Gijón

Apenas un par de horas después de que la consejería de Medio Rural hubiese dado la voz de alarma, en Montiana y en las parroquias vecinas, la Tecia Solanivora era ya motivo de debate, preocupación y también alguna chanza. A primera hora de la tarde, con el café, el chupito y la partida, en bar El Cañaveral -corazón del pequeño núcleo, entre el monte Areo y las instalaciones de Arcelor- no habían pasado inadvertidas ni las noticias ni la presencia de quienes las buscaban, haciendo indagaciones por una parroquia acostumbrada a pasar desapercibida, en el límite entre Gijón y Carreño, la ZALIA y las moles de la siderurgia india. Pero nada se sabía sobre quién podía ser el afectado. «Hay mucha gente que planta, podría ser cualquiera… pero yo no soy», comentaba un vecino de la zona, recién llegado al bar en un pequeño tractor con remolque.

Los presentes hacen conjeturas, invitan a preguntar aquí o allá, deslizan unos cuantos apellidos y motes; entre ellos, el de uno o varios «Tinos» que hay en la zona, y que se convertirá en objeto de la pesquisa y finalmente en Tino Llano, el afectado. Su vivienda resulta estar apenas a cincuenta metros de El Cañaveral, donde la carretera que viene de Poago se bifurca hacia el monte y hacia la ZALIA y San Andrés de Tacones. Ahí apareció la devastadora polilla. Y ese será ahora el centro del círculo de un kilómetro donde los técnicos de la consejería realizarán la actuación más prioritaria e intensiva, eliminando preventivamente toda la producción de patata y trampeando con feromonas para atraer y eliminar a la polilla guatemalteca que pueda haber en la zona.

Aunque algunos de los vecinos siembran patata cada año, tampoco hay demasiadas parcelas donde puedan plantarse. La mayor parte del kilómetro del cordón sanitario abarca terrenos industriales de Arcelor o la ZALIA y parcelas silvestres o sin cultivar. El grueso de Montiana son trabajadores de la siderurgia que se concentran en los bloques de viviendas en el centro de la parroquia, y la vivienda rural es escasa y dispersa en la zona.

Algunos de sus habitantes dicen no haber plantado patata «desde hace diez años» en algún caso. Otros, como Luisa Muñiz, vecina directa de Tino Llano, corren a buscar su pequeña caja de patatas guañades para comprobar que lo único que ha mordido algún tubérculo son los ratones. Pero algo más allá, ya en la parroquia de Poago y apenas a unos metros de las moles de la siderurgia, Isaac Vázquez acaba de sembrar patata, como suele hacer «desde hace 40 años». El vecino, de 83 años, es de los pocos que aún no había tenido noticia de la llegada de la plaga a Gijón, y se muestra resignado. «A ver si hay suerte, pero si hay que arrancarla, se arrancará», dice, aún con la azada al hombro y el caldero en la mano.

Otros vecinos aprovechan la inesperada atención de los medios para quejarse de algo que les preocupa más que la indeseada y nueva vecina de Montiana. «Más que de la polilla, de lo que tendría que preocuparse el Principado es de lo que nos está echando El Indio al aire», se queja uno de los clientes de El Cañaveral, aludiendo por el mote local al empresario de origen hindú Lakshmi Mittal, propietario de Arcelor. A sus emisiones atribuyen la pérdida de la fertilidad del suelo en la zona. «Yo sé que antes sembraba unas cuantas patatas y, si estabn bien picadas, sacaba un montón de sacos. Ahora, recojo incluso menos patatas de las que sembré. Eso si que es un problema, pero lo que preocupa es la polilla, no eso», se lamenta. 

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Montiana, en el día de la plaga