Javier Gómez Noya ha edificado una carrera repleta de éxitos desde el trabajo diario
14 jul 2016 . Actualizado a las 16:19 h.El Princesa de Asturias. Un extraordinario sumario para condensar la vida de un deportista fuera de serie, que ha conseguido trascender desde el anonimato de una especialidad hasta hace poco desconocida para el gran público. Los éxitos de Javier Gómez Noya (Basilea, 1983) han sido de tal trascendencia que le han dado al triatlón la categoría de popular. Pentacampeón del mundo, cuatro veces Campeón de Europa y medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Londres. Hijo de la emigración. Nació en Suiza para volver a Ferrol, donde la pasión de su padre por el deporte le inculcó las ganas de nadar, de andar en bicicleta y de correr. En el pinar que se despliega desde la playa de Doniños hasta San Jorge comenzó a moldear sus músculos y en la piscina del barrio de Caranza que hoy lleva su nombre, arrancaron, a las órdenes de José Rioseco, sus sueños olímpicos.
Dicen quienes le han entrenado, quienes han compartido sesiones de trabajo con él, que lo diferencia del resto, en contra de lo que la mayoría piensa, no es sólo su talento, sino su capacidad para no bajar nunca los brazos, para dar el máximo cada día. «Tenía a mejores nadadores, pero si me daba la vuelta, sabía que sólo Javier haría hasta el último metro que les había pedido». Las palabras de Rioseco definen al milímetro a Gómez Noya. Nada en su vida es por casualidad.
Su capacidad de resistencia se puso a prueba cuando desde el Consejo Superior de Deportes lo vetaron hasta en dos ocasiones para competir al máximo nivel. Una discrepancia entre médicos sobre el alcance de una cardiopatía lo mantuvo alejado de lo que realmente le llenaba. Lloró, pero nunca dejó de pelear. Y acabó regresando para quedarse, para demostrar que podía ganar a los mejores.
Se mudó a Pontevedra, donde vive, donde tiene todo lo que necesita para seguir acumulando gloria. Ahora su vista está puesta en Río de Janeiro. En el mes de agosto tiene una oportunidad para lograr el único hito que falta en una carrera deslumbrante: la medalla de oro. De momento, ha paseado el nombre de Galicia y España por el mundo como pocos. Hoy se lo reconocen. Méritos le sobran.