Fin de ciclo, crepúsculo en Gijón

Crónica de un año que abundó en fugas políticas y emisiones contaminantes, y acabó con promesas de grandes planes (para otro año)

La playa de San Lorenzo, con las manchas
La playa de San Lorenzo, con las manchas

Gijón

El año noticiable arrancó en Gijón con atarceder apocalíptico y los cielos oscurecidos por la enorme humareda del incendio en el desguace de Riestra. El apocalipsis no llegó ni se le espera; pero se diría que no ha soplado viento suficiente para limpiar del todo la turbiedad de la atmósfera a lo largo de este año de cielos grises, aguas más que turbulentas y luces crepusculares en el concejo.

Quién lo iba a decir de un ejercicio del que Gijón saldrá oficialmente con uno de sus mayores asuntos pendientes al alcance de la mano -el Plan General de Ordenación-y con el otro -el Plan de Vías- en apariencia bien encarrilado. En ninguno de ambos casos se trata, sin embargo, de logros de una añada demasiado memorable en la gestión municipal. No se citará 2018 como el año decisivo el día en que la ciudad vuelva a tener PGO -es de esperar que en un par de meses- y el día -nadie acaba de saber qué día- en el que haya en Gijón algo parecido a un soterramiento ferroviario, una estación intermodal y una brecha eliminada entre el Oeste y el Sur de la ciudad. El cauce de ambos proyectos es tan largo y tortuoso que, en todo caso, el que acaba constará sin más como el año en el que finalmente por fin la CUOTA dio luz verde al consenso que en 2017 desbrozó el curso del PGO, y en el que dos ministros de dos gobiernos de dos partidos prometieron para el soterramiento ferroviario soluciones que, como mucho, dejarán para Nochevieja un papel firmado. Lo cual, en el presente escenario de la política nacional, no tiene por qué significar mucho más que un papel firmado.

Bajo el palio de la luz crepuscular y del cielo sobrecargado de esas partículas PM10 y PM2,5 de las que ya se habla casi tanto en los ascensores como del buen o el mal tiempo, lo que quedará para la memoria a corto plazo del concejo serán seguramente otros registros. El archivero podría clasificarlos casi todos ellos bajo la expresión de moda, la que este año se le ha escapado en un momento u otro a casi a todo el mundo: «Fin de ciclo». Con alcaldesa al frente: cierra ciclo Moriyón, pero para cambiar en realidad de ciclo, en el sentido planetario. Tal y como prometió, la actual mujer fuerte de Foro no repetirá un tercer mandato, pero sí intentará primera legislatura después de ocho años en los que parece habérsele revelado directamente desde el puente de mando una persistente vocación política. A falta de balances finales, que serán también juicios finales para el caso, la oposición ha criticado con tanta insistencia que da en rutina la inacción de Foro, la improvisación, el gasto demasiado bajo -según la ejecución- y demasiado alto -según la regla-, la falta de diálogo o, peor aún, el diálogo que concede y luego no ejecuta. Han sido los versos del contraestribillo plenario, que solo puede arreciar en los seis meses que se nos vienen, pero ya en crescendo mitinero.

También ha sido 2018 el año del anuncio de los adioses para José María Pérez, Josechu y del adiós cumplido para Begoña Fernández, con quienes se van del ayuntamiento las últimas presencias institucionalmente activas del largo ciclo del arecismo-pacismo; una amarga salida en el caso del primero, convertido en emblema del PSOE derrotado fuera y dentro de casa por el barbonismo en un partido que estrena candidatura legitimada en primarias. Su ganadora, Ana González, está decidida a ser la mujer de 2019 en la ciudad y facilitar el titular del anuario del año que viene.

El preaviso del abandono del portavoz socialista llegaba poco después de una nueva ceremonia del desencuentro de los tres grupos de la izquierda municipal en torno a la imposible moción de censura y el Tripartito, esa entidad quimérica que ha asomado cada tanto la cabeza en las aguas de la política local desde 2011 como un Nessie al que algunos han querido avistar, pero que al final nadie ha podido fotografiar en las escaleras consistoriales. La posición de Xixón Sí Puede fue decisiva en un año agitado para los morados, que aportaron el tercer abandono -este de portazo- en las bancadas de la corporación: Verónica Rodríguez ponía rostro y gesto a las muchas tensiones en el seno de Podemos y sus coaligados y perdía poco después unas primarias frente a Mario Suárez del Fueyo, con manos libres ya para convocar e invocar el poder asambleario y rechazar de nuevo un gobierno de izquierdas que hubiese sido más simbólico ya que otra cosa a menos de un año de las municipales y con las cuentas intervenidas.

El último en la lista de los que se fueron (y el primero en la de los que volvieron, aunque no al mismo puesto) fue el portavoz del PP, Mariano Marín, que tuvo la mala pata de entrar en el despacho de Delegado del Gobierno casi al mismo tiempo que Rajoy salía del suyo en la Moncloa. Su sustituto, Manuel del Castillo, ha protagonizado algunas de los momentos más memorables del año, polémica en torno a Mauthausen incluida.

Lo que sí se avistó en las aguas del litoral, y no solo una vez, fueron otro tipo de entidades: coliformes, espumas, detritos y carbones cuya insistencia han convertido 2018 en el año en el que la playa de San Lorenzo ha padecido su propio martirio y, con ella, el resto de los playos. Más aún que los episodios por emisiones poco recomendables a la atmósfera en el territorio industrial del Oeste, donde los humos negros de Riesta fueron al final lo de menos, el gran asunto del año han sido los vertidos a la bahía del Este: una ofensa a la joya de la corona de la identidad local que ha puesto la cuestión medioambiental y todos los debates asociados -la depuración de las aguas, el control de las emisiones industriales, la vigilancia de los carbones de El Musel- como el gran asunto del año. En ese frente bregan dos de las figuras emergentes en la política local, dos hiperactivos que este año, y más con la desgana general en el trasfondo, han reclamado también su protagonismo: el concejal de XsP David Alonso -que en unos días decidirá si entra en 2019 con pie de candidato- y Adrián Arias, ejerciendo de contrapoder desde el liderazgo vecinal.

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