Desde la guerra de la Independencia hasta la introducción de los nuevos gustos estéticos a finales del XIX; desde las guerras carlistas hasta la Desamortización, el turbulento Diecinueve español fue un siglo infausto por lo que respecta a la dispersión del patrimonio artístico nacional. Rapiñas y saqueos, adquisiciones ventajosas por parte de marchantes extranjeros con no demasiados escrúpulos o las prisas de los coleccionistas por sustituir lo que consideraban como un arte obsoleto precipitaron en muchos casos la salida de España de valiosas piezas; muy especialmente, las de arte sacro caídas en desgracia en el gusto del momento o vendidas en iglesias y conventos acuciadas por los efectos de la desamortización. Un torbellino disgregador al que hay que sumar un último movimiento ya en el siglo XX, con la guerra civil. Habría que esperar precisamente al periodo posterior, la larga posguerra, para que una nueva estirpe de coleccionistas emprendiera la lenta recuperación de lo perdido, animados tanto por criterios artísticos como también por un cierto prurito patriótico. Masaveu, Abelló o Arango son apellidos vinculados a esa «operación retorno» de esas joyas regresadas del exilio. Algunas de ellas han encontrado su destino definitivo en el Museo de Bellas Artes de Asturias gracias a la iniciativa y la generosidad del último de esos grandes coleccionistas: el asturmexicano Plácido Arango.

No es la primera vez que serán exhibidas en el lugar donde finalizará su andadura. Aunque las encontrarán muy cambiadas en su regreso a Oviedo, las estancias palacio de Velarde ya hospedaron a varias de estas maravillas junto a valiosos cuadros pertenecientes a los fondos de los otros dos coleccionistas citados. Fue entre mayo y junio de 1995 en la exposición Pinturas recuperadas, que se exhibió en la pinacoteca asturiana comisariada por el especialista en pintura barroca y recordado director del Prado Alfonso Pérez Sánchez. Fue él también uno de los principales alentadores y asesores de Plácido Arango a la hora de orientar sus adquisiciones hacia la recuperación de este tesoro expatriado en operaciones que se concentraron especialmente en la década de los ochenta del pasado siglo. 

En una pausa de las intensas tareas de montaje que concluirán el próximo día 25 con la inauguración de la muestra que expondrá todo el legado, el investigador y especialista en coleccionismo Juan Carlos Aparicio comenta que esas transacciones se dirigieron tanto hacia coleccionistas particulares como a subastas, no pocas de ellas en la londinense Christie's, donde volvieron a ponerse en el punto de mira obras a menudo con muchos kilómetros, muchos dueños y muchos azares a a sus espaldas.

La tenacidad de los investigadores, la pericia de las negociaciones o una puja decidida concluyeron, así, con la adquisición para la colección Arango de maravillas que ahora no solo han regresado a España, sino que han pasado además a ser patrimonio asturiano a través de la donación al Museo de Bellas Artes. Son las tres tablas de Juan de la Abadía el Viejo pintadas hacia 1490; el San Agustín de Juan de Juanes (1579), la Princesa Isabel de Borbón, futura Reina de España atribuida a Bartolomé González (hacia 1615-16); la Visión Mística de San Bernardo, de Jerónimo Jacinto de Espinosa (entre 1650-60); el Banquete de Ester de Francisco Gutiérrez Cabello (hacia 1666), y la Danza de Salomé ante Herodes de Juan de Valdés Leal (hacia 1673-1675), uno de cuyos fragmentos será la imagen de la esperada exposición que abre sus puertas el jueves.

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Los tesoros que Plácido Arango rescató del exilio

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