Melba Escobar desmitifica la maternidad: «Nos olvidamos mucho de que las madres son personas»
CULTURA
La colombiana revisita esta etapa ambivalente de la vida a través de los fantasmas de su progenitora
03 jul 2026 . Actualizado a las 13:17 h.«Mamá se arrojó por la ventana de un cuarto piso once años antes de tenerme». Este es el crudo comienzo con el que Melba Escobar advierte al lector de que, entre manos, tiene una novela tan dolorosa como honesta. Tan catártica como reconciliadora. Tan oscura como luminosa. Las huérfanas es un ejercicio de autoficción desnuda contado en primera persona por Melba, la menor de cuatro hermanas, que decide desenterrar los pequeños retazos de la memoria familiar para reconstruir la imagen de su madre Myriam de Nogales, una «antimamá» española de origen noble que, con una formación considerada de élite para su época —era licenciada en Psicología y hablaba cinco idiomas—, decide dejar todo atrás y marcharse al otro lado del mundo por amor. En Colombia choca con una realidad: que no hay enamoramiento que la sostenga; y su vida se tuerce por una maternidad demasiado abrumadora, unas aspiraciones truncadas y una soledad poblada que acaban agravando sus problemas de salud mental.
Este duro existir es el que sirve a Melba para exponer las alargadas sombras de la idealización de la maternidad, de esa cultura que lleva a tantas madres a cercenar su identidad casi al mismo tiempo que cortan el cordón umbilical de sus retoños. «Nos olvidamos muchas veces de que las madres somos personas más allá de ser solo madres. La maternidad ocupa tanto espacio para la madre y para los hijos que se nos olvida la persona que está detrás de todo eso, la mujer. Y creo que es necesario que lo recordemos más a menudo. Sobre todo que lo hagamos desde un lugar de comprensión y de libertad, porque a menudo es un territorio donde hay mucha ferocidad en el apego. Se hace difícil marcar la distancia que te permite ser una persona más allá de ser la madre. Es un rol que a veces es demasiado invasivo», explica Melba Escobar, autora de esta novela.
Para ella, ser madre supone arrancar en gran medida la identidad que se ha ido cimentando durante tantos años. Y lo hace de un plumazo: «Una quiere ser un tipo de mujer y trabaja para ello y cuando eres madre esa mujer se desvanece, es como si ya casi no cupiera y si la reclamas, estás haciendo algo que luego te hará sentir culpable porque lo que nos han enseñado es que tu principal rol es el de ser madre. Me interesaba mucho indagar en todo esto porque mi madre fue una mujer muy atormentada por su propia maternidad y por la renuncia a unas expectativas y a unos logros personales a los que tuvo que renunciar. Y es increíble, pero a día de hoy seguimos padeciendo todo esto muchas y todavía tenemos que experimentar esa tensión entre quién soy y quién debo ser».
La obra no solo explora los fantasmas de la progenitora; también cómo el silencio, los traumas y la incomprensión se van transmitiendo como una enfermedad invisible entre las siguientes generaciones de mujeres: «Lo más interesante para mí mientras escribía esta novela fue que, revisitando momentos de cuando yo tenía 8 o 12 años fui capaz de analizarlos desde una mirada mucho más panorámica que me han permitido entender por fin quién era mi madre y qué le pasaba a ella. No solo sentir el daño que en ese momento estaba causando en mí, sino darme cuenta del daño que había en ella», resume la escritora. Para las hermanas Escobar, confiesa la autora, su progenitora era una madre hecha para personas adultas: «Se enervaba, no tenía paciencia, era sarcástica, ácida... Mi madre, con sus luces y sus sombras, fue un tremendo personaje», incide.
Luces en la vejez, demonios en paz
Frente a esa narrativa tan común que expone la vejez como una etapa de deterioro, decadencia y de preludio frente al terrible final, Las huérfanas es capaz de romper con todos estos estereotipos reivindicando la luz que se puede encontrar en el epílogo de la vida. Melba Escobar muestra cómo su madre, tras pasar décadas de muchísima oscuridad y sufrimiento, consigue volver a iluminar sus días con un giro radical a sus 70 años, logrando hacer por fin las paces con sus demonios y mostrando que, la vejez, también puede ser un espacio de redención y, sobre todo, de mucha libertad: «Al final de la vida mucha gente, como mi madre, se convierte en una mariposa y por fin puede volar libre».
La guinda en esta reivindicación filial la pone la disección que hace la autora de la construcción del recuerdo: «Somos el resultado de las historias que nos contamos sobre nosotros mismos», reivindica Escobar, quien relata que en las familias en las que hay varios hermanos todos parecen acabar teniendo padres completamente diferentes. Así, el recuerdo acaba siendo un artefacto minuciosamente fabricado para darle orden al caos de la memoria real.