El imparable avance del fútbol femenino

DEPORTES

Javier Etxezarreta | EFE

En 15 años se multiplicaron por 6 las licencias, los estadios registran entradas de hasta 60.000 espectadores y las audiencias de televisión se disparan

29 may 2019 . Actualizado a las 08:15 h.

Cuando Vero Boquete se marchó de España en el año 2011, lo hizo porque en la liga de Primera División no podía ser profesional. Ni siquiera reglamentariamente, porque el CSD se regía por un Real Decreto de Federaciones Deportivas de 1991, que indica que «no podrá existir más que una liga profesional por cada modalidad deportiva y sexo en el ámbito estatal». Contados clubes apostaban por el fútbol femenino y la mayoría de jugadoras ni cobraban, obligando a muchas a tener que retirarse prematuramente para ganarse la vida con otro trabajo. Los partidos de élite se jugaban en ciudades deportivas, como si de un equipo infantil o cadete masculino se tratara,

Eran tiempos difíciles. La Federación Española que presidía Ángel María Villar maltrataba la entonces llamada Superliga femenina, aplicando unilateralmente normas absurdas como la de invitar a clubes masculinos a participar en la máxima categoría, sin el mayor requisito que serlo. Fue en aquella campaña 10-11, la última de Boquete en el Espanyol, cuando se jugó una competición de 23 equipos divididos en 2 grupos. A aquella invitación respondieran 8 clubes (Sevilla y Real Valladolid, UD Las Palmas, Real Murcia, Gimnàstic de Tarragona, Eibar, Real Jaén y Cacereño), la mayoría sin estructura y sin tener claro donde se metían. La prueba fue que alguno ni comenzó la temporada y tan solo el Sevilla ha tenido cierta continuidad en el tiempo.

El fútbol femenino vivió a golpe de ocurrencias, con el sacrificio de algunos pocos, pero sin medios para desarrollar un deporte que «solo seguíamos e impulsábamos cuatro frikis», como reconoce Rubén Alcaine, alma máter del Zaragoza y presidente de la Asociación de Clubes de Fútbol Femenino.