisher lo comparaba con La Cosa de Carpenter, se adapta a todo lo que toca. Está en el que vende 10.000 camisetas con la cara del Che, ¡eso es el capitalismo! Se adapta a la preocupación por el medio ambiente, a la sostenibilidad... en un tiempo dominado por el hedonismo y la novedad constante. El capitalismo se adapta a tu estado de ánimo, con la idea de hay que fluir y no atarse... Dentro del capitalismo anímico hay un capitalismo compasivo; es como una madre que te dice: ¿por qué no nos tomamos un café? Como los bancos... Una hamburguesería de Madrid tuvo las narices de presentarse como punta de lanza de la causa animalista y montó una tienda forradita de hojas verdes. En el fondo, es halagar la conciencia de los consumidores, que no solo quieren comer la hamburguesa sino sentirse buenas personas. Es el bien convertido en industria. Hay que valorar el lenguaje, las palabras, la riqueza del castellano. Industria aludía también a un sutileza, un engaño, algo que pasaba por otra cosa diferente a la que era. Industriárselas era ingeniárselas. Eso va al pelo a esas empresas que, de un día para otro, se muestran defensoras de una serie de valores que luego nada que ver. Me llamó la atención la quiebra de la gran empresa de criptomonedas, con un CEO que decía que era abstemio, vegano, medio budista... ¡y dejó un pufo tremendo a sus inversores! Su utilitarismo es absolutamente perverso porque se basa en la filantropía y los buenos sentimientos, pero no le veo la eficacia en ninguna parte y menos la bondad. Ahora cuando ves que los empresarios se tienen que convertir poco menos que en el Dalái Lama... Hay que reírse, que, si no, me dirás.
—¿Algo tiene que ver esta banalidad que estudia con la mente colmena de la serie «Pluribus» y ese ejército de autómatas del bien?
—Puede ser... Bajo las loas al consenso se disfraza muchas veces la eliminación del conflicto y el conflicto es la base de la historia. Cuando Heráclito decía que la guerra es el padre de todas las cosas no se refería a la guerra en sentido bélico, sino a la lucha de oposiciones. Frío y calor, la noche y el día. Todo en realidad está lleno de conflictos y contrarios. Abolir el conflicto es, a mí entender, una tentativa de una paz del vencedor que impida que ciertos temas se planteen. Ante esa mente colmena de Pluribus, y esa idea tan buenista del "haremos lo que pidas" es necesario, precisamente, el conflicto; que no es violencia, aunque interesadamente se confundan. Cosa distinta del consenso es la concordia, que quiere decir que, aunque tengamos posiciones diferentes, no nos matemos. La utopías de la felicidad son más interesantes que los futuros distópicos que hoy lo inundan todo. Hoy hay una corriente de fondo que creo mucho más importante que lo woke. En los últimos años ha llegado una creciente corriente de puritanismo luterano que hemos recibido con los brazos abiertos. Lo que ocurre hoy es que esa cultura que niega el pecado original está obsesionada con los pecados. Un error antiguo te condena. Y eso tiene que ver con una cultura que se presume secular y en el fondo es muy santurrona. Eso tiene que ver con esta idea higienista de impermeabilizar el debate, ¡que los puros no se manchen con ideas peligrosas! Y si esta persona va a decir algo que nos sea dañino mejor le escracheamos la conferencia. No hay ninguna voz que deba acallarse cuando el debate es sano. El puritanismo ha invadido el debate público. Pero todos somos pecadores, nos equivocamos así que no hace falta obsesionarse con los pecados de los vecinos. No es tan importante la conciencia ni estar concienciados ni lo que decimos. Lo importante es lo que hacemos. La salvación, por las obras. Aunque muchas veces las palabras son las armas que más intimidan...
—¿Y esta cosa de instarnos de manera recurrente a que nos posicionemos en todo a qué responde?
—Aun hay gente que cree que su opinión importa, cuando solo quieren colocarnos en un sondeo del CIS. Nos distraen. Hay peligroso en el infoentretenimiento. Si la nuestra es una democracia deliberativa se supone que debe haber deliberación. Y la industria del entretenimiento anula esa deliberación, nos convierte en poco menos que un coro griego. Nos abocan a lo que llaman economía de la reacción, en que hay que estar muy enfadado o muy contento. Oiga usted, permita que sea impasible, que me encoja de hombros, que eso no me suscite ninguna emoción.
—¿Qué momento vive la política en tiempos banales?
—Olvidamos que la política ha ido desapareciendo en favor de la comunicación. En ComPol hay un concepto que es servirte de las emociones del ciudadano para fijar la atención, hacer un marco y que solo se hable de este tema. Es como poner la bolita en el cubilete, como los tahúres. Que al final hablemos de este tema para que no se hable de otro. Todos los partidos han incurrido en eso.
—¿A qué se refiere con esa «filosofía Ikea que nos amuebla las casas y nos desamuebla las sociedades» y nos lleva a hacernos los suecos en aspectos esenciales?
—Esa filosofía está muy bien mostrada en un documental terrorífico que se llama La teoría sueca del amor, que muestra adónde lleva, sobre todo, este mito de la independencia, este mito de que todos somos independientes por definición y lo que nos hace valiosos es esa independencia. Eso es un desaguisado ontológico en toda regla. El ser humano es el más dependiente de todos los mamíferos. El cervatillo nace de pie y el ser humano no se hace independiente... ¡hasta los 30 al menos! Esa idea de no atarse, de no vincularse a nadie, lo que produce al final son seres desarraigados, sin sentimiento de pertenencia. Y atiza ese gran problema que hay en España que es la soledad no deseada. Esta afecta a dos millones de personas que no tienen a quien recurrir si les pasa algo. El modelo sueco se ha ido exportando con esa idea de que la independencia es el valor más importante de todos y resulta que estamos en la sociedad de la comunicación, una sociedad en la que estamos conectados al instante pero nos sentimos más solos que nunca. Esa paradoja da que pensar.
—¿Qué hay de malo en la sociedad del like y «el millón de amigos»?
—Lo virtual es, por definición, lo contrario de lo real. Hoy es habitual confundir amigos con contactos. Construimos supermercados de la amistad, y cuando todos son amigos ninguno lo es (...) Me hizo mucha gracia el wasap en que Sánchez le dijo a Ábalos "te quiero como un amigo". Y pocos días después salió el "yo a este señor no lo conozco". Los amigos en política son conmilitones, compañeros que comparten una causa. Son alianzas instrumentales, la amistad es otra cosa.
—En vez de al máquina preferimos, con usted, al figura. Su singularidad.
—Figura viene de fingere, 'fingir'. El figura es persona y personaje. Yo sí voy de copas con los amigos no soy el mismo que sí estoy merendando con la abuela... Y en el notario no hablo igual que si estoy de fiesta. Se critica el postureo, pero todos somos personajes. Por eso me gusta el figura, que es alguien que no termina de encajar en un molde en un tiempo en lo que se busca fundamentalmente son máquinas y maquinitas. Siempre es preferible ser un figura y romper el molde aunque no procesemos, aunque no seamos tan eficientes como el máquina.