Bruno Hortelano: «Ahora me siento más en paz»

Marcado por su accidente del 2016, y tras un regreso feliz, relata cómo mes y medio en el Camino le ha transformado

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Bruno Hortelano: «Ahora me siento más en paz» Marcado por su accidente del 2016, y tras un regreso feliz, relata cómo mes y medio en el Camino le ha transformado

Bruno Hortelano (Wollongong, Australia, 1991) quería encontrar algo y repasar su sufrimiento reciente. Y eligió el Camino de Santiago. Las lecturas de Ernest Hemingway le animaban a empezar en Bayona, aunque al final arrancó en San Juan de Luz una odisea de 45 días a pie hasta Compostela, con nieve en los Picos de Europa, la tentación de abandonar, el descubrimiento de una «nueva familia» de entornos opuestos al del velocista que puede cambiar la historia del atletismo español. Un viaje interior por los itinerarios del Norte, Primitivo y Francés, y que prolonga ahora, desde el Obradoiro ya en compañía de su madre, hasta Fisterra. Todavía ve lejos el Mundial del próximo otoño en Doha, su única certeza del 2019. Como se celebra tan tarde, Hortelano aprovechó el final del 2018, el año de su regreso triunfal tras el accidente de coche que en el 2016 destrozó su mano derecha y puso en peligro su carrera, para descubrirse a sí mismo hacia las torres de la catedral.

-¿Qué tal le ha ido?

-Yo llegaba con una esperanza, una expectativa, caminar por bosques, montañas y playas, todo lo que tiene el Camino del Norte, caminando hacia el Oeste, por donde se pone el sol. Conocer paisajes maravillosos solo fue un detalle de todos los días que compartí con personas desconocidas. Fue un poco al revés. He conocido otra familia en el Camino, y cualquiera que lo haya hecho sabrá de lo que hablo. Aunque el Camino de cada uno es distinto.

-Se emocionó en el Obradoiro, sin ser religioso.

-Sí, mi cultura es católica y he entrado a las iglesias y he sentido una unión con mis antepasados. Ahora no soy practicante, aunque sí espiritual. La gente viene con el corazón abierto, con algo dentro que quiere procesar.

-¿Usted qué tenía dentro?

-Una temporada muy dura, de mucha presión, que me puse yo. Al final todo salió bien, algo que veía claro desde el principio. Pero emocionalmente fue agotadora. El único año en que acabé carreras y me puse a llorar en la pista. Sentí felicidad, tristeza y sufrimiento después de dos años difíciles para superar un momento complicado de mi vida. Pero ahora al acabar el Camino veo que tenía más que ver con el aspecto personal de mi vida, mi relación con mi familia, con mis amigos, con cómo me veo yo. Hasta ahora no había pasado tiempo solo para pensar quién soy. Después del accidente se me revolvió todo, mi identidad cambió y sentí la urgencia de viajar, de caminar. Aquí conoces a gente que no conocerías en la vida normal, te ríes, lloras, te abres, cuentas intimidades, compartes tristezas, dolor... Entenderse como humanos es muy importante, mirar a los ojos a otra persona.

-¿Y qué le ha hecho el Camino?

-El tiempo dirá qué ha cambiado en mí. Ahora me siento más en paz, con más confianza, y espero haber madurado un poquito.

-Decía que encontró en el Camino otra familia.

-Sí. Llegaba con prejuicios. Si la gente quería ir sola, ¿cómo podía juntarse a un grupo? No quería eso. Hice 10 días con mi amigo Mike hasta Bilbao, y muy bien. Cuando él se fue, conocí a muchísima gente de golpe y fue un viaje mucho más introspectivo.

-Le preguntaba por la familia.

-Encontré personas muy especiales. Todos éramos distintos pero espirituales, y de diferentes partes del mundo: un suizo, dos hermanas mexicanas, una coreana que no hablaba ni castellano ni inglés, una canaria, una holandesa, que me dio la concha, y yo. En la vida normal esa gente es imposible que se conozca, pero todos compartíamos algo, todos habíamos sufrido. Contándolo, creas un vínculo, más que riéndote de cañas. En pocos días, fue tan intenso que nos juntamos y ya no quería irme, sino quedarme con esa gente que me aportaba más que el propio Camino, que era lo que había ido a buscar.

-Imagino que repetirá.

-Quiero hacer más caminos, sí. En el Francés hay mucha más gente. Por eso fui al del Norte, para caminar solo. Había días en que no veía a nadie y nos quedábamos en albergues mi amiga y yo solos. Hasta que en Melide me entró agobio. En Casa Ezequiel, comiendo pulpo, veías pasar a todos los peregrinos y es otra cosa. Yo soy introvertido y recobro fuerza si estoy solo.

-Le va a contar todo a su madre ahora camino de Fisterra.

-Sí. Cuando estás llegando a Santiago dices ‘‘lo que le voy a contar a mi familia’’, o piensas ‘‘creo que no voy a contárselo a nadie’’. Estas palabras no tienen peso, sino hacerlo, caminar.

-En el Camino habrá disfrutado de que pocos le conociesen.

-Sí. Hay de todo. Si me preguntaban qué hago, yo les contaba que soy atleta y demás. En ese instante, me decían ‘‘¿tú no serás...?’’ Me pasó en Markina, cuando le conté al señor del albergue que hacía velocidad, me preguntó ‘‘¿y qué te parece Hortelano?’’ (ríe). ‘‘¡Si soy yo!». Se quedó inmóvil, con la piel de gallina, y nos hicimos fotos y demás. Ha habido gente que me ha abierto sus casas o me ha invitado a merendar. Fantástico.

-Caminaría con música.

-Tengo una playlist en Spotify que he ido rellenando de canciones representativas de lo que vivía. Y a cada persona que conocía bien, le dejaba meter una canción. Dentro de unos años la música, tan atada a las emociones y los recuerdos, me llevará a ellos.

-Elija uno de esos temas.

-Miremos la playlist. Son 61 ya. La primera es King of the road, de Dean Martin. Habla de no tener cosas materiales, pero ser el rey de la carretera (ríe). Tengo una en euskera, Mariñelaren zai.

-¿Tiene alguna gallega?

-No, dámela tú.

-Negra sombra, de Luz.

-Perfecto. También tengo Stayin alive (ríe), de los Bee Gees, mucho Bob Dylan, The Dubliners...

-¿Qué lecturas llevaba?

-¡No hay tiempo para leer! Traje la guía, que apenas usé, y dos libros, Winesburg Ohio [novela de Sherwood Anderson] y Zen and the art of motorcycle maintenance [de Robert M. Pirsig]. Ese lo dejé en Oviedo porque ya veía que no la iba a leer (ríe). No volvería a llevar ningún libro al Camino, la música sí, porque aumenta la experiencia emocional de cada lugar.

«En el Monte do Gozo fue el momento más emotivo, al ver las torres de la catedral mientras se ponía el sol»

Hortelano llegó a Santiago con una pequeña concha al cuello. «No es la de la vieira típica. No quise llevarla al empezar, sino que dejé que el Camino me la diese. Conocí a una persona que me dio la concha, como si me la diese el Camino, en un momento muy especial en Cantabria. Me desvié en el faro del Caballo, en Santoña, que parece una isla. Hay que bajar un montón de escalones de piedra y fue gracias a ese momento en el que me desvié de las flechas, un momento en el que tienes que pensar por ti mismo».

-Su primera idea era conocer bien Bilbao, el origen de su padre, y hasta ese día le acompañó Mike, su masajista americano.

-Paré cuatro días allí porque mi padre creció en un pueblo de Durango, y vimos los amigos de su infancia, la casa donde creció... También visité el Guggenheim un día de lluvia. Y además paré un día de más en San Sebastián, Castro Urdiales, Laredo, Llanes -ahí ya había formado un grupo, desde el albergue de Güemes, que lleva el padre Ernesto-, nos desviamos del camino, de las flechas, algo que viene muy bien... Hicimos la ruta del Cares. Y llovió, tanto que lo pasé fatal antes de llegar a Oviedo, adonde había salido a primera hora con la linterna puesta, durante tres horas en la oscuridad, mientras diluviaba por caminos de tierra convertidos en un río y sin la ropa adecuada. Hubo momentos duros física y mentalmente. En Oviedo paré cuatro días en casa de mi tío y fue mi salvación, después de un mes andando 500 kilómetros. En el Camino Primitivo había empezado a nevar, los amigos que había dejado ya me enviaban fotos de todo nevado, y me dio miedo. Pero dormí cuatro días seguidos y al levantarme me sentí mucho mejor para seguir por el Primitivo. El último día de descanso lo hicimos en Lugo. Y ya en el Monte do Gozo me encontré con mis amigos, que habían cambiado de ruta. Allí arriba fue el momento más emotivo al ver las torres de la catedral mientras se ponía el sol. Nos emocionamos. Antes de entrar a la plaza de la catedral comentaba con un amigo que alguna gente llora al entrar, y no lo entendía. Pero entramos y nos saltaron las lágrimas de emoción y felicidad.

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