La fuga de cerebros asturiana recorre el mundo: «Estamos muy preparados pero no tenemos dónde trabajar»

Fabricio Pérez es un ingeniero industrial que ante el paro de las obras españolas tuvo que viajar a otros países

Fabricio Pérez en la playa de Palanga, Lituania
Fabricio Pérez en la playa de Palanga, Lituania

Redacción

Fabricio Pérez Pérez es un asturiano, nacido en Vigo de Puerto de Vega que estudió Ingeniería Técnica Industrial en Gijón. Tras muchos años trabajando por diversos lugares de España como jefe de obras, debido a la crisis sufrida y a la falta de inversión del país, se vio obligado a desplazarse a otros destinos fuera de la península. En ellos descubrió culturas tan dispares como la peruana o la lituana, así como sus diferentes modos de vida y de trabajo. Pero por mucho que pase el tiempo y continúe viajando, no pierde de vista su deseo: regresar a casa, a la estabilidad de su hogar y su familia, residentes en Gijón y poder disfrutar de su tierra, que espera un cambio muy necesario para todos los que han tenido que irse.

Pérez llevaba toda una vida dedicada a la construcción, una profesión que siempre le requirió movilidad por la necesidad de estar presente en la obra. Ya había estado en Murcia, Bilbao y Gijón, lo que no se esperaba era la aventura que comenzaría el 27 de septiembre de 2014, cuando tuvo que trasladarse a Lituania. «La crisis económica del país y la falta de inversiones en España hizo que la mayor parte de los contratos fueran en el exterior, por eso tuve que trasladarme a la ciudad de Klaipeda, en Lituania», cuenta.

Una obra estratégica

Allí residió durante cinco meses en los que tuvieron que construir una regasificadora flotantante para dar suministro de gas al país. Tal y como describe, la llegada fue «una sorpresa agradable», gracias al ambiente cultural y juvenil que se respira en las calles, donde los lituanos pasan mucho tiempo, a pesar del frío, que en los meses invernales llega a 15 grados bajo cero. «Son un pueblo muy culto, tienen muy presente la importancia de la música que inculcan a sus hijos. Allí todo el mundo sabe tocar un instrumento y ven con malos ojos a los padres que no apuntan a los niños al conservatorio», afirma. Su mentalidad a la hora de trabajar también es muy distinta: «Son más metódicos a la hora de encarar el trabajo. Si bien es verdad que a nivel estratégico la obra tenía mucha importancia debido a que les permitía independizarse de Rusia en cuanto al suministros de gas se refiere», explica Fabri y añade que al barco en el que trabajaban le pusieron de nombre Independencia, debido al valor de la construcción.

Rotterdam, el mayor puerto de Europa

El trabajo volvió a llevar a Pérez a un nuevo destino en marzo de 2015. Esta vez desembarcó en Holanda, más concretamente en la ciudad de Rotterdam donde residió hasta julio de 2016 construyendo un cargadero de barcos de gas licuado. Un país en el que encontró grandes diferencias desde el principio por su nivel de vida elevado, y sus políticas sociales y de inversión. «El comienzo fue algo duro, sobretodo por la dificultad de encontrar piso debido a que la mayoría son de tamaño pequeño y sus precios son elevados», cuenta el asturiano, que una vez aclimatado se encontró muy a gusto. La proximidad con España y las visitas con asiduidad de su familia también fueron un factor importante en su adaptación: «Una vez me visitaron cuando se celebraba la Fiesta de la Independencia, en la que festejan el inicio de la revuelta contra los españoles en 1572. Fue muy divertido vivirlo, porque incluso tiran a un holandés vestido de español al río».

Tal y como explica, los holandeses son un pueblo muy conservacionista de sus tradiciones y arquitectura y a pesar de ser algo cerrados, son muy respetuosos y tolerantes con los demás. También tienen muy presentes las políticas sociales, ya que, carecen de paro, abandono animal e incluso de presos, no teniendo cárceles. «Cuando estás en Europa la austeridad no se ve, es increíble como cuidan su entorno. Incluso cada fin de semana cortan un tramo de la autopista para arreglarlo, para que los lunes los ciudadanos puedan ir a sus trabajos seguros. Me sorprendió muchísimo toda su inversión», cuenta Fabri, que afirma que hay más industria en el puerto de Rotterdam que en toda España.

 El viaje a Perú: bienvenido a la selva

Tras poder disfrutar de un año tranquilo junto a su familia en Gijón, una nueva construcción llevaría al asturiano a cruzar el atlántico hacia el que fue uno de sus viajes más distintos: la selva peruana. Allí vivió desde junio de 2017 hasta marzo de 2018, a caballo entre un campamento aislado en el que él y los demás trabajadores disponían de los servicios esenciales y residían durante 21 días al mes, y Lima, donde tenía la oficina, la cual visitaba para hacer los informes durante siete días. En la selva, construían una estación de compresión de gas para Repsol mientras lidiaban con la humedad y el calor propios del clima tropical, así como de los múltiples bichos que poblaban el lugar. «Los peruanos me parecieron muy amables, religiosos y patrióticos. Todos los domingos en el campamento comíamos ceviche y luego izaban su bandera y cantaban el himno del país. Me pareció curioso como a pesar de que nuestro lenguaje sea el mismo, las mentalidades y las formas de expresarse sean tan diferentes», describe Pérez y añade que Perú es un país muy rico potencialmente, pero con una gran desigualdad. 

Nueve meses que fueron muy duros para él, debido a la lejanía de su tierra y su familia, que cuenta añorar a pesar de tener un bar asturiano en Lima, que visitaba para escanciar sidra y ver el Sporting. Incluso vivió un terremoto de intensidad 6,7 cuando se encontraba en un hotel de la ciudad: «Estaba en la planta 11 y me asusté porque no sabía lo que ocurría. Luego los peruanos nos contaron que en los núcleos urbanos están muy preparados para los terremotos, incluso tienen lo que llaman una mochila de vida obligatoria, que es, tal cual una mochila con lo indispensable en caso de que ocurra algo así». 

Omán, ¿último destino?

 Actualmente Fabri se encuentra e Omán, lugar al que ha tenido que acudir un par de veces por la construcción de una planta desaladora de agua, «aunque espero que sea solo una pequeña visita», puntualiza. Un país en el que el choque cultural es perceptible desde el primer momento: «La corriente islámica de Omán es más tolerante y liberal que la de otros países del mismo entorno. Es un país tranquilo y amable pero sus tradiciones son muy distintas». A pesar de que el calor es tolerable gracias a la época del año, el asturiano espera regresar pronto junto a su familia. «En mis planes nunca estuvo el estar fuera, siempre quise mi hogar y mi estabilidad. Espera que en el futuro vaya mejorando la situación económica y política y que veamos un cambio real. Que los que mandan miren para la gente y dejen de mirar su ombligo», denuncia, al ver una Asturias muy parada en cada una de sus regresos a Gijón: «Necesitamos inversión y es un pena viendo las infraestructuras que hay en el exterior. A veces, cuando salimos fuera, te encuentras una obra, sobre todo viniendo de países tan avanzados como Alemania u Holanda y pensamos que a nivel técnico estamos peor preparados cuando no es así. Estamos muy preparados pero no tenemos dónde trabajar».

 

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