Jacobo Bergareche: «El asesinato de un hermano es un trauma que no se cura»

Alejandro castillo / S. F.

CULTURA

El escritor Jacobo Bergareche en el café Macondo, en A Coruña
El escritor Jacobo Bergareche en el café Macondo, en A Coruña ANGEL MANSO

El escritor publica «Tío Grande», libro en el que se adentra en África, en la amistad y en la relación con su hermano Roque, que murió en Angola

02 oct 2026 . Actualizado a las 09:12 h.

Jacobo Bergareche (Londres, 1976) escribe, cuenta, guioniza y produce, pero, sobre todo, vive con pasión. Ha viajado mucho, sigue convocando a sus amigos en banquetes y fiestas, y ha hecho de la cercanía con sus hermanos una forma singular de vida: su casa está al lado de las de Nicolás y Roque. No tiene rutinas, una semana no se parece a la siguiente. Lo único que no cambia es que en casa siempre hay ajo, perejil y aceite de oliva para cocinar.

 ­—Barthes decía que el escritor es tan falso veraneante como falso trabajador. ¿Puede estar un escritor de vacaciones?

—Lo que dice Barthes es totalmente cierto: ni descansamos ni trabajamos en exceso. Estamos en una zona extraña donde siempre estás pensando en la columna, en un libro, en una historia que te gusta, extrayendo alguna confesión. Y, luego, los días que te empeñas en trabajar, trabajas dos horas y ya.

­—¿Cómo nació «Tío Grande» y cuánto tiempo le llevó?

—Es difícil decirlo, porque en realidad es un spin-off de Amistad. En un capítulo entrevisté a Amadou. Luis, mi editor, lo escuchó, leyó el libro, y dijo que ahí había una historia que podía contarse. Fue él realmente quien me lanzó el guante: «Tú tienes tu propio vínculo trágico con África, con la mirada puesta hacia allá». Dejé la novela que estaba escribiendo y empezamos a viajar. En total, dos años, quizá más.

­—¿Qué desgaste emocional trajo escribir este libro, sabiendo que expone la historia de su hermano Roque?

—Lo hay, sobre todo porque es duro para mi familia. Es un trauma que no se cura. No es un duelo, es un trauma, algo más allá del duelo. Pero también tiene cosas bonitas. Para mí ha sido un reencuentro con el espíritu aventurero que tenía mi hermano y con esa África que él vivió, luego de conocer el mundo de Amadou y de las personas que salen en el libro. Gente entrañable que te enseña mucho de la vida. De ningún libro sales indemne. Si has salido indemne, es que no has escrito nada que merezca la pena.

­—¿Ha sido este el libro que le ha sido más difícil de escribir hasta la fecha?

—No lo sé. Tiene la dificultad de que te tienes que perder por el África profunda para escribirlo, conlleva riesgos reales. Y tiene otra: dónde colocas el punto de vista para que un blanco privilegiado cuente la historia de un chico negro que viene de la miseria más absoluta. Hoy eso plantea muchos problemas en la literatura, como si nos hubiéramos olvidado de que era una herramienta para ponerte en la piel del otro y ahora solo pudieras escribir de aquello que representas.

­—La hermandad es un vínculo casi tan complejo como el de los padres: extrañeza y espejo a la vez. ¿Cómo cambia la percepción de los hermanos cuando la vida le ha arrebatado a uno de forma tan violenta?

—Si lo querías bien, es como una amputación.

—¿Cómo era Roque como hermano?

—Era una alegría de persona. Tremendamente magnético, muy querido. El día que murió no cabía la gente en la iglesia y, catorce años después, sigo recibiendo mensajes de gente de cualquier lugar del mundo que lo conoció. Era muy protector con sus amigos, muy amalgamador, líder. Una persona llena de energía, arrolladora y muy amiguera.

—¿Aprendemos a despedirnos de los que amamos?

—Es conveniente intentar aprender a hacerlo. Te vas a tener que despedir muchas veces. De amores, de tus padres, de mucha gente... si no te mueres tú antes. Despedirse es dejar ir al otro, que siga su camino. Que los muertos también se vayan, y no estar agarrándolos todo el rato como un niño que sujeta un globo.

—En el libro recuerda su viaje de juventud a Irán: salir corriendo, pasar penurias, mucho miedo. ¿Cómo ve hoy al Jacobo de entonces?

—Pienso: «¡Qué loco era!». La juventud te hace imprudente e inmortal. Vivíamos una época con mucha menos percepción de riesgo: el fin de la Guerra Fría, después de la caída del muro de Berlín y antes de las Torres Gemelas. Ahora el mundo da miedo, es mucho más hostil.

—¿Qué fronteras hemos levantado como sociedad que no nos dejan avanzar?

—Entre hombres y mujeres, entre izquierdas y derechas, cualquier pequeña diferencia es explotada para montar una frontera, aunque sea simbólica, y expulsar al otro de nuestro espacio. Me agota la gente que va siempre por el mismo raíl. Sus ideas son previsibles.

—¿Cuáles son los antídotos cotidianos que le devuelven el pulso y la curiosidad por el mundo?

—No hay que leer tanto. También hay que salir de noche, conocer gente y escuchar sus historias. Ir a sobremesas, viajar mucho, conocer la naturaleza, saber nombrar los pájaros y cuándo salen las flores, bucear por debajo del mar. Como decía Montaigne, hay que saber mirar el mundo que nos rodea como si fuera un libro abierto. Si las únicas historias que te pasan son las que lees, acabarás como las vacas locas, que se volvieron locas porque comían vaca.

—Amadou, a pesar de todo, parece que tiene confianza en el futuro. ¿Usted la comparte?

—Sí, aunque parezca increíble. ¿Qué más confianza en el futuro que ser padre? Yo soy corcho y hay otra gente que es plomo: unos tienden hacia lo profundo y se hunden; otros, aunque nos tiren al abismo, terminamos saliendo hacia arriba.