La conocida poeta publica un nuevo libro que dedica al recuerdo y a la memoria, en el que incluye fotografías inéditas de su día a día
04 abr 2026 . Actualizado a las 10:52 h.La escritora Elvira Sastre (Segovia, 1992) volvió en febrero a las librerías. Lo hizo En defensa de la memoria, libro en el que mezcla fragmentos breves, poemas en prosa y escenas cotidianas a través de fotografías que ella misma hizo. Comparte con el lector la fragilidad de los recuerdos y una nostalgia, que ella misma considera, propia de la generación que ahora está en los 30.
—En su obra siempre habla en femenino. ¿Al igual que esto ha podido acercar a algunos lectores, tiene constancia de que haya alejado a otros?
—Antes de empezar a publicar, yo tenía un fotolog. Ahí subía mis textos y recuerdo que, al principio, descubrí que había gente que los copiaba, los subía a sus blogs y les cambiaba el género. Eso me enfadaba muchísimo, así que pensé que si no quieren un poco, les iba a dar el triple. Ahí sí que lo llevé por bandera. Pero, realmente, no había mucha intención, era mi vida. Sabía que un subtexto lo normalizaba, pero nunca lo destaqué porque para mí no destacaba, sino que creía que eso era el camino un poco de normalizarlo. Era consciente, como me hubiera pasado a mí, de que había lectores a los que esto les acercaba porque éramos una generación con falta de referentes en ese sentido.
—¿Por qué decide hacer una obra sobre la memoria y la nostalgia?
—Articula un poco toda mi escritura. Creo que cuando escribes un poema sobre algo que te ha pasado también estás intentando encapsular ese momento, esa sensación, esa emoción para no olvidarla. Para mí, la fotografía también consigue eso de alguna manera. Me recuerda que yo estuve en ese lugar, que miré de esa manera determinada, lo que sentí cuando lo hice y por qué miré ahí, no miré a otro sitio.
—¿Las redes hacen que la gente joven sea más melancólica?
—Creo que, en general, somos una generación bastante melancólica porque el pasado era un sitio mucho más agradable. Ahora hay mucha incertidumbre y siempre he sentido que la gente que estamos en la treintena somos una generación que crecimos muy protegidos, nos hicieron creer muy especiales. Y esta burbuja de que mi niño es el mejor, de la importancia de la universidad y del sueño del futuro, que ya habían trabajado nuestros padres, de pronto se rompe. Recuerdo que a mitad de carrera, casi todos mis compañeros tuvieron que dejarla, y no era excesivamente cara porque hice una filología, pero tenían que ir a trabajar porque estalló la crisis. Ahora hay gente de 30 años con trabajos muy precarios, personas que se vuelven a casa de sus padres. Así que, con un sueño roto, te refugias en la nostalgia y en las cosas que en tu infancia te hacían sentir bien: en la música que escuchabas o en las series que veías.
—En su libro dice: «Logramos, por un instante, hablar del futuro sin miedo». ¿Esta generación de treintañeros tiene miedo de hablar del futuro?
—Sí, y más en esta época tan inestable, en el momento en el que no te puedes asegurar un presente, el futuro ya es irreal. Cuesta bastante hablar de ello con ilusión, cuando la gente no puede permitirse el alquiler de la vivienda o determinadas cosas del supermercado. Es complicado sostener un futuro cuando el presente no es estable y no es seguro.
—¿Cómo eligió los recuerdos que entraron?
—Por feeling. Por lo que me hacían sentir. Es posible que haya fotografías que, a priori, te detienes y no tienen por qué significar algo, por eso luego las acompaño de palabras. Otras encierran algo, un recuerdo o una historia.
—¿Escribir este libro ha sido un ejercicio de introspección o de homenaje a sus recuerdos, a sus lugares y a su familia?
—Creo que ambas cosas, y también hay un tercer punto, que era algo que yo no había explorado nunca en un libro. Siempre me ha salido todo de dentro hacia fuera, sin embargo, en este caso, al tener la fotografía, hay una gran parte que ha venido de fuera hacia dentro. Ha habido un esfuerzo, una traducción, una transición de las cosas.
—Escribe que todos los animales que lee recuerdan a sus perros.
—Sí. A mí me gusta mucho mirarlos y observarlos como seres vivos en movimiento, aparte de lo obvio, del amor, de la compañía, de la fidelidad y de ese cuidado que no espera nada a cambio, es una entrega muy justa.
—¿Le preocupa que, movidos en parte por las redes, la literatura se convierta en un producto de consumo rápido?
—Creo que todo va cambiando, la manera de relacionarnos también, los vínculos y cómo nos comportamos con los demás. Pero, fíjate, hoy que estoy más positiva, creo que el libro es de las pocas cosas, si no la única, que ha sobrevivido como objeto físico, que se usa, y no solamente como un adorno, a lo largo de los siglos. La gente sigue leyendo.
—Hace giras de recitales fuera de España y tiene mucha presencia en redes. ¿Nota diferencia entre el poema que funciona en Instagram y el que funciona con el público presencial?
—Sí, pero también puede suceder con el que aparece en la radio, en el periódico o incluso en una camiseta. Cada formato funciona de una manera diferente.