Barnes según Barnes

B. Blasco REDACCIÓN

CULTURA

El novelista inglés Julian Barnes.
El novelista inglés Julian Barnes. Andreu Dalmau | Efe

El autor británico dota a sus personajes de mucho de sí mismo, de sus dudas antes que de sus certezas y de un humor sutil que roza lo melancólico

21 oct 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Algunos escritores construyen su literatura sobre certezas. Julian Barnes, sin embargo, la ha construido sobre las dudas. Duda de la memoria, de la Historia, del amor, de la identidad y hasta de la posibilidad de contar una vida sin deformarla al contarla. Quizá por eso el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026 le llega en un momento especialmente coherente con su obra: a los 80 años, después de una carrera dedicada a explorar aquello que creemos saber y que, al mirarlo de cerca, empieza a tambalearse.

El jurado lo ha definido como un «extraordinario narrador y ensayista», dueño de un humor y una ironía que conviven con lo que él mismo ha llamado un «optimismo melancólico y un pesimismo alegre». La fórmula parece escrita para él. Barnes contempla la fragilidad humana sin caer ni en la desesperación ni en el sentimentalismo. Sabe que vamos a morir, que las relaciones terminan y que la memoria engaña, pero también que mientras tanto existen los libros, la música, la pintura, la comida, las conversaciones y el amor.

Nacido en Leicester en 1946, hijo de dos profesores de francés, estudió Lenguas Modernas en Oxford y trabajó como lexicógrafo antes de dedicarse plenamente a la literatura. Aquel oficio dejó huella: Barnes pasó años mirando las palabras con lupa, comprobando significados y matices. Después haría algo parecido con la realidad, examinándola hasta descubrir sus contradicciones.

Su primera novela, Metroland, apareció en 1980. Después llegarían El loro de Flaubert, Hablando del asunto, Inglaterra, Inglaterra, Arthur & George y El sentido de un final, con el que ganó el Premio Booker en 2011. También ha escrito ensayo, relatos, memorias y novelas policíacas bajo el pseudónimo de Dan Kavanagh.

Pero nunca ha aceptado demasiado bien las fronteras entre géneros. En El loro de Flaubert convirtió la vida del escritor francés en una investigación sobre la literatura, la biografía y la verdad. En Nada que temer escribió sobre la muerte mezclando recuerdos familiares, filosofía y humor. En Niveles de vida, el duelo se transformó en una reflexión sobre el amor y la pérdida. Su literatura puede cambiar de registro constantemente sin perder una voz reconocible: inteligente, irónica, curiosa y, bajo esa aparente frialdad británica, profundamente emocional. 

Su gran obsesión, sin embargo, es la memoria. En una entrevista contó una escena reveladora. Un viejo amigo suyo, extraordinario contador de historias, relató en un mismo día una anécdota a tres personas diferentes. Cada vez cambiaba el desenlace. Barnes había escuchado las tres versiones y, después de la tercera, le dijo: «Wrong ending, Thomas». «Final equivocado, Thomas». El episodio tiene algo de comedia británica, pero resume una de las preocupaciones centrales de su literatura: ¿qué versión de nuestra vida es la verdadera?

Barnes ha llegado a decir que «a veces recordamos como verdaderas cosas que ni siquiera sucedieron». En El sentido de un final, precisamente, un hombre mayor reconstruye su juventud y descubre que su memoria no coincide con lo ocurrido. El pasado no es un archivo al que podamos acudir para recuperar intactos los hechos: es una narración que modificamos cada vez que la contamos.

Esa desconfianza explica buena parte de su literatura. El británico no utiliza la memoria para decirnos quiénes somos, sino para preguntarnos cuánto de lo que creemos ser depende de la historia que nos contamos sobre nosotros mismos. Y ahí reside una de sus grandes virtudes: convertir una cuestión filosófica en una experiencia reconocible para cualquier lector.

Un europeo que escribe contra las certezas

La mirada de Barnes tampoco se limita a Inglaterra. Francia, España, Rusia y el resto de Europa forman parte de su territorio intelectual. Ha escrito sobre Flaubert y sobre el compositor Dmitri Shostakóvich; sobre pintura, gastronomía y literatura. En El ruido del tiempo, la vida de Shostakóvich le sirve para plantear una pregunta política y moral: qué debe hacer un artista cuando el poder exige obediencia.

Curiosamente, también ha sido un apasionado lector de la literatura española. Y aquí aparece una conexión especialmente significativa con Asturias: La Regenta de Clarín, para él un «clásico extranjero descubierto tardíamente». Su fascinación por La Regenta explica que, en cierto modo, el Premio Princesa de Asturias de las Letras le llegue a través de un país cuya tradición literaria conoce y admira desde hace décadas.

Su europeísmo es también una posición política. Ha sido crítico con el Brexit y ha defendido repetidamente sus vínculos con Europa. En una entrevista llegó a explicar, con su habitual ironía, que se había vuelto «más de izquierdas porque el centro se ha desplazado a la derecha». La frase condensa su manera de intervenir en el debate público: sin convertir la literatura en un sermón, pero sin esconder tampoco sus convicciones.

España ocupa un lugar especial entre sus intereses. Barnes es un gran lector de la literatura española y ha mostrado una particular fascinación por La Regenta, de Leopoldo Alas «Clarín». Su relación con la novela y con la ciudad de Vetusta adquiere ahora una resonancia especial: el escritor que tantas veces ha viajado por Europa a través de sus libros recibe en Asturias uno de los grandes reconocimientos de su carrera.

La elección del Princesa de Asturias tiene, por eso, una lógica que va más allá de la excelencia de sus novelas. El autor ha conseguido convertir la inteligencia en emoción sin sacrificar ninguna de las dos, ha demostrado que una novela puede pensar sin convertirse en tratado filosófico; que un ensayo puede conmover; que una memoria puede admitir que no todo lo recordado es cierto y que el humor puede convivir con el duelo.

El jurado destacó precisamente su «mirada lúcida, cálida y compasiva del género humano», además de su capacidad para explorar la memoria como elemento configurador de la identidad y el amor como principio esencial.

A los 80 años, Barnes ha publicado Despedidas, presentado como su último libro de ficción. Dice que seguirá escribiendo ensayos y colaboraciones, pero que considera cerrada su carrera como novelista. Hay algo casi literario en ese anuncio: el escritor que ha pasado décadas interrogando el tiempo llega a una edad en la que también decide ponerle un punto final a su propia obra narrativa.

Pero incluso ese final parece llevar la marca de Barnes. Porque toda su literatura parece decirnos que los finales no son definitivos, que las historias cambian cuando las recordamos y que nunca poseemos del todo nuestra propia versión de los hechos.

El Princesa de Asturias reconoce, en definitiva, a un escritor que ha hecho de la duda una herramienta literaria y de la incertidumbre una forma de conocimiento. Barnes no ofrece respuestas fáciles. Ofrece algo más difícil: preguntas inteligentes, personajes imperfectos y una mirada capaz de encontrar humor incluso en aquello que más tememos.

Cuando recoja el premio en Oviedo, llevará consigo una obra que ha recorrido medio siglo de literatura europea. Pero, sobre todo, llevará una convicción que atraviesa todos sus libros: que quizá nunca podamos saber exactamente qué ocurrió. Lo importante es seguir intentando contarlo. Y hacerlo con la suficiente inteligencia y humildad para admitir que, probablemente, nuestra primera versión tampoco sea la definitiva.