REDACCIÓN / LA VOZ

Desde niño tiene las manos agrietadas y los dedos protegidos por esparadrapos. Cincela su carrera a golpe limpio empuñando una raqueta como un artesano y a la vez un guerrero. Cuando empezaba a abrirse paso en el tenis profesional, una tarde de verano le confesó su verdadero sueño a Fernando Rey Tapias, responsable de que el ATP Futures de Vigo funcionase como un reloj: «Wimbledon. Pero está muy difícil y hay que trabajar mucho». Aquel chaval de 16 años se veía más cómodo en otras superficies diferentes a la arcilla: «A mí me gusta más la pista cubierta o la hierba que jugar en tierra, aunque la tierra también me gusta». Menos de dos años después empezó a escribir en la arena roja de París una de las mayores epopeyas de la historia del tenis. Recién cumplidos los 31 hoy puede lograr su décimo título de Roland Garros (Tele5, 15.00). Hasta su llegada, un registro que parecía un imposible. Una conquista homérica que solo puede encontrar comparación en los legados de Jordan, Woods, Ali, Owens, Phelps... También de Federer, que ha preferido seguir la cita de París desde casa para llegar fresco a Wimbledon. El mundo del deporte sueña con que, dentro de tres semanas, Federer y Rafa Nadal puedan dibujar otro pulso histórico en la catedral. Pero eso será otra historia. El personalísimo Stanislas Wawrinka se levanta como el último obstáculo de Nadal para ganar la décima copa de Roland Garros.

Nadal solo ha cedido un par de derrotas en la tierra de París. Para que cediese la primera, en el 2009, tuvieron que coincidir la crisis matrimonial de sus padres, su desgaste anímico y un día de absoluta inspiración de Robin Soderling. Para llegar la segunda, Novak Djokovic necesitó disparar su propuesta en el 2015. El año pasado no llegó a jugar con Granollers por lesión en tercera ronda.

Nadal abrazó 14 grand slams -como Sampras, al que puede superar esta tarde- en 22 finales. Y esta primavera culmina una recuperación modélica tras la crisis que le provocaron sus lesiones de muñeca del 2016. Campeón en Montecarlo, Barcelona y Madrid, en Roland Garros ha cristalizado el trabajo de todo el invierno, de toda una vida. Solo ha cedido 29 juegos en seis partidos. Apenas necesitó diez horas en pista, por las 15 de Wawrinka. Todo encaja para que alcance el 10, si no lo ha conquistado hace tiempo ya. Pero París le reserva uno de los rivales más peligrosos en una final. No por los números. El mallorquín ganó al suizo en 13 de sus 15 enfrentamientos previos, y le superó en dos de las tres veces que se midieron en el partido definitivo por un título. 

Pero Wawrinka, que no ganó un grande hasta los 29 años, es por ahora un deportista infalible cuando juega la final de un grand slam. Tres alcanzó y tres ganó: Australia 2014 frente a Nadal y Roland Garros 2015 y US Open 2016 frente a Djokovic. Con 32 años y dos meses, hoy se convierte en el finalista más veterano de Roland Garros desde Nicki Pilic en 1973 (perdió con 33 años y 9 meses). Y su tenis agresivo, a tumba abierta incluso en tierra batida, puede plantear a Nadal más dificultades que la propuesta conservadora de otros tenistas de primer nivel en arcilla. «Sí, está bastante complicado». Aquello contestaba en Vigo el crío Nadal, humilde desde siempre, al analizar el cuadro. Unos días después levantó la Copa Bedriñana del Club de Campo, el segundo título de su vida en el circuito formativo de la ATP.

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Roland Garros: Nadal se cita con Wawrinka y con la historia en Roland Garros