Los vecinos del Polígono cuentan sus 40 años de historia

«Todo se ha ganado con mucha guerra con las instituciones», coinciden en señalar quienes han pertenecido y pertenecen a una asociación vecinal que se creaba en 1979, cuando el barrio de Gijón acababa de nacer y «todo estaba por hacer, no había nada de nada»


Gijon

En el Polígono de Pumarín todas las torres de viviendas, construidas en su mayoría por cooperativas, tienen su propio nombre. La primera que se terminó fue la de la Virgen de La Guía. Eran los primeros años 70 y, a lo largo de esa década, el nuevo barrio de Gijón se fue llenando de familias jóvenes. El Polígono de Pumarín, pese a estar entre varios barrios, se levantó como una isla frente al resto de la ciudad. Al principio no había luz y hubo que pelearla. No había escuelas para tantos niños y también hubo que luchar por tenerlas. Y así, a lo largo de los 40 años que ha estado activa la asociación de vecinos Evaristo San Miguel, se lidiaron desde ella muchos y variados obstáculos para conseguir hacer barrio en el Polígono. «Todo se ha ganado a base de vecinos y con mucha guerra con las instituciones», coinciden en afirmar quienes recuerdan en este reportaje cómo han sido esos 40 años haciendo barrio en donde no lo había.

Mañana, a las seis de la tarde, la sede de la asociación celebra un encuentro vecinal para inaugurar una exposición que se ha titulado precisamente 40 años Faciendu Barriu. Al mismo tiempo, se está elaborando un libro que recopila con la ayuda de todos la historia del Polígono, que seguirá abierto para seguir incorporando los recuerdos que aún están por llegar.

Un tercio del proyecto original se quedó en el aire

«Este barrio empezaron a pensarlo en los años 60», dice el actual presidente vecinal, Manuel Cañete, «el proyecto original que se había diseñado contemplaba guarderías, todo tipo de servicios, locales comerciales, un centro cívico y hasta un cine. Pero el proyecto estuvo paralizado 14 años y, cuando se retomó, casi un tercio de lo previsto quedó sin hacer». Y ahí está precisamente la clave de que la asociación de vecinos, desde sus inicios y pese a sus altibajos, haya sido una de las más activas y reivindicativas de la ciudad.

Literalmente, y salvo las viviendas, todo estaba por hacer en el Polígono. «Cuando la mitad de las casas ya estaban ocupadas, las luces no funcionaban. Más de 6.000 personas estábamos a oscuras», recuerda Xulio Vigil Parajón, uno de los fundadores de la asociación de vecinos, cuya acta de constitución se firmaba el 27 de junio de 1979. «Fue en la víspera de San Pedro y por eso las fiestas del barrio son en esas fechas», añade Vigil Parajón, que, de aquellos primeros años, sobre todo recuerda la marcha de las velas de junio de 1978.

«Íbamos hasta el ayuntamiento para pedir luz en el barrio. Todos con velas. La marcha fue muy llamativa, tocábamos a rebato y venían todos, niños incluidos. Familias enteras». Roberto Castellanos, otro de los miembros de aquella junta constituyente, también recuerda que la primera reunión de la asociación se convocó en el edificio Santa Clara, en el local de la calle Puerto Pajares, y que a ella asistieron 55 vecinos. Aquel primer local lo acondicionaron ellos mismos. «La primera cuota de la asociación fueron las 200 pesetas que pagaron 20 vecinos, a razón de 10 pesetas cada uno», apunta Cañete.

El ejemplo de Marujina

«Sin Manolo, que era tesorero, la asociación no hubiera existido», dice Carmen Villas, la actual tesorera, «se dedicaba a cobrar a los socios e ingresaba el dinero en la caja». Son muchas las personas que han estado entonces y ahora en la asociación pero también todos tienen un recuerdo especial para Marujina, María González Felgueroso, cuyo nombre pronto estará en un parque que se ve perfectamente desde la casa en la que vivía. «Asistía a todas las juntas directivas, fue la fundadora y la primera presidenta de una asociación de jubilados en Gijón», dicen de ella, que fue el mejor ejemplo de lo que es la asociación de vecinos del Polígono: «Aquí hay personal que vino de joven y murió en actividad como Maruja».

Castellanos no pasa por alto que los inicios como colectivo vecinal fueron complicados. Costó crear sentido de comunidad en el barrio, pero se fueron consiguiendo grandes gestos entonces con jornadas de unidad vecinal como aquellos domingos en los que se juntaban familias enteras, escoba y recogedor en ristre, para limpiar las calles del barrio. «No había servicio municipal y participaba mucha gente, niños y todo», recalca. «Teníamos el mayor número de parcelas ajardinadas y, todas, mantenidas por los vecinos», apunta Crisanto Herrero, que fue presidente vecinal entre los años 1996 y 2000.

«Era una época de transición, todavía no había un movimiento vecinal fuerte, no existía conciencia de barrio pero sí había en los barrios gente comprometida políticamente, comprometida con los problemas sociales», matiza Delia González, que fue la segunda presidenta de la asociación de vecinos del Polígono, en 1981, justo después del primero, Miguel Lorenzo. Ella fue también la primera mujer que presidió un colectivo vecinal en Gijón.

«Veníamos de sitios muy diferentes, éramos muy jóvenes y crear conciencia de barrio era complicado. Sobre todo en un barrio residencial, muy dormitorio, en el que no había bajos comerciales, que estaba aislado del resto y eso marcó aquellos primeros años», añade. Unos años en los que los problemas se acumularon para los residentes del Polígono.

Las aulas del altillo de las Estrellas

«Otra lucha fue con el aparcamiento de camiones, que era un lodazal. Vivir aquí era tenebroso de alguna manera», apunta Aladino Castiello, que junto a Crisanto Herrero recuerda los problemas de escolarización que hubo en el barrio entonces. «Al ser todo familias jóvenes, con tantos niños, no había sitio en los centros que nos tenían que dar por proximidad y se habilitó el altillo de las Estrellas», explica Herrero. El altillo de las Estrellas debía su nombre a que estaba ubicado en el edificio Estrella y, en varios pisos, albergaba aulas que, con el tiempo, pasarían a ser el colegio Asturias. Con los años, la oferta educativa del barrio crecería a base de insistir. «En el colegio Evaristo Valle, de la que empezó, pasamos de no tener ninguna actividad extraescolar a tener 32 de golpe. Siempre hubo mucha actividad y participación por parte de las madres y los padres del barrio».

Herrero también menciona el problema que supuso que el Polígono batiera el récord de Europa en concentración de viviendas sociales. «Se nos juntó todo, llegamos de nuevos a donde no había nada de nada y todo era un desastre». Todavía hoy, puntualiza Cañete, se mantiene el problema de que existen parcelas cuya titularidad pertenece a las tres administraciones: ayuntamiento, Principado y Estado. «Por eso es tan complicado actuar en ellas, porque no están incluidas en las red municipal», dice.

«Éramos como una isla, sin acceso directo a ningún otro barrio»

«Hemos tenido muchos jaleos», resume Crisanto, que incluso menciona la ocasión en la que, ante la eterna reivindicación de locales vecinales, «irrumpimos a la fuerza« en uno que acaba de quedar sin uso. «El ayuntamiento nos ninguneaba y tuvimos que hacer presión ante todos problemas que surgían», considera Delia González. Por ejemplo, las casas de la Guardia Civil, cuyas obras estuvieron también más de una década paralizadas y en las que «murieron muchos chavales en los 90»; el hoy impensable proyecto de construir una regasificadora en el barrio, con unos vecinos radicalmente y otros a favor porque el gas aún no había llegado a sus viviendas; la contaminación electromagnética de las antenas de telefonía, «porque esto parecía un bosque de antenas», recuerda Luis Lozano, penúltimo presidente vecinal del Polígono, o la incomunicación con el resto de barrios fueron otras batallas vecinales.

«Éramos como una isla, estábamos al lado de varios barrios pero no podíamos acceder a ninguno de manera directa», indica González, que recuerda que costó muchísimo conseguir las pasarelas que les comunican con Nuevo Gijón y con Moreda. «Algo por lo que seguimos peleando en la asociación es que la avenida Príncipe de Asturias sea realmente una avenida. Siempre nos han contestado que no, que esa avenida es del ministerio. Se pasan la pelota de unos a otros y, ahora, al menos ya sabemos que el proyecto está incluido en el Plan General, aunque no se podrá acometer hasta que no se hagan los accesos a El Musel», apunta Carmen Villas.

«Ahora es un barrio envejecido, por eso es importante que los jóvenes estén en la asociación»

El presente del Polígono es muy diferente al pasado. Se ha hecho barrio a lo largo de estos 40 años de asociacionismo vecinal, pero ya no hay tantos jóvenes en el Polígono. «Ahora es un barrio envejecido y por eso es importante que ellos estén presentes», dice Cañete, señalando a los miembros más jóvenes de la asociación. Por ejemplo, Tomás Albarenque, que pertenece a la vocalía de Juventud, en la que ya están preparando una segunda edición de la Noche Joven. O Vicky y Nerea García, de la patrulla poligonera, que se encargan del concurso de dibujos. «Los peques empezaron hace unos años con la patrulla poligonera y son parte fundamental de la asociación. No hay actividad para niños tan importante como la que se celebra en el Polígono, con 250 chavales el año pasado en el Día del Guaje», presume Cañete. «Los jóvenes, si necesitan algo, es un espacio y que no se esté encima de ellos, porque tienen creatividad de sobra», añade.

Y más cuando se les echa tanto de menos en el Polígono. «Los patios antes estaban llenos de nenos jugando y ahora hay cuatro nietos», dice Delia González, «nuestros hijos o no tienen hijos por muchas razones o ya no viven aquí». Lorena Salagre, vicesecretaria de la asociación, explica por qué: «Los jóvenes que se quisieron quedar en el barrio cuando el boom inmobiliario no podían ni planteárselo y ahora, que han bajado los precios, hay pisos vacíos, pero los alquileres también subieron y, por eso, no hay juventud».

Con todo, en la asociación de vecinos Evaristo San Miguel se vive desde hace aproximadamente una década una época de estabilidad que justo coincidió con la llegada a la presidencia de Luis Lozano, a quien sustituyó Cañete en 2015. «Hubo una recuperación de todo ya que se había dejado de hacer fiestas y otros eventos vecinales e incluso se están recuperando socios. Antes había épocas en las que la asociación caía y se levantaba otra vez y, desde que entró Luis, no volvió a caerse», asegura Cañete.

«Nada nos va a venir regalado»

En estos últimos años, se ha mantenido e incluso incrementando el ritmo de las actividades que se organizan desde la asociación. «Intentamos buscar qué es lo que los vecinos necesitan para no dejar de construir barrio y para recuperar los lugares de encuentro. Nada nos va a venir regalado. Cualquier cosa que se ponga aquí va a ser a base de pelear y, si contribuimos a que se tenga conciencia de barrio, mejor», asegura Cañete.

Pone como ejemplo de cómo las actividades vecinales ayudan a dar cohesión al barrio con la de senderismo, en la que había habido un bajón de asistentes y ahora, en cada cita, junta a más de 60 personas que «no van solamente a caminar». O la consolidación de las actividades de la vocalía de la mujer.

Sin perder de vista reivindicaciones para seguir haciendo barrio como no cejar en la insistencia de que las parcelas verdes se cuiden y aprovechen o estar atentos a lo que pueda pasar con el plan de vías, que tras el cierre de Sanz Crespo supuso que la avenida de Portugal pasara de tener un tráfico diario de 2.000 vehículos a 8.000. «Tener la Y cortada es un lujo, pero ya van 10 años e iban a ser cinco». 

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