«Cumbres borrascosas», la película más esperada: El clásico intocable termina convertido en un delirio de amor tóxico y lujuria
CULTURA
Emerald Fennell reimagina la novela de Emily Brontë con Jacob Elordi y Margot Robbie
21 feb 2026 . Actualizado a las 13:14 h.A las salas de cine llega hoy, víspera de San Valentín, la Cumbres borrascosas de Emerald Fennell (Saltburn, Una joven prometedora), una interpretación libre del clásico literario de Emily Brontë que estos días, coincidiendo con el esperadísimo estreno, anda agotándose en librerías. Viendo el arreón de las ventas de Frankenstein tras la adaptación de Guillermo del Toro y de Hamnet, consecuencia de la revisión por parte de Chloé Zhao, las editoriales, raudas, han colmado escaparates y lineales con todo tipo de versiones de la materia prima romántica que nutre el metraje que se desembala este viernes.
Aquel amor que imaginó la escritora inglesa en 1847 se revisa ahora, casi 200 años después, con una mirada descarada —sello ya de Fennell— que, según la directora, no es más que la interpretación que ella misma hizo de la novela cuando la engulló en su más tierna adolescencia. De aquel apetito, estos apretones. No esperen encontrar aquí una puesta al día de la cinta de 1939 protagonizada por Laurence Olivier y Merle Oberon, ni tampoco una adaptación fiel como la de Robert Fuest, de 1970. La que avisa no es traidora y advertidos estaban los espectadores por la propia demiurga de que aquí habría licencias, demenciales excentricidades, un universo estético propio y mucho desenfreno. Hay quien dirá que irá a verla por la trama; la trama son Margot Robbie (Catherine) y Jacob Elordi (Heathcliff).
Tan jugosa es esta historia —los páramos de Yorkshire, lo salvaje frente a lo civilizado, el complejo y contradictorio varón, la volátil mujer— como su atmósfera, que desde la casa productora han exprimido hasta la saciedad. La promoción se ha convertido en puro teatro, que hoy nadie araña nada si no pone a los protagonistas de turno en la alfombra roja a comportarse y gesticular en consonancia con sus personajes.
Robbie es además, junto a Zendaya —ahí, la mimetización con el universo Dune a través de estilismos futuristas y la adopción del tenniscore antes del estreno de Rivales—, la reina del método. La actriz ha pasado de jugárselo todo al rosa, resistiéndose a dejar atrás a Barbie, a abrazar el romanticismo gótico —literalmente encorsetada ella, todo brazaletes y encajes— para lucir cual Catherine Earnshaw. A su vera, en cada aparición pública, un galante Elordi le tiende la mano para sostenerla, recoge su vestido para evitar que tropiece y la cubre con sus enormes manos para que no se moje.
Tal absurdo alcanza el cuento que la intérprete llegó a deslizar, para inflamar todavía más el entusiasmo, que el chico de moda había hecho que le temblasen las piernas durante el rodaje de una tórrida secuencia. Mientras, en casa, su marido —el productor Tom Ackerley, con el que lleva diez años felizmente casada— se resigna al peaje que hoy hay que pagar para que se hable, se hable y se hable más; cuanto más se hable, más ceros en taquilla.
La euforia previa ha sido tan afectada que conviene, sin embargo, templar la expectativa, porque no, no va ser esta la más grande historia de amor jamás contada. A Fennell se le da bien retratar al disfuncional, escarbar en el resentimiento de clase y, sobre todo, exagerar y ornamentar. Esta Cumbres destila el conflicto interior y de él extrae morbo, crudeza y desgarro. A partir de aquí, se toma todas las libertades del mundo, activa el deseo y eleva a delirio ese sentimiento tóxico que ya sustentaba el relato original. Que ya van —mínimo— dos siglos del ni contigo ni sin ti.