Murió por una bicicleta


A Coruña

Por una bicicleta. Cuando nos dijeron que saldríamos de esta siendo mejores personas, no sé cómo no nos echamos a reír.

Conocerán ya la leyenda de Tomás Felipe Carlovich, alias el Trinche. Leyenda, porque su legado es puro folklore rosarino. Dicen que una vez lo expulsaron y que el árbitro tuvo que readmitirlo en el partido por aclamación popular. Dicen que la selección argentina que iba a ir al Mundial del 74 pidió a su entrenador que lo sacase del campo porque estaba humillando al combinado nacional. Dicen, dicen, dicen. Sus gestas llevan viajando de boca en boca desde hará 40 años. Un puñado de crónicas locales en circulación funcionan más como reliquias que como pruebas documentales. Maradona ha dicho que era mejor que él, pero los vídeos que hay del Trinche jugando al fútbol son siempre los mismos dos o tres. Y fiarse de Maradona supone un ejercicio de fe titánico.

En Rosario, en Argentina, dos chavales le pegaron al Trinche para robarle su bicicleta. Según lo que dicen de su fútbol, uno podría imaginarlo conduciendo un Ferrari, pero por lo que se lee y por lo que se intuye su idea de felicidad -o la que logró reunir dada su personalidad- giraba más en torno a un asado de barrio que sobre ensoñaciones de una tapicería de cuero y un recibo exagerado a fin de mes por el seguro del coche. Ser feliz e ir tirando. Normal que sea un ídolo del pueblo.

Por culpa de un golpe en la cabeza, el Trinche entró en coma y estuvo conectado a un respirador, que además de ser una de las palabras más pronunciadas últimamente ya servía antes para lo mismo que sirve ahora. Tenía 78 años y su familia pidió rezar por él pese a que después de casi dos mil años de estudio clínico todavía no se haya probado la eficacia del tratamiento. No funcionó. El Trinche se murió. Puestos a rezar, parece mejor rezar por los sanos.

En la cancha de Central Córdoba, el equipo en el que se hizo leyenda y que juega en la cuarta división, sus legiones de seguidores se amontonaron en las gradas de cemento, frente a su ataúd, para cantarle por última vez. Apelotonados, pese a la pandemia. Uno de sus porteadores se quitó la mascarilla para cantar con la gente. Argentina y el Trinche.

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