A la Vieja Señora con esos egos...

Pesará sobre él la responsabilidad de ganar la Champions para un Juventus al que se le agotó la paciencia


El Juventus ficha al jugador que le robó, con una espectacular chilena en su propia casa, la posibilidad de ganar su tercera Copa de Europa. El Manchester United, el otro club del corazón de piedra del Balón de Oro, fue un pétreo invitado a una puja que no fue tal. La Vecchia Signora se arrimó el verano pasado y siguió en sus trece doce meses después.

Todo pinta de color de rosa ahora en el idilio entre Cristiano y su nuevo club. El juego de seducción comenzó justo tras la ejecución en la última Champions. Ovación del Juventus Stadium (ese campo que la entidad bianconera, tan amada en toda Italia menos en su casa, se hizo construir para no sentir tanto frío) y correspondencia del luso: «La Juve siempre me gustó desde niño».

Quizás alguien debería advertirle al portugués que, si se quejaba de la falta de cariño en el Bernabéu, Turín no es precisamente la mejor solución a su mal de amores. Y los Agnelli tampoco el colmo de la paciencia. Ni la exigencia será menor. Ha quedado claro que el equipo turinés incorpora al Balón de Oro única y exclusivamente para ganar la Champions. En la liga nacional, aún habiendo probado la segunda división, no hay quien le tosa.

Estaba impaciente la Juve por incorporar a su nueva estrella e incluso filtró un vídeo de promoción del fichaje, sabedora de que sus acciones subirían. Ahora que se ha confirmado, también la cotización de la Serie A aumentó. Y ese campeonato venido a menos ya parece otra cosa. La Roma no ha desperdiciado el tiempo para provocar tuiteando fotos de Totti y Messi, o sea, «el rey de Roma» y «el más grande de todos los tiempos».

¿Cómo encajará el egocentrismo del ya exmadridista en este escenario? Casualidad o no, su nueva casa ya ha aligerado cierto nivel de competencia en el vestuario dejando que Buffon emigrase a Francia.

Nada parece indicar que la entidad más laureada de Italia se vaya a plegar a uno de los egos más grandes que ha generado el fútbol. Por Turín ya han pasado, nada más y nada menos, personalidades de la fuerza de Baggio, Zidane, Zoff, Tévez, Deschamps, Sívori, Platini, Del Piero y Giuseppe Meazza.

Cristiano Ronaldo desembarca en el equipo italiano con treinta y cuatro años de edad, como máximo goleador de la historia del Real Madrid y en los apabullantes estertores de una carrera cuyo final solo se vislumbra, pero que no acaba de certificarse. El Juventus Stadium será el que sufra ahora los vaivenes de un deportista que se ha enfrentado a sus entrenadores, a su club y hasta a su propia afición, pero que nunca ha entrado en polémicas consigo mismo. Al contrario, como dijo el propio Cristiano en su momento: «Mi futbolista favorito soy yo. Soy el primero, el segundo y el tercer mejor jugador del mundo».

Quizás sea ese egocentrismo el que le ha llevado a acumular cinco Balones de Oro, pero siempre ha sido un problema añadido a su fútbol. Ya en el 2009, Jorge Valdano (entonces director general del Real Madrid) pronunciaba un revelador «sabremos cómo llevar a Cristiano Ronaldo».

Supieron, pero a medias. El vaso acabó colmándose y el luso ya es historia. Durante estos nueve años, se encaró a la grada del Bernabéu («así, no», espetó cuando le criticaron) y a la rival («me silban porque soy guapo, rico y buen jugador; quizás me odian porque soy muy bueno»). También se enfadó con el Real Madrid varias veces. Ya en el 2012 soltó una premonición: «Me siento muy bien aquí, pero dentro de un año o dos no se sabe. La cabeza de un futbolista siempre es complicada». Un clásico por reiteración fue el «estoy triste por un tema profesional y en el club lo saben. Por eso no celebro los goles, porque no estoy feliz. La gente aquí sabe por qué. Estoy triste, no me siento querido». «Si fuese el que manda, no lo haría así», espetaba.

Ese es también el futbolista que ha fichado Agnelli, el que resucitó a la Juve tras el Calciopoli. Desde entonces, duplicó los ingresos. La fórmula: control familiar y recorte de gastos. Hasta ayer.

«Demasiada humildad es un defecto». Palabra de Cristiano.

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Lois Balado

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Llegó como una súper estrella y se marcha como una leyenda. Es un divorcio en el que todos pierden y en el que a la vez todos ganan, puede que lo más parecido a un trato justo. El Real Madrid pierde al máximo goleador de su larga historia, el hombre que le llevó a conquistar el viejo continente cuatro veces en nueve años. Lisboa, Milán, Cardiff y Kiev. Cuatro «orejonas» y otros tantos Balones de Oro vestido de blanco. Se lo lleva la Juve que paga una buena cantidad de millones por un jugador que predeciblemente comenzará a notar un bajón en su rendimiento. Cumplirá 34 años pero los agoreros llevan ya tiempo profetizando una decadencia de la que todavía no hay síntomas. Quizás el mejor parado sea el propio Cristiano que se marcha a un equipo en el que podrá seguir saciando su hambre de títulos -al menos en la competición doméstica donde la hegemonía de la Vecchia Signora es indiscutible- y también su hambre de euros. Levantar la Copa de Europa será el gran reto. La línea que separará la épica de la frustración.

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