«Me lo están poniendo difícil por ser violinista de rock y ser mujer»

Judith Mateo presenta en la Sala Acapulco su sexto álbum, en «Radiestesia», el que ahonda en su acercamiento instrumental con violín a la tradición rockera con versiones y composiciones propias

Judith Mateo
Judith Mateo

Gijón

De la formación clásica al folk de estirpe céltica, y del folk al rock de pura cepa con un violín en la mano. Es el largo viaje musical y vital de la conquense   Judith Mateo, la única violinista española que interpreta, compone y lleva a la escena el espíritu y el lenguaje del rock a través de la voz de un instrumento inhabitual como protagonista en un género donde la guitarra es la reina. Será lo que haga esta noche en la Sala Acapulco del Casino de Asturias de Gijón, ciudad donde también presentará su primer libro: 101 canciones con las que te ligarías a cualquiera, publicado de forma simultánea a su sexto álbum, Radiestesia, una mezcla de versiones y canciones de composición propia en las que demuestra que Vivaldi, AC/DC y Malagueña salerosa pueden sonar con el mismo brío rockero con la voz de su violín en primer plano.

«Fue un proceso largo, porque yo me formé como violinista clásica. Después descubrí, durante el tiempo en que viví en Irlanda, que había otras posibilidades musicales con mi instrumento, y fue más tarde cuando, trabajando ya en radio, entré en contacto con el mundo del rock y los músicos del rock», recuerda Mateo, que desarrolla en paralelo a su veta artística un dilatado trabajo como periodista musical en la radiotelevisión pública castellano-manchega. Su acercamiento es plenamente instrumental, aunque haya ido incorporando la voz a un repertorio que empezó por ser fundamentalmente de versiones, pero en las que ha ido ganando espacio la autoría.

«Me sorprendió la buena acogida que tuvo, sobre todo en Latinoamérica, donde la gente aprecia más el rock instrumental, como sucede en Europa», comenta la violinista, que se lamenta de que esa sensibilidad  no abunde ahora mismo en España. «Aquí eso no sucede, no hay tradición de escuchar rock instrumental y la gente te dice cosas como que no le llega la música porque no tiene una letra que transmita cosas. Es pura y dura falta de educación musical», diagnostica Judith Mateo, que busca en la tradición rockera canciones con la suficiente riqueza melódica y armónica como para ser trasvasadas a su violín. Algo que -asegura- no le resulta fácil en el repertorio de la música popular española de las últimas décadas, donde «predomina el pop con muy poca riqueza musical».

Eso se pone de manifiesto en la selección de sus 101 canciones con las que te ligarías a cualquiera, un libro escrito en la convicción de que «no hay nada como hablar de música para romper el hielo en una conversación, en un ascensor o para tener éxito cuando quieres ligarte a alguien». Solo hay nueve referencias españolas en el catálogo personal de Mateo. Lo que sí hay, con claro sesgo reivindicativo, son mujeres. El cincuenta por ciento. «Algo que me ha costado, por desgracia», apunta la violinista: desde Patty Smith a Mónica Naranjo pasando por Beyoncé.  De todas ellas y del cincuenta por ciento masculino ha reunido «a base de mucha documentación» anécdotas poco conocidas que vienen de maravilla para alimentar al fan curioso… y para dar el primer paso en una charla.

Como muchas de las mujeres que aparecen en su libro, Judith Mateo dice sentirse pionera en lo suyo en España. «Soy la única mujer solista de violín en el rock español, y la verdad es que me lo están poniendo difícil por las dos cosas: por mujer y por violinista», asegura. Pero también está convencida de que está «abriendo camino a otras que vendrán detrás». Y mientras tanto, disfrutando de ser una rara avis sin precedentes, incluso a la hora de poner en escena su música en un género con tanto de teatralidad y de 'actitud'.

 «No hay nadie en quien fijarte como referencia pero tampoco es probema. Doy lo que sale en cada momento. Si el cuerpo me pide saltar, salto y si me pide tirarme al suelo junto con mi guitarrista, nos tiramos al suelo. Es una espontaneidad que siempre he echado de menos en la rigidez de la clásica, donde no puedes ni quitarte el pelo de la cara porque te está molestando. Eso es ridículo», comenta.

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