La fama no lo es todo. Ni mucho menos

Guillermo Guiter
Guillermo Guiter REDACCIÓN

CULTURA

Vista general de la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias, este viernes en el Teatro Campoamor de Oviedo
Vista general de la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias, este viernes en el Teatro Campoamor de Oviedo Ballesteros | EFE

La trayectoria y la aportación real al bienestar y el progreso de la humanidad deberían ser los valores principales de cualquier premio por encima de la notoriedad

17 oct 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Hay ediciones de los Premios Princesa de Asturias que parecen construidas alrededor de una gran figura. Otras tienen un argumento más coral. La de 2026 pertenece a esta segunda categoría, aunque siempre hay personas que son más conocidas, o como decimos los periodistas, más mediáticas. Patti Smith, Studio Ghibli, tres científicos que cambiaron la manera de leer el ADN, una bóveda escondida bajo el hielo del Ártico, un historiador de la Europa contemporánea, un futbolista convertido en icono planetario, un escritor británico y una astronauta forman, a primera vista, un reparto demasiado heterogéneo para admitir una lectura común.

Y, sin embargo, la hay.

El denominador común de los ocho premios de este año podría resumirse en una palabra que hoy suena casi antigua: legado. No tanto la fama como aquello que queda cuando la fama deja de importar. Una tecnología que otros pueden utilizar, unas semillas que otros podrán plantar, unas películas que enseñan a mirar, unos libros que ayudan a comprender, una investigación que permite diagnosticar enfermedades, una exploración espacial que solo es posible mediante cooperación. Incluso el deporte aparece, al menos en la concepción del jurado, como una forma de ejemplo colectivo… aunque con severas dudas este año. Luego hablaremos de ello.

Bajo los oropeles y la obvia aspiración de ofrecer un gran espectáculo, la edición de 2026 parece querer reivindicar, por tanto, una idea sencilla y exigente: una sociedad no progresa únicamente gracias a quienes ocupan el centro del escenario, sino gracias a quienes construyen herramientas, conocimientos, relatos e instituciones que permiten a otros avanzar.

Los ocho galardonados son Patti Smith, Studio Ghibli, David Klenerman, Shankar Balasubramanian y Pascal Mayer, la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, Timothy Garton Ash, Leo Messi, Julian Barnes y Christina Koch. Pero si hay un premio que permite entender especialmente bien el espíritu de esta edición es el de Investigación Científica y Técnica. El premio a lo que hace posible todo lo demás.

Pascal Mayer, David Klenerman y Shankar Balasubramanian no son nombres que formen parte del imaginario popular. No llenan estadios ni venden millones de discos. Y, sin embargo, el trabajo que los tres desarrollaron ha tenido una consecuencia potencialmente mucho mayor sobre la vida cotidiana que buena parte de las celebridades que ocupan diariamente titulares.

El jurado les ha reconocido por sus contribuciones decisivas al desarrollo de las tecnologías de secuenciación de ADN de nueva generación. Dicho de una manera menos técnica: ayudaron a convertir la lectura del genoma en un procedimiento rápido, relativamente barato y susceptible de realizarse a una escala impensable hace apenas unas décadas.

Cuando se presentó el primer borrador del genoma humano, en 2000, secuenciar un genoma completo había requerido aproximadamente una década de trabajo y una inversión de más de mil millones de euros. Hoy, gracias a tecnologías como las desarrolladas por estos investigadores, puede hacerse en aproximadamente un día y por menos de mil euros. Eso no es solamente una mejora de laboratorio. Es una transformación de escala.

Hay aquí una lección importante sobre qué significa realmente innovar. La gran ciencia contemporánea no consiste únicamente en tener una idea. Consiste en conseguir que una idea funcione, que pueda reproducirse, que sea escalable y que termine poniéndose al servicio de otros. Ahí está, probablemente, una de las claves de los Princesa de Asturias de 2026.

De leer el ADN a conservar las semillas

La relación entre el premio de Investigación y el de Cooperación Internacional parece, al principio, inexistente. Uno habla de genética y otro de una instalación excavada en el Ártico noruego. Pero ambos responden a una misma lógica: conservar información esencial para el futuro.

La Bóveda Global de Semillas de Svalbard, inaugurada en 2008, funciona como una gigantesca copia de seguridad de la agricultura mundial. Almacena más de 1,3 millones de muestras que representan miles de variedades de plantas cultivables. Su finalidad es sencilla y monumental: disponer de una reserva genética que pueda recuperarse si determinados cultivos desaparecen como consecuencia de catástrofes naturales, guerras, errores humanos u otras circunstancias. Es una imagen poderosa: mientras los investigadores aprenden a leer el código genético de los seres vivos, en una montaña del Ártico la humanidad guarda las semillas que podrían permitir reconstruir parte de su futuro alimentario.

La conexión no es retórica. En ambos casos se trata de información biológica. Y hay otra coincidencia: ninguno de estos logros pertenece realmente a una sola persona.

La bóveda funciona mediante la colaboración de países, instituciones científicas y organizaciones internacionales. En una época en la que la palabra cooperación suele aparecer acompañada de grandes declaraciones y pequeños resultados, Svalbard ofrece una versión bastante más sobria: trabajar juntos, guardar algo durante décadas y confiar en que quizá sean otros quienes necesiten utilizarlo.

La ciencia necesita también una sociedad que la comprenda

El otro gran premio científico de la edición, aunque formalmente corresponda a las ciencias sociales, ayuda a completar el cuadro.

Timothy Garton Ash ha sido reconocido por su trayectoria como historiador, periodista y ensayista especializado en la transformación de Europa, especialmente de la Europa central y oriental. Su obra combina historia, ciencia política y periodismo y está atravesada por cuestiones como la libertad, la democracia y los derechos humanos. El reconocimiento resulta especialmente significativo en 2026 porque sitúa el conocimiento frente a otro de los grandes problemas contemporáneos: la dificultad para distinguir hechos, propaganda y opinión.

Si los tres investigadores del premio científico nos enseñan a leer el código de la vida, Garton Ash intenta enseñarnos a leer el código político de nuestro tiempo. En ambos casos hay una exigencia parecida: mirar más allá de la superficie.

Ghibli y Patti Smith: la imaginación también investiga

El mismo principio aparece en dos premios aparentemente alejados de la ciencia.

Studio Ghibli recibe el Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades por haber convertido la creatividad en una forma extraordinariamente eficaz de comunicación y conocimiento. El jurado destaca sus historias universales, la empatía, la tolerancia, la amistad y el respeto por las personas y la naturaleza. También resalta su capacidad para cruzar generaciones y fronteras. Ghibli ha hecho algo que la investigación científica también necesita: hacer comprensible lo complejo sin empobrecerlo.

Patti Smith representa otra forma de resistencia frente a la uniformidad. El jurado la ha reconocido por una trayectoria que conecta rock, poesía y contracultura y que se ha extendido hacia la fotografía, la performance y otras manifestaciones artísticas. También ha subrayado su compromiso con distintas causas políticas y sociales.

La idea encaja con el resto del palmarés: el legado no es necesariamente una cosa terminada. Puede ser una herramienta que continúa generando efectos.

Julian Barnes y el valor de la memoria

El Premio de las Letras a Julian Barnes introduce otra pieza en este mosaico. El escritor británico ha sido reconocido por su condición de narrador y ensayista y por una obra en la que la memoria, la identidad, la historia del arte y de la literatura y la propia condición humana ocupan un lugar central. El jurado ha resumido su personalidad literaria con una paradoja particularmente barnesiana: un «optimismo melancólico y un pesimismo alegre». No es una mala descripción para el conjunto de los premios de este año.

La astronauta que recuerda que nadie llega solo al espacio

Koch fue seleccionada como astronauta de la NASA en 2013 y en 2019 viajó a la Estación Espacial Internacional, donde participó en expediciones científicas y experimentos relacionados con la biología, las ciencias de la Tierra y la tecnología.

El jurado ha querido destacar especialmente su capacidad de superación y el carácter colectivo de su trayectoria. El mensaje elegido para acompañar el reconocimiento procede de la misión Artemis II: «Tierra, sois un equipo». La frase podría servir como lema de toda la edición. Porque el denominador común de estos premios no es exactamente el éxito. Es la interdependencia.

La investigación genética necesita equipos. La conservación de semillas necesita países que cooperen. La exploración espacial necesita cientos o miles de personas que jamás aparecen en las fotografías. Una película necesita artistas, técnicos y espectadores. La literatura necesita lectores. La democracia necesita ciudadanos. Hasta una carrera deportiva extraordinaria necesita compañeros.

Los Princesa de Asturias de 2026 parecen, en definitiva, menos interesados en premiar al individuo excepcional que en recordar que las obras verdaderamente importantes sobreviven a sus autores porque pasan a formar parte de algo colectivo.

Y entonces aparece Messi

En este punto el palmarés introduce una disonancia inevitable. Leo Messi ha recibido el Premio Princesa de Asturias de los Deportes. El jurado justificó la decisión por su extraordinaria trayectoria, su talento, su labor solidaria y, de manera explícita, por su «ejemplar comportamiento dentro del campo», además de su constancia, humildad y compromiso con el juego colectivo.

Desde el punto de vista estrictamente deportivo, resulta difícil discutir la magnitud de su carrera. Ocho Balones de Oro, una trayectoria histórica en el Barcelona, títulos nacionales e internacionales y, sobre todo, el Mundial de 2022 forman un currículo que explica sobradamente que figure entre los candidatos naturales a cualquier reconocimiento deportivo.

Pero el Premio Princesa de Asturias no es simplemente un premio al mejor futbolista. Su reglamento habla de trayectorias que, mediante el fomento y desarrollo del deporte y su dimensión social, se convierten en ejemplo de las posibilidades de la práctica deportiva en beneficio de los seres humanos. Y ahí es donde el comportamiento de Messi en el Mundial de 2026 introduce una incómoda pregunta sobre el premio.

España derrotó a Argentina por 1-0 en la final del Mundial. El encuentro terminó rodeado de tensión y de incidentes protagonizados por jugadores argentinos. La FIFA abrió posteriormente una investigación disciplinaria para analizar los hechos ocurridos después de la final.

Conviene no atribuirle a Messi individualmente todas las conductas de la selección argentina: una cosa es la responsabilidad colectiva de un equipo y otra la responsabilidad personal de su capitán. Pero precisamente por eso la discusión resulta interesante. Si el jurado invoca el comportamiento ejemplar como una de las razones del premio, es razonable preguntarse qué significa esa ejemplaridad cuando el contexto competitivo se vuelve adverso.

Los premios también crean expectativas, y el propio palmarés de 2026 las eleva muchísimo. El episodio del Mundial resulta una pequeña grieta, no invalida el premio pero sí impide recibirlo sin matices.

El gran asunto: qué hacemos con lo que recibimos

Hay una palabra que atraviesa la edición con más fuerza que «éxito»: responsabilidad.

Las grandes figuras públicas no son solamente sus estadísticas. Cuando una institución decide reconocerlas como ejemplos, sus actos empiezan a formar parte de la conversación sobre aquello que el premio quiere defender.

Los Princesa de Asturias de 2026 ofrecen una oportunidad excepcional para pensar precisamente en eso, qué significa ser ejemplar en una época que confunde con demasiada facilidad notoriedad y mérito.

El rasgo más interesante del palmarés quizá sea que casi todos sus protagonistas han construido obras que necesitan tiempo para ser comprendidas.

Frente a todos los demás premios, el deporte ofrece el contraste perfecto: noventa minutos, una final, un resultado, un ganador y un perdedor. Tal vez por eso Messi sea también el elemento más incómodo y, paradójicamente, más útil de esta edición. El fútbol nos recuerda que el presente siempre intenta imponerse al legado. Un gesto en un partido puede ocupar más espacio que veinte años de trayectoria. Una polémica puede sepultar durante días cualquier conversación sobre una carrera extraordinaria. La función de un premio debería ser justamente la contraria: separar, en la medida de lo posible, el ruido del valor.

Cuando los galardonados se reúnan en el Teatro Campoamor de Oviedo, la fotografía resumirá una edición extraordinariamente diversa. Será una imagen muy reconocible: celebridades, científicos, escritores, artistas, astronautas e instituciones bajo el mismo techo.

Pero quizá la fotografía más interesante sea la que no aparece en ella. La de un laboratorio donde alguien analiza una secuencia de ADN. La de una semilla congelada en una cámara del Ártico. La de un escritor corrigiendo una frase. La de un animador dibujando a mano un movimiento de pocos segundos. La de un historiador revisando documentos. La de un astronauta trabajando con un equipo que permanece en la Tierra.

Ahí está el verdadero hilo conductor de 2026. No en la fama.