El narrador, último gigante de las letras portuguesas, cuya obra marcó la guerra colonial de Angola, autor de novelas como «Conocimiento del infierno», «Manual de inquisidores», «El orden natural de las cosas», «Buenas tardes a las cosas de aquí abajo» y «No es medianoche quien quiere», falleció a los 83 años
06 mar 2026 . Actualizado a las 09:07 h.«A mí no me gustan las historias, las historias son para las abuelitas. Si un día quiero una historia leo una novela de Simenon o una de García Márquez, una de las dos buenas que escribió. Yo lo que quiero es poner en palabras cosas que son anteriores a ellas, lo indecible, las emociones, las pulsiones, los movimientos inconscientes, que por definición son intraducibles en palabras; a mí, lo que me interesa es cómo hacer revivir todo eso a través de las palabras». Con tal contundencia se expresaba António Lobo Antunes (Lisboa, 1942-2026) en el festival de las letras de Bilbao del 2013. Y no lo decía solo como escritor, también como lector, lo que quería es que el libro lo atrapara y no lo soltara, lo llevara incluso a donde no deseaba ir, a él, admitía, que lo que le gustaba era mandar, no obedecer, que el libro lo condujese a un mundo en que no le sirviese de nada su propia llave y que lo obligase, más que leerlo, a vivirlo. Citaba como un devoto el Pedro Páramo de Rulfo y El corazón de las tinieblas de Conrad, cuyos universos, confesaba, de inicio, le costó penetrar. Con la misma osadía rechazaba a aquellos que aseguraban haber leído a los grandes clásicos grecolatinos siendo niños, haber sabido que querían ser escritores leyendo con seis años a Homero —«todo mentira», clamaba—: él había comenzado con las historietas del Pato Donald y Flash Gordon. La primera obra seria que conoció fue Muerte a crédito, de Louis-Ferdinand Céline, en un ejemplar que su padre le prestó a los 13 años. Tanto lo fascinó que acabó por escribir una carta al autor, que le contestó.
Con idéntico descaro deploraba la canonización en Portugal —y allende sus fronteras— de las obras de Pessoa y de Saramago, uno porque no se había atrevido a vivir y otro porque «se creía en posesión de la verdad moral sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal». A veces esta franqueza provocó incomprensión, pero, en general, pese a la complejidad de su personal escritura, el éxito ha bendecido su camino ya desde su etapa inaugural, desde aquel lejano Memoria de elefante (1979). Quizá porque la gente en su país estaba deseosa de leer algo verdadero, no aquella tradición siesa, insípida y acartonada que había fraguado en la dictadura de Salazar. Y es que Lobo Antunes escribe desde las tripas, a tumba abierta, pero que la apariencia torrencial no impida ver su altísima calidad y su rigor.
También debió darle rápido acceso al lector su contacto con la muerte y la experiencia en la guerra de Angola. El dolor. Sus citas de Rulfo y Conrad no eran gratuitas. Solía decir que tres encuentros habían dejado una huella decisiva en su carrera vital y literaria: un loco, una mujer muy pobre y un niño moribundo. El loco le contó que el mundo estaba hecho por detrás, la mujer le explicó que no había podido acudir antes al médico porque no tenía dinero y que no tener dinero era como no tener alma, y el niño solo tuvo que sacar un pie fuera de la sábana mortuoria. Se topó a la mujer en el hospital universitario en que se formaba como médico por consejo de su padre —también médico, y que lo había forzado a dejar el equipo júnior del Benfica, porque el fútbol lo distraía del estudio—. Aquello, su contacto con la pobreza, fue su primera escuela del dolor. Decía que, en un país empobrecido, incluso a comienzos del siglo XXI, la mayoría de los portugueses no tenían alma, que era un privilegio reservado a «unos cuantos hijos de puta». Su participación en la guerra colonial (larvada, silenciosa) de Angola, adonde fue destinado como médico, coronó ese proceso, que perfeccionó después como psiquiatra, labor que abandonó para dedicarse de lleno a la escritura. Y no fue fácil, le costó hallar su propia voz, pugna que le procuró quebrantos y frustraciones.
Esa literatura suya se levantó sobre la memoria del dolor y la autobiografía, sobre la que trabajan la imaginación y la escritura, y que, aunque viaja desde su yo íntimo, ha terminado por erigirse en crónica de un país. Lobo Antunes explicaba que, en su caso, la escritura era una exploración, una aventura que en la mayor parte de las ocasiones ni sabía cómo comenzaría ni adónde lo llevaría. Sus libros, insistía, poseían vida propia y él se dejaba conducir sin imponer nada al texto. Otra cosa era el trabajo sobre la palabra, ímprobo, que poco a poco, lo había ido guiando hacia la esencia, el silencio, en una lucha contra los abusos del adjetivo y el adverbio. Escribir es tarea harto difícil —insistía para zanjar en una apelación constante al ejercicio de la humildad de no saber nada—: «Yo apenas estoy aprendiendo».
Este jueves, António Lobo Antunes, el escritor rubio de ojos azules —aspecto que debía a su abuela alemana—, el último gigante de las letras portuguesas, fumador empedernido, incluso después de enfrentar el cáncer, marchó definitivamente, quizá con un cigarrillo en los labios, quizá empeñado en profundizar en el conocimiento del mundo de los muertos, asunto tan caro a su literatura.
Los versos del psiquiatra que quiso ser poeta saldrán a la luz en abril
Comunista defraudado, hijo de familia acomodada, el prosista António Lobo Antunes nace en el enfrentamiento en origen que el niño enfermo encamado mantenía con la extrañeza de la vida adulta. Allí, con apenas cuatro años, aprendió a escribir de la mano materna. Mucho después llegarían los primeros cadáveres en la sala de autopsias de la facultad, y la colisión con la realidad, la pobreza y las injusticias que reinaban en Portugal durante la dictadura de Salazar.
La guerra colonial de Angola —el asesinato más indiscriminado, arbitrario y cruel, un sinsentido que él mismo describió largamente— y su labor profesional como psiquiatra redondearían esa cosmovisión que, bolígrafo en mano, se debatiría no sin violencia entre la melancolía y la furia de vivir y la muerte. El coraje que le faltó para seguir en el oficio médico le sobró en su faceta intelectual y en la escritura, desde donde se mostró de modo reiterado como un observador lúcido —más forense por momentos que psiquiatra— que dejó constancia de la memoria personal y exploró la condición humana con una exigencia moral a prueba de desfallecimientos. Lo hizo en sus novelas, también en las crónicas que preparó para el diario Público y la revista Visão, que después fue recopilando en media docena de volúmenes.
En otro tiempo, dicen, quiso secretamente ser poeta; él que juzgaba a Neruda un autor para adolescentes. Nunca vieron la luz sus tentativas líricas. Ahora Dom Quixote (su editorial) anuncia que lanzará en abril Poemas, libro que reunirá los versos inéditos escritos a lo largo de una vida dedicada a la prosa, no ajena, por cierto, a la poesía (entreverada).