Maribel Martínez de Murguía, una de las «chicas de oro» de Barcelona 92: «El oro olímpico nos desbordó, hubo una intoxicación del laurel»
DEPORTES
Ahora se dedica a entrenar el talento y da conferencias sobre liderazgo. «Jugar para ganar es la mentalidad que tuvimos en Barcelona», dice Maribel Martínez, que acaba de publicar «Los 4 juegos. Elige el tuyo»
09 jun 2026 . Actualizado a las 08:41 h.Ella soñaba con ser médica, y como le dice su hija de 12 años: «Mami, tú no fuiste médica de enfermos, eres médica de almas», porque Maribel Martínez de Murguía (Madrid, 1967), una de las chicas de oro que se hizo con la medalla en Barcelona 92 con el equipo nacional de hockey sobre hierba, ahora trabaja en la salud emocional. «No hay mal que por bien no venga. Estudiar Medicina suponía una dedicación muy importante, y no me habría permitido prepararme para esos juegos», apunta Maribel, que optó por estudiar Pedagogía, una carrera más liviana.
Maribel llegó a lo más alto del hockey con ese metal conseguido hace ya más de tres décadas, y es consciente de que sin el empujón de su hermana, que la animó a probar este deporte en el colegio, no se habría visto nunca en lo alto de un podio olímpico. Le costó, era una niña «tímida e introvertida», pero la insistencia de su hermana se impuso a su pereza. No había ninguna niña que quisiera ser portera, y le tocó. «No supe decir que no, y gracias a eso, que me parecía un marrón en ese momento, porque nadie quería estar cargando con la bolsa de las protecciones, que olía mal, pesaba y todo eso... Con el tiempo fue una auténtica oportunidad».
Con 17 años entró a formar parte del equipo nacional, y pudo compaginar la universidad con el hockey gracias a que era muy buena estudiante, aunque fácil no se lo pusieron. «Había un profesor de 1.º que no entendía que por jugar faltara a clase. Sacaba los exámenes muy bien, pero me empezó a bajar la nota, y yo no lo entendía. Hablé con el jefe de estudios, y se lo conté. Me dijo: “Tienes que decirle que has dejado de jugar, porque es un poco antideporte”. Tuve que mentirle para poder continuar con lo que para mí era un sueño. Me acuerdo de que tenía que esconder la bolsa de deporte, los sticks, y todo para que no la viera en el aula... Me empezó a subir la nota».
Un año después de empezar la universidad, en 1986, a Barcelona le otorgaron los juegos olímpicos, y la perspectiva del equipo cambió radicalmente. Dice que fue el gallego José Manuel Brasas, el entrenador de entonces, quien les cambió la visión de aquella oportunidad. «Nos dio tres opciones: participar en los juegos y hacer poca cosa (éramos 15.º en el ránking mundial, muy lejos de la élite); buscar un quinto o sexto puesto, es decir, conseguir un diploma olímpico que suponía subir diez o quince puestos, que era muchísimo y había que implicarse muchísimo más, empezar a tomar decisiones distintas... O jugar por una medalla, que cambiaba totalmente nuestra perspectiva. Para empezar teníamos que asumir que iba a haber un plan inhumano, que fue así como él lo definió, que era crear en nosotras una transformación en toda regla para convertirnos en deportistas de alto rendimiento con todo lo que suponía. Y con una exigencia muchísimo mayor, porque a pesar de todo, nadie nos garantizaba que fuéramos a subirnos a un podio olímpico». La decisión, que no unánime, sino mayoritaria, fue ir a por la medalla. A partir de ahí, empezaron a apostar y a visualizar aquella aventura, que no iba a ser sencilla, sin perder de vista que era una oportunidad para disfrutar. «Y esto creo que lo hizo muy bien aquel equipo».
A POR LA MEDALLA
Fueron seis años al máximo nivel, con una implicación enorme, que relata en su libro Historia de un compromiso, donde hubo mucha renuncia, (sobre todo a esa edad, 18 años), que a ella, en concreto, no le supo como tal, porque estaba donde quería estar. Fue muy consciente de que eran unas privilegiadas, de que estaban viviendo una experiencia envidiable para muchísima gente. En el 90 terminó la carrera, y los dos últimos años previos a los juegos se centró exclusivamente en prepararse. Es más, siete meses antes de la competición todo el equipo se fue a vivir a Terrassa, al hotel Don Cándido, para vivir en cuerpo y alma la fase final de preparación. «Muchas renuncias, pero a mí que me quiten lo bailao», apunta.
Se subieron al primer cajón del podio y les colgaron la medalla. Fueron apodadas como «las chicas de oro», título que las llevó a lo más alto, pero que a la vez supuso un punto de inflexión. «No supimos abordar esa segunda etapa. Creo que nos desbordó el oro olímpico. Pasamos del anonimato a la visibilidad, con todo lo que suponía. Fuimos una de las 13 medallas de oro en Barcelona 92, «el primer equipo campeón olímpico en la historia del olimpismo español». Éramos desconocidas, y de repente el foco estaba sobre nosotras. Y nos deslumbró. Hubo una intoxicación del laurel. Nuestro entrenador también se desenfocó, se centró en una exigencia mayor, perdiendo de vista la parte emocional de las jugadoras».
En 1994 quedaron octavas en la copa del mundo, «un resultado muy mediocre», pero un año después consiguieron el subcampeonato de Europa. «Estos últimos años los resultados fueron desastrosos, mi rendimiento también», confiesa Maribel, que se quedó fuera de los juegos de Atlanta 96 un mes antes. «No he tenido una pérdida importante en mi vida, y esto ha sido una de las cosas más fuertes que me han tocado vivir, que me echaran de la selección, de mi casa, por la puerta de atrás». Aceptó una oferta de un equipo holandés, donde estuvo hasta que la nueva seleccionadora le permitió regresar al equipo nacional para participar en un torneo y despedirse como se merecía, antes de retirarse con 30 años.
EL INICIO DE OTRA ETAPA
Ese vacío tan grande que surgió cuando dejó el hockey lo ocupó como entrenadora de porteros, una figura muy incipiente en aquel momento. Y en paralelo, su hermana la introdujo en la empresa de Valdano, Zubizarreta, Corbalán y Turría, donde empezó a dar conferencias en empresas sobre el liderazgo de equipos. Se formó, impartió talleres (su carrera de Pedagogía le facilitó mucho esta parte), se certificó como coach y se centró en ayudar a equipos y profesionales a evolucionar con su talento. Un bagaje y experiencia que la llevaron en el 2013 a montar su propia empresa, Entrenadores con talento, con la misma perspectiva. Porque aunque no siempre seamos conscientes, asegura, todos estamos jugando constantemente. Y en Los 4 juegos. Elige el tuyo. Te va la vida en ello, el libro que acaba de publicar, nos invita a comprender que, aunque nacemos condicionados por nuestra historia personal, podemos decidir cómo jugar la partida. «La mentalidad de jugar para no perder está basada en el miedo, vas con el freno de mano echado. No estás sacando tu potencial. En la época de Atlanta 96 yo funcionaba así, y entrenaba muchísimas horas, pero nunca estaba al 100 %, porque el miedo bloquea, nos lleva al autoengaño, a la exigencia malentendida. Desde ahí nunca puedes llegar a tu mejor versión. La gran diferencia entre jugar para no perder y jugar para ganar es la mentalidad que teníamos nosotras en Barcelona 92, porque cuando juegas para ganar hay entusiasmo, valentía, aceptación, confianza...», apunta Maribel, que habla desde la experiencia porque durante 45 años se calló que era lesbiana «por miedo». «Jugaba para no perder en esa faceta de mi vida», apunta.
Explica que lo hizo porque no veía salida. Venía de una familia de Madrid muy conservadora, un entorno muy clásico, «muy católico, de derechas», donde era muy complicado decir que eras homosexual. Durante seis años trabajó en terapia consigo misma. Necesitaba poder aceptarse, para no sentir rechazo por quién era, para después poder sentar a sus padres y confesar lo que llevaba ocultando 45 años, y que no le quedó más remedio que afrontar cuando su pareja estaba embarazada de cinco meses. «Cuando termino diciéndoselo a mis padres, estoy muy empoderada. Tengo el poder personal suficiente para mantener esa conversación, que para mí era el final de mi camino, muy difícil. Se lo había dicho a mis amigos, a mis hermanos, a algunos clientes... Los últimos eran mis padres. Pero se lo tengo que decir porque quería tener una familia como cualquier hijo de vecino», señala.
«Claro que me hacía sufrir, pero no me sentía preparada para poder hacerlo —añade—. Tenía miedo al rechazo, a que me dieran de lado, a que me señalaran con el dedo. Tenía muchos miedos. Y hasta que no gané ese poder personal y trascendí ese miedo no fue posible. Cuando lo hice, me sentí liberada, conectada con mi verdad, orgullosa de mí misma, y muy agradecida a mis padres. Mi padre, un hombre hecho a sí mismo, duro en muchas cosas, se levantó del sofá y me dio un abrazo que todavía hoy me resuena. Mi madre, en cambio, se bloqueó más», dice quien está volcada en impulsar el movimiento Sílovers, un banco de historias ganadoras de personas anónimas. «No tiene por qué ser solamente la superación de algo malísimo, a veces es una circunstancia de la que tú te sientes orgulloso por lo que has hecho, por ejemplo, una conversación con tu jefe».