El milagro de Tiger Woods

Hace poco sentía dolor hasta al caminar, y hoy recobra vigencia su reto de igualar los 18 grandes de Nicklaus


Con el rostro hinchado y los ojos entreabiertos, la imagen de Tiger Woods recién detenido por conducir bajo los efectos de los medicamentos en mayo del año pasado ilustra el momento en el que tocó fondo uno de los más grandes deportistas del siglo. Entonces era un genio hundido, que se atiborraba con calmantes para paliar el dolor que su camino hasta la cumbre del golf se había cobrado en forma de lesiones. Tres semanas después reconocía que recibía ayuda profesional en un hospital para controlar el uso de medicamentos. Era entonces un jugador retirado, al menos provisionalmente, y sin fecha de regreso. Durante las temporadas 2016 y 2017 solo jugó un par de torneos, pruebas fallidas para comprobar el estado de su cuerpo, un engranaje casi perfecto que chirriaba por las articulaciones más sensibles para un golfista, la rodilla izquierda y la columna, con ocho operaciones en total. Hubo momentos en que apenas podía andar, retorcido por el dolor. En diciembre pasado, cuando regresó, ya era otro, hasta que el domingo una muchedumbre acompañó su camino hacia el green del hoyo 18 con la excitación con que se viven los momentos históricos. Su triunfo en el Tour Championship rompía cinco años sin victorias. «Lo pasé mal conteniendo las lágrimas en el último hoyo. No dejaba de decirme ‘‘eh, que aún puedes tirarla fuera’’. Pero una vez dejé la bola en el green, choqué la mano de Joey (LaCava, su cadi,) porque sabía que lo había conseguido».

Determinación, confianza y cambios técnicos

Manuel Piñero

Ya ha ganado Tiger, como se veía venir. Consuma una de las recuperaciones más asombrosas del deporte mundial, al pasar de unos años casi inéditos a la lucha por todos los títulos. Hay tres motivos que lo explican: su determinación para conseguir lo que se propone, su confianza en que logrará su objetivo y la adaptación técnica de su juego para evitar el dolor de un cuerpo tan castigado en articulaciones clave.

En primer lugar, Tiger no ha dado con la tecla del retoque de su swing de forma instantánea. Ha tenido que ir probando y ajustando detalles para que su cuerpo no sufriese y su juego fuese competitivo como el que más. El resultado me encanta, un movimiento armónico y compacto, con un gesto muy consistente. Tanto, que con el driver ha mejorado, al conseguir una fiabilidad de la que adoleció durante años. Su cuerpo le ha mermado, pero también tiene un físico privilegiado que le permite salir adelante. De forma parecida le pasó a Seve, que de tanto forzar la espalda, tuvo muchos problemas. Ahora la columna de Tiger trabaja mucho más recta, no la curva tanto, y podrá jugar durante más años que con el swing anterior.

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Era su título número 80 en el PGA Tour, a solo dos de un registro de otra época, los 82 que fijo como récord Sam Snead en 1965, cuando consiguió su última victoria con 53 años. Woods llevaba un 2018 muy solvente. Compitió durante 18 semanas, un dato que también revela su bienestar físico, olvidadas las lesiones y el dolor, y solo falló dos cortes. Si no ganó unos meses antes solo fue por pequeños detalles porque el juego ya lo había recuperado.

Ahora con 42 años, Tiger tiene tiempo suficiente para soñar con volver a ganar también grand slams. ¿Cuántos? Esa es la pregunta que se hace ahora todo el mundo del golf. Tiene 14, una cuenta detenida en el US Open del 2008, y desde que era niño sueña con alcanzar los 18 de Jack Nicklaus, la hazaña por la que se mide la carrera de los mejores golfistas.

Pero lo más inmediato para Tiger es la Ryder Cup de París. Su milagrosa resurrección ilumina el duelo entre Estados Unidos y Europa, que empieza el viernes. Un enfrentamiento bienal que Woods no disputa desde el 2012, y en el que históricamente se le achacó no estar a la altura de su potencial. Sí en los individuales, pero no en los enfrentamientos por parejas, con un récord de solo 9 victorias, 16 derrotas y un empate.

Aunque Woods parece hoy otro. También a la hora de compartir sus emociones. Lloró conmovido en la ceremonia de entrega de trofeos y compartió luego sus momentos más duros. «Lo peor fue no saber si iba a poder vivir sin dolor. Me preguntaba si un día podría sentarme, levantarme o estirarme sin sentir dolor. No quería vivir así. Jugar al golf me parecía imposible, no podía sentarme ni andar ni estirarme sin tener dolor en la espalda y mi pierna durante un largo período de tiempo», explicó después de la victoria en Atlanta. Torneo tras torneo, durante 48 veces, al todopoderoso Woods le faltó la victoria. Nunca quiso tirar la toalla. El futuro vuelve a ser ahora también suyo.

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