Daniel López-Acuña, autor de «Recogerás tus pasos»: «La memoria de nuestra historia nos debería llevar a ser empáticos y solidarios»

Carmen Liedo
Carmen Liedo REDACCIÓN

CULTURA

Daniel López-Acuña, en una imagen de archivo
Daniel López-Acuña, en una imagen de archivo

El epidemiólogo y escritor astur-mexicano debuta en la novela con una historia inspirada en el exilio de su padre durante la Guerra Civil, un relato que une Asturias y México para reflexionar sobre la memoria, la identidad y los desafíos migratorios del presente

19 sep 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Daniel López-Acuña llevaba años escuchando, anotando y reconstruyendo las vivencias de su padre, uno de los miles de asturianos que tuvieron que abandonar España y exiliarse en México tras la Guerra Civil. Como explicaba el también epidemiólogo astur-mexicano hace unos días en Colombres en la presentación de la que es su primera novela, «durante décadas registré en mi memoria sus relatos pormenorizados, las conversaciones, las reacciones, las reflexiones y hasta las emociones profundas». De ese largo proceso nace Recogerás tus pasos, una obra en la que la memoria familiar y la historia colectiva avanzan de la mano para narrar el exilio, el arraigo y el regreso de Pepín López, un niño de Candás que encontró una nueva vida al otro lado del Atlántico y volvió a su tierra décadas después para pasar sus últimos años en Asturias. Así, a través de esa experiencia, el autor reflexiona sobre el exilio, la doble identidad y el valor de la acogida como respuesta a quienes se ven obligados a abandonar su hogar. Consciente de que «hemos sido también refugiados» y convencido de que «la memoria de nuestra historia nos debería llevar a ser empáticos y solidarios», reivindica la necesidad de recordar el pasado para comprender mejor los desafíos humanos y sociales del presente. 

—Después de una larga trayectoria profesional vinculada a la salud pública y a organismos internacionales, ¿qué le llevó a dar el salto a la novela y hacerlo precisamente con una historia tan personal?

—La literatura siempre ha estado muy presente en mi vida, no únicamente en estos últimos años, sino que es algo que vengo haciendo desde que estudiaba medicina: escribía poesía, publicaba en revistas literarias, escribía un poco de cuento y me decanté por escribir mucho ensayo en materia de medicina social y de salud pública, pero nunca abandoné la literatura. De hecho, he agrupado la producción literaria de poesía en dos poemarios que publiqué recientemente en el 2024 y 2025, pero que son libros que tienen poemas escritos desde hace cinco décadas o seis décadas. Estos libros recogen la vertiente poética de ese gran flujo de actividad literaria en mi vida que siempre ha ido acompañando a la actividad profesional en medicina, salud pública y epidemiología. Pero esta es mi primera incursión con una novela, una novela que vengo percibiendo desde hace muchos años, porque tiene que ver con una temática muy personal, pero que al mismo tiempo tiene una proyección con acontecimientos sociales y políticos de muchas épocas. Se basa en cosas que he ido apuntando, desarrollando poco a poco tras miles de conversaciones que tuve con mi padre sobre su experiencia de cómo salió de Asturias cuando era niño en 1937 durante la Guerra Civil, cómo tras un tiempo en Cataluña vivió acogido por una familia en Francia después de que cayera a Cataluña en el 39, y cómo, finalmente, fue en 1939 en el primer barco de exiliados republicanos españoles que se fletó para México, el Sinaria. Entonces, esas conversaciones abordan elementos de la historia, de su historia, intensificada en los años de la guerra, pero que no se detiene ahí, sino que prosigue a lo largo de su vida de varias décadas en el exilio en México y luego concluye con su retorno a Asturias ya a muy avanzada edad, donde termina sus días justamente muy al principio de la pandemia de COVID.

—Recogerás tus pasos nace de la historia de su padre, Pepín. ¿En qué momento sintió que aquel relato familiar merecía convertirse en literatura y trascender el ámbito privado?

—Fue un proceso gradual. Primero a me interesó enormemente todo el relato de la vida de mi padre, de su familia, de las vicisitudes por las que había atravesado. Pero después fui viendo que cuando en algunas reuniones en casa él lo contaba a amigos míos o amigos suyos, había un gran interés por esta historia, por esta serie de acontecimientos, porque además mi padre tenía, y yo espero haber podido captar de él mucho de esto, no solo la particularidad de narrar la anécdota personal, sino tenía una gran capacidad de contextualizarla, de ponerla en perspectiva, en términos históricos, políticos y de una dinámica familiar. Y por eso poco a poco fui pensando que era importante dar forma a algo que no era únicamente una rememoración biográfica, sino que lo que he querido hacer con este libro es una obra que oscila entre la novela y la crónica, en donde por un lado hay una narración en primera persona, que es la voz de mi padre, y por otro lado hay una narración en tercera persona de un narrador omnisciente que de alguna manera establece pinceladas de los telones de fondo por los que iba pasando la vida de mi padre y los acontecimientos históricos. A lo largo de la novela se entrecruza esa primera persona y esa tercera persona para conformar el relato. Entonces, a medida que yo fui haciendo mis notas, investigaciones históricas en torno a las cosas que me había contado, mucha lectura de literatura, pero también de historia y de análisis político sobre la guerra civil española, pensé que había el espacio para volcar esto en términos de una producción literaria que tuviese más que ver, sobre todo, con la novela, donde muchísimas cosas son historias reales, aunque también hay algunos elementos ficcionados, pero son mínimos, que están planteados en un relato novelístico y con una crónica de telón de fondo.

—Durante años ha convivido con los recuerdos, documentos y testimonios relacionados con el exilio de su familia. ¿Qué ha descubierto sobre su padre mientras escribía esta novela que no conocía antes?

—A medida que he ido escribiendo he ido descubriendo, primero, que mi padre, que vio el desarrollo de la Guerra Civil entre los 12 y los 14 años, era un niño muy consciente, que tenía muy clara la película que veía y que la internalizaba con gran conciencia y así la fue elaborando en su propio relato. Segundo, descubrí un personaje que, a pesar de las adversidades, no se amargaba, que transformaba la adversidad en impulso para seguir adelante y siempre con un gran espíritu de bonhomía, con un gran espíritu solidario, con un gran espíritu de comunidad social, porque hay momentos del exilio que dejan, por decirlo así, experiencias muy traumáticas, muy complejas y difíciles, una especie de amargura o mal sabor de boca o ánimo quebrado. Entonces, yo creo que lo que más aprendí a lo largo de este tiempo fue que, ante las dificultades, había que hacer todo para que el ánimo no se quebrara. Había que ser resiliente, había que ir adelante y había que ir abriendo caminos en la vida; ir llenando de espacios de esperanza lo que primero había sido un exilio muy difícil, una salida muy difícil cuando salen casi 50.000 asturianos en la ola del 37 al caer el Frente Norte. Pero quizá debería decir una cosa más, y es que en la novela no me detengo únicamente en estos años del exilio, sino que trato de recorrer el tema de su vida hasta cuando él fallece en el año 2020 en Gijón después de haber regresado tres años antes y después de haber hecho su vida más de siete décadas en México. Es decir, trato de ver cómo es la vida de un niño, de un adolescente, de un adulto joven, de un adulto ya maduro en un país que no es el suyo, en un ámbito de exilio y cómo todo esto va influyendo las formas de ser, las formas de interactuar, le va dando una proyección a sus valores vitales y el regreso sirve para lo que es el título de la novela y yo creo que es en lo que se centra o en la parte del hilo conductor, que es recoger los pasos. La idea de poder volver a caminar los pasos andados a recuperar, a revalorizar, a poner en perspectiva. Es interesante porque este concepto de recoger los pasos no es sólo literal de volver a caminar por donde fuiste, sino que en las culturas indígenas mexicanas tiene un valor simbólico muy importante de memoria, de capacidad de reflexionar sobre lo hecho y poner en perspectiva tu vida. Por eso uso esa frase de recogerás tus pasos y trato de ir explicando a lo largo de la novela de qué manera se va dando esto en distintos momentos, en distintos ángulos y con distintas intensidades.

Heredero de la doble identidad astur-mexicana

—Uno de los ejes de la novela es la construcción de una identidad entre dos países, Asturias y México. ¿Hasta qué punto esa realidad también forma parte de su propia biografía personal?

—Mi padre era un niño muy pequeño cuando llegó a México, un país que le acoge pero que es distinto a lo que conoce, y eso le conformó una doble identidad astur-mexicana, de forma que para quienes estaban en México, él era todavía el asturiano que vivía en México, exiliado republicano, pero para gente de aquí de Asturias, cuando venía en algún viaje, él ya era más mexicano que asturiano. Entonces, se genera una identidad doble. Trato de hablar en el libro de este fenómeno, que se le llama la posmemoria, de cómo un hijo de una persona así, como es mi caso, hereda esa doble identidad astur-mexicana, hereda incluso elementos que tienen que ver con la causa de mi padre, la causa republicana la causa de la dignidad en el medio de la derrota y del emprendimiento hacia adelante para superar la adversidad vivida y hereda, naturalmente, la geografía, la cultura, la gastronomía, incluso, de su tierra privilegiada y natal y yo me considero por eso que a veces acabo definiéndome como astur-mexicano porque, sí, yo nací en México, estudié inicialmente en México y después viví por muchas partes del mundo, pero hoy, después de 10 años viviendo en Asturias, yo diría que siempre, desde pequeño, he tenido también esa doble dimensión en la identidad y en la personalidad astur-mexicana.

—México ocupa un lugar muy importante en esta historia por la acogida que brindó a miles de exiliados españoles. ¿Qué le gustaría que el lector comprendiera sobre aquel episodio histórico a través de la experiencia de su padre?

—Diría que varias cosas: primero, entender cómo el hecho de que un país acoja a personas que tienen que desplazarse forzosamente, en este caso, por perder una guerra y por una persecución política posterior a esa guerra que ponía en predicamento su vida. El hermano de mi padre, que se había quedado aquí, tuvo que estar en prisión muchos años, y su padre fue represaliado, torturado y fusilado. Entonces, aquella acogida de México fue la apertura de una puerta de esperanza, de solidaridad porque hay que recordar que llegaron entre 50.000 y 60.000 refugiados españoles a México. Y no fue solo que pudieran entrar al país, sino que tuvieran papeles inmediatamente, que tuvieran permisos de trabajo inmediatos, que se insertaran en instituciones educativas, culturales sanitarias, es decir, una verdadera acogida. Eso supuso también una inyección social y cultural para México, para la vida intelectual, política y yo diría, incluso, profesional en áreas industriales, en áreas académicas del país, se formaron muchas instituciones con la presencia de refugiados españoles, porque los exiliados españoles dieron lugar a nuevas líneas de trabajo en la industria química, en la industria farmacéutica, es decir, contribuían al desarrollo y al impulso de un país que en esos momentos se estaba levantando de la contienda de más de 10 años de la Revolución Mexicana, e iba conformando su vida moderna. En la presentación del libro que hice en Colombres hablé de este término que usaba un filósofo español exiliado republicano en México, José Gauss, el término de transterrados, es decir, personas que habían tenido que salir de España por las condiciones que rodeaban la derrota republicana, pero que llegaban a un país que les daba acogida que era también de lengua española y compartía muchos valores culturales y en donde este grupo de exiliados republicanos no estaban plenamente desterrados, sino que estaban, en cierta medida, transterrados o trasplantados a un ámbito cultural e histórico que tenía muchas conexiones, y eso conforma un exilio un poco distinto, aunque por esto no hay que pensar que se minimiza el impacto terrible que supone el desplazamiento forzoso y el exilio.

—El título, Recogerás tus pasos, remite a la idea de volver sobre las huellas del pasado para comprender el presente. ¿Qué significado tiene para usted esa frase y por qué decidió convertirla en el nombre de la novela?

—Decidí convertirla en el título de la novela por esa doble dimensión que tiene literalmente de volver al camino andado, recoger las huellas, volver a donde se produjeron muchas cosas, reevaluar, reexaminar, poner en perspectiva, por un lado. Pero también por la dimensión que tiene simbólicamente, casi míticamente, en las culturas indígenas mexicanas de memoria, de símbolo, de poner en perspectiva con una óptica de veracidad todo aquello por lo que pasaste. Yo creo que es la razón por la que he puesto el título así, y yo creo que a lo largo de la novela va funcionando como un gran hilo conductor que permite entender los acontecimientos biográficos del propio personaje de mi padre, a quien le llamo siempre en la novela Pepín, como le llamaba todo el mundo. Otra perspectiva que es importante subrayar es el hilo de la memoria democrática, de la memoria histórica porque, usando una cita de Ángel González, recordar es un acto de amor, pero como también dice Saramago, la memoria es fundamental para mantener una noción clara de la dignidad. Es decir, es muy importante no olvidarse de las cosas y yo he querido que esta novela reconstruya, no solo la biografía de mi padre, sino la historia a través de una historia singular que es la de mi padre y la de miles de niños que salieron en esos momentos de Asturias. Yo creo que hablar de esto es una contribución a la memoria democrática, a la memoria histórica y, desde mi punto de vista, no es algo que tenga que ver ni con rencillas ni con venganzas, sino que tiene que ver con la recuperación de las distintas dimensiones de lo sucedido y, por supuesto, con los elementos de justicia y reparación.

—La presentación tuvo lugar en el Museo de la Emigración de Colombres, un espacio cargado de simbolismo. ¿Qué sintió al presentar allí una historia que conecta de una forma tan directa Asturias y América?

—A mí el Museo de la Emigración o Archivo de Indianos de Colombres siempre me ha parecido un sitio muy interesante, muy emblemático de esa realidad histórica de los asturianos que se fueron allende los mares. Muchas personas regresaron con fortuna, los indianos, y otras no, pero en todo caso hay una historia de ida y de vuelta, así que presentar este libro que habla de historias de ida y de vuelta, de la historia de ida y vuelta de mi padre, en ese espacio fue para mí muy significativo, muy emotivo, muy emblemático. El museo ha evolucionado de la mejor manera, porque, aunque empezó como un archivo de indianos por toda la historia de Colombres, el museo se ha abierto a la perspectiva de la emigración asturiana en su conjunto, tanto de quienes fueron a buscar fortuna y regresaron con ella o no, como de quien vivió exilio político o desplazamiento forzoso, como el caso de la Guerra Civil. Entonces, para mí no pudo haber mejor escenario para poder hablar de mi novela que ese, además, me dio mucho gusto que me invitaran a dar mi conferencia en la inauguración del ciclo mensual de conferencias del 2026-2027 que organiza el Museo de la Emigración junto con la Universidad de Oviedo.

Una novela que permite entender el presente

—Aunque la historia que relata se sitúa hace casi noventa años, el libro aborda cuestiones que siguen plenamente vigentes. ¿Le sorprende encontrar tantos paralelismos entre aquel exilio y algunas realidades que vemos hoy?

—Soy muy consciente de esos paralelismos y creo que son cosas que debemos de tener muy claras en nuestra cabeza. Nosotros, quiero decir en un sentido amplio como españoles, hemos sido también refugiados, hemos sido solicitantes de asilo, hemos tenido que abandonar el país por razones forzosas, es decir, somos desplazados forzados o hemos sido desplazados forzados. Y esto lo vivieron cientos de miles de españoles en los años 30 y si se ven imágenes de los campos de Argelès-sur-Mer (recinto de internamiento en la costa de Francia creado en febrero de 1939 para albergar a los refugiados republicanos que huían al final de la Guerra Civil española), no son tan distintos a las imágenes que vemos hoy en Ceuta o en otros sitios en donde hay un gran influjo de personas refugiadas. Personalmente, me toca, no únicamente desde la perspectiva de la historia de mi padre y de lo que he buscado recrear en la novela, sino que durante mi trabajo en la Organización Mundial de la Salud y después de haberme jubilado ya desde Asturias, en trabajado en temas que tienen que ver con salud de los migrantes, salud de los solicitantes de asilo, salud de las personas refugiadas… Me tocó trabajar en muchos de los proyectos europeos cuando hubo un gran influjo de refugiados en 2015 y 2016, sobre todo de Turquía hacia Grecia y de los Balcanes rumbo a Alemania. Por tanto, conozco estas escenas y estas situaciones, he trabajado en la organización de respuesta ante esto y para mí poder ponerlo en perspectiva, también con la experiencia vivida por mi familia desde campos de concentración en Francia hasta acogidas solidarias por familias francesas, ha sido muy importante, así que creo que es muy útil esta novela, no solo como un elemento de memoria histórica, sino también como un elemento que nos permite entender el presente también a la luz del pasado.

—La experiencia de su padre demuestra la importancia que tuvo la acogida que México brindó a miles de exiliados republicanos. Viendo los desafíos migratorios actuales, ¿qué lecciones cree que deberíamos rescatar hoy de aquella respuesta solidaria?

—Lo primero, la determinación de ofrecer asilo y dar una respuesta solidaria a movimientos masivos, sobre todo, ante los desplazamientos forzosos. Hoy los desplazamientos forzosos en el mundo, no únicamente hablo de Europa, han crecido en los últimos cinco años hasta duplicarse. Cientos de millones de personas están teniendo que desplazarse por violencias en sus países, por guerras, por desastres naturales o por el cambio climático y la sequía. Esto genera una nueva realidad a la que tenemos que dar una mejor respuesta mundial, una mejor gobernanza mundial y yo creo que hay que apostar mucho por dar una respuesta humanitaria ante los desplazamientos forzosos y a tener marcos de solidaridad, de receptividad, de gestión lo más abiertos posibles. Si algo debemos aprender de todo esto es que el peor error que puede cometerse es ser xenófobo, es no tener sensibilidad ante las necesidades humanitarias de refugiados solicitantes de asilo, emigrantes que no necesariamente van a poder emigrar de forma regular siempre y que lo que hay que encontrar son salidas integrales en los países de origen y en los países de destino, pero sobre todo en la respuesta humanitaria a quienes experimentan este problema. Yo creo que la acogida de México mostró cómo lo importante es la integración de esas poblaciones, con la apertura de oportunidades, con el otorgamiento de papeles para legitimar su estancia, sin tener que hacer largas esperas. Los refugiados españoles que fueron a México no tuvieron que esperar mucho para ser regularizados, fueron regularizados de inmediato y se les dio una oportunidad. Cuando se toman decisiones de apertura, de recepción, de un núcleo de población que no es residente en el país, o porque sean refugiados, o porque sean un flujo migratorio intensificado por alguna causa, yo creo que eso hay que acompañarlo de soluciones que permitan que se inserten plenamente en las vidas de los países y que reciban una respuesta solidaria y humanitaria.

—Después de escribir esta historia y de volver sobre las huellas de su familia, ¿cree que la memoria del exilio puede servir para fomentar una mayor empatía hacia quienes hoy se ven obligados a abandonar su hogar por una guerra, una persecución o la falta de oportunidades?

—Sí, yo creo que sí. Es interesante que hayas usado la palabra empatía porque, justo en las conferencias que he dado en estos últimos días, ha surgido que la memoria de nuestra historia nos debería de llevar a ser empáticos, nos debería de llevar a ser solidarios, que una de las cosas que más necesitamos en el mundo de hoy, un mayor grado de empatía, no sólo hacia poblaciones migrantes o poblaciones vulnerables, necesitamos empatía entre nosotros, entre las personas, necesitamos empatía para la coexistencia social, necesitamos empatía en la acción sanitaria entre profesionales sanitarios y pacientes. Necesitamos combatir esa especie de egoísmo a ultranza que caracteriza la vida moderna y entender que hay muchas cosas que podemos hacer si somos solidarios, si somos empáticos, si tenemos una dinámica colectiva. Por tanto, pienso que es muy importante rescatar esta memoria, sobre todo para combatir la amnesia histórica, que muchas veces surgen de algunas posiciones políticas y radicalismos, especialmente de la ultraderecha, que niegan lo que fue una realidad, volviendo a querer reanudar un orden de perspectivas políticas que recrean lo que fue una terrible represión y mundo de represalia en los años inmediatos del franquismo. Espero que la literatura contribuya a ser más sensatos en nuestro juicio y menos proclives a caer en la provocación de estas polarizaciones que se han ido generando en los últimos años.

—¿Con qué reflexión o emoción le gustaría que se quedaran los lectores cuando cierren la última página de Recogerás tus pasos?

—Fundamentalmente, querría que entendieran que los procesos adversos de desplazamiento forzado no sólo afectan a los adultos, que hay niños que los tienen que vivir, que son particularmente vulnerables, pero que, al mismo tiempo, estos niños pueden tener una forma de ver las cosas que hace que se aliente en mayor grado la esperanza y que siempre exista una noción de que la adversidad puede traducirse en bonhomía.