La memoria de Alejandro Mieres echa raíces para siempre en el Humedal

Familiares, colegas y autoridades políticas y académicas rinden homenaje al artista fallecido en febrero descubriendo una placa junto a su escultura «Cubo» en el emblemático espacio gijonés

La placa en memoria de Alejandro Mieres con su escultura urbana 'Cubo' al fondo
La placa en memoria de Alejandro Mieres con su escultura urbana 'Cubo' al fondo

Gijón

En 1995, Alejandro Mieres encendió en El Humedal, el espacio de entrada y bienvenida a la ciudad de Gijón en aquel tiempo, un gran cubo luminoso cuyos parpadeos de color cambiante quisieron ser un faro y una llamada para congregar a propios y extraños al gran graderío que ciñe la plaza. Al mediodía de este jueves, Cubo, la escultura urbana que más identifica al artista palentino afincado en la ciudad y fallecido el pasado febrero, estaba apagada, pero aun así Mieres ha congregado asamblea muy cerca de su obra: familiares, colegas artistas, políticos y autoridades académicas se han acercado al Humedal para redir homenaje a uno de los nombres clave en el arte asturiano del pasado siglo. Y también al docente, al activista político, al sociable conversador y al ocasional polemista cuyo paso por su ciudad adoptiva dejó rastro y una memoria que ahora ha echado raíces apenas a unos metros de su escultura luminosa. Un cálido acto presidido por la alcaldesa de Gijón y con la asistencia del viceconsejero de Cultura y el rector de la Universidad de Oviedo ha servido para descubrir la placa que vincula para siempre a Alejandro Mieres con el Humedal y el resto de la ciudad que tanto quiso. En ella figura su rostro, tocado con su inseparable gorra, y una frase que condensa todo su pensamiento como artista: «El arte es un antiguo diálogo que el hombre establece; entre el tiempo, un tiempo y todo el tiempo; la eternidad. Sirve el artista como herramienta y sus obras objetivan la historia; todos los tiempos».

Familiares de Alejandro Mieres en torno a la placa que le recuerda en el Humedal
Familiares de Alejandro Mieres en torno a la placa que le recuerda en el Humedal

«Que siga iluminando por muchos años desde este rincón», ha dicho la alcaldesa en una breve alocución tras repasar los méritos del artista ante su familia -bisnietos incluidos- y un nutrido grupo de amigos, allegados y colegas, algunos de ellos compañeros o discípulos de Mieres en el empeño de renovar el arte asturiano: Bernardo Sanjurjo, Fernando Alba, José Paredes, Mabel Lavandera... Pero, al margen de las palabras mismas del homenajeado en su placa, las que más han llegado al corazón de los presentes han sido las de su hijo Juan. Este ha sido su discurso íntegro:

«Llegó de las tierras áridas de Castilla como por causalidad, y también atraído por su ancestral apellido asturiano.

Ya venia con su forma diferente de entender el arte y el mundo, siempre sin prejucios y sin descartar nada, por utópico que pareciera, aunque presuponía la bondad del ser humano por naturaleza

En Asturias, en aquellos tiempos no se movía nada en el campo de las artes plásticas.

Una vez que se hubo asentado aquí, gracias a su don de gentes y facilidad de palabra congenió con quienes compartieran similares inquietudes vitales y artísticas, involucrando a todos aquellos que quisieran explorar lenguajes diferentes.

Desarrolló una labor frenética que ya nunca abandonaría.

Desde sus primeras obras abstractas, destacó como un artista único, original e irrepetible, pues sus obras atendían a parámetros radicalmente opuestos a cuanto se había visto en el campo de la pintura hasta ese momento. El color era protagoista absoluto, literalmente: un color y sus matices, conseguidos a base de diferentes texturas y bajorrelieves que, acompañados de la luz, también aportaban movimiento. Como un mago, había conseguido lo imposible: pintar un cuadro con un solo color.

Fue un artista involucrado con el mundo y su tiempo. Siempre tuvo clara su orientación política: del lado de los trabajadores, los pobres, los marginados y excluidos. Nunca del lado de los poderosos, pues entendía que era de justicia que la riqueza estuviera repartida.

Como buen comunicador, disfrutaba con su otra pasión: la enseñanza. En su Instituto Jovellanos también exploró maneras diferentes de educar, más ligadas a la creatividad y a la expresión artística libre, lo cual resultaba sorprendente en aquellos tiempos.

Tuvo ocasión de irse de Asturias en busca de lugares propicios para conseguir mayor proyección artística, fama y dinero, pues estaba a la altura de los más grandes pintores de su época. No lo hizo, porque en Asturias fue feliz a pesar de las dificultades. Se sentía en su tierra, e hizo amigos entre todos aquellos que lo conocieron.

También quiero hacer una mención a la que fue su compañera toda su vida: Rosa, con la que tuvo siete hijos, y gracias a su sacrificio él pudo desarrollar una labor artística tan importante y que implicó que ella tuviera que renunciar a la suya para criar tantos hijos, pues ella tenía todos los ingredientes para haber desarrollado una interesante obra artística.

Solamente deseamos que en esta su ciudad, Gijón, sea recordado con el mismo cario que él le tenía.

El tiempo pasa y al final, del hombre, lo único que perdura es el arte. Lo bello es siempre bello».

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