Cuando la calle del Agua casi deja de ser un callejón vacío entre Moros y Corrida

A principios de siglo XX el ayuntamiento quiso convertirla en una galería comercial, al estilo de los pasajes cubiertos de París, pero la oposición de los vecinos dio al traste con el proyecto

La calle del Agua, desde Zarracina.
La calle del Agua, desde Zarracina.

Gijon

La calle del Agua, uno de esos céntricos callejones por los que apenas nadie transita, pudo haber llegado a ser una de las vías más concurridas de Gijón de haberse llevado a cabo el proyecto que, a principios del siglo XX, pretendía convertirla en una galería comercial a imagen y semejanza de los pasajes cubiertos de París. Al proyecto para convertir este callejón, que posiblemente debe su nombre a la costumbre de arrojar por sus ventanales las aguas sucias de los edificios con fachada en Moros y Corrida, en una calle singular y con una estética más acorde a su privilegiado emplazamiento, en pleno centro urbano, se le estuvo dando vueltas varias décadas hasta que se topó con la oposición de los vecinos.

La primera vez que se planteó convertir la calle en un pasaje comercial, la idea partió del entonces arquitecto municipal Luis Bellido, que vio la oportunidad de transformar el callejón ante la construcción de un nuevo edificio, que serviría de base para la embocadura del pasaje cubierto. Para ello, planteaba construir un arco de 6,5 metros de alto, suficientes para una planta baja más el entresuelo. «Podría conservarse hasta el tránsito de vehículos si así se quisiese, aunque creo que lo mejor sería suprimir, pavimentando como acera todo el ancho de la calle (…) Aún podrían recibirse mayores beneficios, que que entonces podrían ser incalculables, si poniéndose de acuerdo los vecinos con el municipio se dotase a la calle en toda su extensión de una cubierta acrisolada convenientemente dispuesta y un buen pavimento para peatones en cuyo caso se haría de tan secundario lugar uno de los sitios más frecuentados de Gijón», aseguraba Bellido, según se recoge en la publicación Gijón la ciudad que nunca existió.

La calle mantendría una anchura de seis metros y, a lo largo de los 139 metros que separan las calles Munuza de Zarracina, se emularían las galerías cubiertas que, a lo largo del siglo XIX, se habían construido en París y en otras ciudades europeas para transformar precisamente pasadizos y callejones en cómodos pasajes para pasear, admirando las cubiertas acristaladas, o realizar compras a cubierto del tiempo y del tráfico.

El proyecto incluso fue declarado de utilidad pública por el Ayuntamiento, pero los propietarios de los edificios con fachada a la calle del Agua se opusieron por considerar, entre otros motivos, que se les quitaría luz y ventilación. «La oposición de la mayor parte de los propietarios dejaría a un lado toda posibilidad de ejecución en un momento en el que no hubiese sido muy difícil de realizar», se indica en el libro Gijón la ciudad que nunca existió, «sobre todo teniendo en cuenta que casi el 95% de los inmuebles de la calle fueron reformados o reconstruidos con posterioridad, lo que hubiese facilitado la unificación de fachadas hacia el paisaje».

Esto sería, de hecho, el principal obstáculo para un proyecto que planteaba una remodelación muy similar en 1932. La idea de convertir la calle del Agua en una galería comercial era recuperada, entre otros planteamientos urbanísticos para la ciudad a propósito del Plan General de Ordenación Urbana, por el arquitecto Diego Cabezudo hace cuatro años.

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