Nadal eleva su tiranía a lo desconocido

Barre a Thiem y buscará su décimo Roland Garros tras ceder solo 29 juegos, menos que nunca


REDACCIÓN / LA VOZ

Algunos prodigios solo pueden suceder en la pista Philippe Chatrier. Otros estadios lucen más elegantes, como la central de Wimbledon, o más ruidosas, como la Rod Laver Arena de Melbourne o la Arthur Ashe de Nueva York. Pero en París, donde la lista de fenómenos sin trofeo resulta generosa, la interminable superficie de la pista, el contorno que rodea el cuadro de individuales, permite que la bola describa parábolas imposibles. Ese espacio abierto y ventoso lo convierte Rafa Nadal en el sitio de su recreo desde el año 2005. Disfruta reculando, situándose cuatro, cinco, seis metros por detrás de la línea de fondo.

Pisa lugares casi vírgenes para otros tenistas, en los que las huellas de sus zapatillas han ido marcando su terreno primavera tras primavera. Desde esa posición tiene más margen para disparar parábolas imposibles, que amplifican los efectos de su derecha. Cuando resta contra Dominic Thiem, el prodigio de la próxima década, elige emboscarse tan lejos de la línea de fondo que por momentos parece que puede terminar golpeando con su raqueta a uno de los jueces de silla. Pero no defiende, en realidad ataca de forma personalísima con esas derechas endemoniadas que botan por encima de la cabeza de su rival. Y cuando sirve cambia el guion, más volcado en no ceder la iniciativa.

El Nadal de siempre, más fresco que nunca, más dominador que nunca, más Nadal que nunca, caricaturiza a un tenista fabuloso al que convierte en vulgar. Gana por 6-3, 6-4 y 6-0 en dos horas y siete minutos. En una demostración que, cuando pasen los años, ilustrará el relevo que no fue. Como un titán de 31 años que había levantado su primer Roland Garros con 19 seguía vigente 12 temporadas después. Tan fiable que casi no hubo partido. Con solo 29 juegos en contra en sus seis partidos anteriores, mañana (Telecinco, 15.00) discutirá el título, optará al imposible de una décima Copa de Mosqueteros, frente a Stan Wawrinka, que sudó lo indecible para someter a Andy Murray por 6-7 (6), 6-3, 5-7, 7-6 (3) y 6-1 después de casi cinco horas.

Nadal se plantó con el libreto aprendido de sus cinco partidos anteriores ante Thiem. Sobre todo, la derrota que le escoció en Roma, adonde muchos piensan que nunca debió ir. Y lo movió aquí y allá para desactivar su energética propuesta. El austríaco, una maravilla de jugador que ataca con furia y al rato acaricia la pelota con sutileza, una especie de compendio de virtudes, parece deshacerse cada vez que golpea la bola. Porque le pega con semejante violencia y amplitud que casi se descompone. Frente a Nadal, a ese torbellino solo le quedó el consuelo de anotarse unos cuantos puntos de mérito. Derechas que volaban hacia las líneas, dejadas que morían junto a la red... Anécdotas. El gran señor de la tierra gobernaba el partido con rutinaria seguridad. Esa bola alta sobre el revés de Thiem lleva el español más de una década utilizándola frente a Roger Federer, y ahora la emplea frente a otro jugador de una mano.

En realidad, Nadal machaca al último verdugo de Novak Djokovic. Un reto de enjundia. El partido lo empezó a ganar hace 40 días. Entonces jugó el primero de sus cuatro duelos recientes contra Thiem. Inteligente y autocrítico, del último tropiezo de Roma sacó la enseñanza para pasearse en París. Insaciable. A tres puntos de sellar el rosco final, se reprocha un error que retrasa tan solo unos segundos su victoria. Un repaso que quedará grabado en la memoria de Thiem.

El enésimo regreso triunfal

A punto tiene su enésima reinvención, el regreso definitivo a la cumbre después de un año mermado por la muñeca, después de tres años sin morder un grand slam en Roland Garros. Siempre le quedará París.

Nadal: «Jugué bien todos los partidos, sin excepción»

«Estoy muy feliz, jugué un gran evento hasta el momento y jugué bien todos los partidos, sin excepción», explicó el español. «Desde el comienzo he jugado bien, no ha sido como otros años que he ido de menos a más. Arrogante sería si con todos los resultados que he tenido dijera lo contrario», matizó.

«Estar en la final aquí, en el evento más importante de mi carrera, significa mucho para mí. Estar en la final es un gran resultado y queda un partido», añadió.

Halep y Ostapenko, en la final

Garbiñe Muguruza cederá hoy su corona de campeona en París a una primeriza en grand slams, como le ocurrió a ella el año pasado. Simona Halep y Jelena Ostapenko pelearán por la victoria más importante de sus carreras, especialmente en el caso de la letona, sin ningún título aún.

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