Casilda Sánchez Varela, escritora e hija de Paco de Lucía: «Decidí irme sola muy lejos mucho tiempo, porque pensé: Quien puede lo más puede lo menos»
CULTURA
Un sensual viaje al corazón de las soledades comparte la hija de Paco de Lucía en «A veces nadie». «Mi padre dormía haciendo compás con los dedos», recuerda. Desprende ternura y suavidad intelectual
03 jul 2026 . Actualizado a las 17:53 h.Recuerdas a su padre no solo por lo que fue, el mejor guitarrista flamenco de todos los tiempos. Lo recuerdas desde los ojos cazadores de tu niñez. «¿Daría su vida por algo?», le preguntaron al artista que confesó que daría un dedo por saber cantar. «Daría mi vida por una guitarra», respondió en una entrevista emitida por televisión en los últimos ochenta. Y así Paco de Lucía (Algeciras, 1947-Playa del Carmen, 2014) se quedó para siempre en tu cabeza como si fuera una guitarra.
«De la soledad de mi padre se ha hablado mucho. De su niñez encerrado con la guitarra nueve horas al día», cuenta en A veces nadie. Un viaje al corazón de la soledad Casilda Sánchez Varela (Madrid, 1978), madre de cuatro hijos, socióloga, máster en Periodismo, vicepresidenta de la Fundación Paco de Lucía y autora de este libro-viaje al corazón de la soledad que está lleno de gente. Una sombrilla de colores para un concierto de recuerdos y voces que arranca de una ruptura de pareja y la decisión de hacer un viaje. Casilda se fue sola a Sri Lanka. Vendrá a Galicia a desmigar ese viaje en septiembre.
—Hay algo vicioso en la soledad.
—Supervicioso. Por un lado hay un malestar en la soledad; por otro, una inercia. Hay que tener cuidado... Porque es grande la sensación de control que da. Si estás sola todo depende de ti. Cuando te acostumbras, engancha.
—A los seis meses de romper, Casilda emprende un viaje en solitario. El libro es memoria personal y ensayo. ¿Es realmente lo vivido?
—Sí, y hay partes de ficción, modelos de soledad que he observado y tienen algo de mi imaginación. La imaginación es una forma de contarse. Esto es lo que yo viví. Decidí irme sola muy lejos mucho tiempo, porque pensé: «Quien puede lo más puede lo menos». Me fui después de pasar ocho meses turbulentos. La primera vez que entré en el apartamento que alquilé para estar sin niños tuve la sensación de que toda mi vida estaba dirigida a la maternidad, a la familia, al grupo. Y de pronto te das de bruces contigo y eres casi una desconocida. Es una sensación muy incómoda. Decidí que tenía que hacer un esfuerzo por aprender a lidiar con eso, a hacerme amiga de esa soledad que me tocaba ahora. Viajar además ayuda a tomar distancia, distancia vital.
—¿Se es más genuino fuera de contexto?
—Exacto. Pasa a veces cuando acabas de conocer a alguien en un avión y le cuentas cosas de tu intimidad que no le contarías a quien conoces de toda la vida. Lo extraño hace florecer una intimidad muy libre. Otra de las contradicciones que tiene la soledad es que es reconfortante, en ella te encuentras, pero como te pases de mirarte a ti mismo te envenenas. En el dolor hay egocentrismo... Y el que está solo se ve siempre como una víctima, pero hay soledades culpables. Hay gente que está sola que es intratable.
—El desamor, escribe, «es de lo más difícil de transitar que existe». ¿Por qué?
—Porque con el amor de pareja se construye un pequeño mundo, con un idioma, unos códigos. Incluso hay una tú que solo existe en ese pequeño mundo. Cuando eso desaparece haces el duelo por todo, incluida por esa yo de ese pequeño mundo.
—Pero este viaje al corazón de la soledad está lleno de gente.
—Es verdad [risas], está lleno de voces...
—Un encanto el retrato casero de su padre, ver al Paco de Lucía cotidiano. Tiene una mirada suave sobre las personas, las más ilustres nos son familiares.
—Es que lo de ilustre es un concepto ajeno. Pero cuando los demás ven a tu padre como un dios eso impregna tu mirada. Sales a comer y la gente llega y le llama «maestro». Pero fuera de ese contexto, era la mirada de una hija a un padre. Lo digo ahí: mi padre estaba cenando contigo y de repente notabas que su cabeza desaparecía. Pero hay padres no famosos que también se ausentan así...
—Se procura en estas soledades el respaldo de anécdotas como esa que retrata a Lincoln como un padre muy permisivo y el de voces como Nietzsche.
—¡Nietzsche me tiene obsesionada! Cuando dice: «Cuando Dios muera, lo sustituirá la salud» cómo puede ser tan visionario.
—¿Son, como dice Nietzsche, los más fuertes los que soportan mejor la soledad?
—Es cierto...
—«La soledad de la carne» impone. Es uno de los capítulos más reveladores de su libro. ¿Por qué vale más la caricia que la razón?
—La piel es el órgano más poderoso. Está demostradísimo que el sistema inmunológico mejora con una caricia.
—¿Cómo se decidió a escribir este viaje?
—Empecé a escribir porque yo nunca he sido una persona miedosa y la sensación que tuve cuando me separé me cogió por sorpresa. Era de pánico. Y no sabía ponerle cara a ese miedo que sentí. Escribir es iluminar las zonas oscuras, si las iluminas te dejan de asustar. Empecé a escribir para quitarme ese miedo. Primero fue eso... Con el tiempo quise oír lo que me pedía el cuerpo y lo que me pedía el cuerpo era contar este viaje. Desde esa soledad del principio, vacía, asustada, hasta esta soledad cómplice de hoy.
—Hay dolor y hay liberación sin festivales empoderantes, se agradece.
—Me gusta esa expresión.
—Va a cuento de una imagen que da en el libro sobre el verbo empoderarse, «un taconazo histérico». Mucho mejor «emanciparse», como sugirió alguna vez Manuel Rivas. ¿Cómo lo ve?
—¡Mucho mejor! Empoderarse entre otras cosas supone seguir asumiendo una jerarquía. ¿Empoderarse ante quien, sobre quién...?
—¿La primera persona que leyó su libro?
—Mi exmarido. Me mandó un mensaje precioso... Me emociono al contarlo [así es].
—¿Sigue habiendo amor tras el amor?
—Sí. Cuando pierdes algo importante tienes que tener paciencia, no puedes saltarte etapas. Sigue habiendo amor, y no solo porque sea el padre de mis hijos, como me dicen. Él es una persona importante desde los 18 años. Es mi familia. Me resulta difícil entender que odies a alguien que has querido de verdad, que ha estado contigo cuando nacieron tus hijos, en la muerte de tu padre... No imagino mi vida sin mi exmarido, sin su presencia, su apoyo, su criterio y su consejo.
—Feliz de encontrar a Domingo Villar en estas «soledades». ¿Cómo lo recuerda?
—Era maravilloso hablar con Domingo [...] Un día me dijo eso que cuento, lo difícil que era desmitificar el sexo en las historias... ¿Y tú sabes que mis hijos son medio gallegos? Me casé con un gallego. En Tui. Galicia ha sido la tierra prometida de la segunda mitad de mi vida. Estoy separada y podría no ir, pero voy muchísimo. Soy medio de Cádiz y hay algo en común, anárquico, vinculado al mar. Siempre me siento profundamente arropada en Galicia.
—Pienso en Paco de Lucía y pienso en aquel «Daría mi vida por una guitarra». Me pareció loco de pequeña.
—Pero es que dio su vida por eso. Mi padre murió joven porque, probablemente, no se aguantó ese nivel de estrés, esa mezcla del trabajo del jornalero con la asfixia del creador. Yo veía cómo vivía, mi padre dormía haciendo compás con los dedos... Y eso creo que no hay cuerpo que lo aguante.
A veces nadie
CASILDA SÁNCHEZ VARELA
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