El regreso del PSOE y el final de la anomalía

La victoria socialista no cierra un presunto paréntesis después de dos mandatos de gobierno local de Foro sino que parte del punto donde Gijón está ocho años después de la llegada de los casquistas a la alcaldía

Carmen Moriyón y Ana González
Carmen Moriyón y Ana González

Gijón

Si a los socialistas gijoneses (y a una parte no pequeña de sus vecinos) se les hubiese comunicado aquella noche que una lluvia de meteoritos acababa de abrir una brecha hacia una realidad paralela y que por ella desfilaba una delegación de gijoneses del otro lado enfilados hacia la Casa Consistorial con intención de sentarse en el sillón de la alcaldía, no se les hubiese puesto mucha más cara de pasmo que la que les dejó el recuento de las municipales del 22 de mayo de 2011. Esa noche no llovieron meteoritos sobre la ciudad, pero sí votos suficientes para hacer posible una realidad política alternativa: muchos más de los que podía esperar un partido recién nacido, sin apenas estructura ni experiencia, sin políticos profesionales en sus listas, de derechas y para colmo fundado a las bravas por Francisco Álvarez-Cascos solo cinco meses atrás. La formación que llevaba las mismas iniciales que el cismático exdirigente popular, Foro Asturias Ciudadano, se había puesto apenas a 5.000 votos de los 47.583 obtenidos la candidatura de Santiago Martínez Argüelles: la más votada, es verdad, esa jornada electoral, pero también la menos votada en la línea que marcaba un declive sostenido desde aquella imperial mayoría absoluta con la que Paz Fernández Felgueroso había despedido el milenio y una época en Gijón.

La madrugada del 23M de 2011, en la Casa del Pueblo la mayor parte de los rostros ni siquiera eran de pesar o cabreo. Mostraban una estupefacción casi conmovedora. Los de letras citaban melancólicamente al poeta Cavafis («¿Qué esperamos congregados en el foro?/ Es a los bárbaros que hoy llegan»), los de ciencias puras echaban cuentas confiando en que las operaciones aritméticas no se convirtieran en vectores físicos -y aún menos, políticos- y los de ciencias sociales tranquilizaban a todos recordándoles que, en aquel momento, para el PP Álvarez-Cascos y su encarnadura en forma de FAC eran el archienemigo, y que la ortodoxia popular había prohibido desde Madrid y Oviedo cualquier entendimiento con el apóstata atrincherado tras las montañas astures.

Pero nada pudo evitar que la cara de «no puede ser verdad» durase un par de semanas largas. Justo hasta que los bárbaros, a diferencia de los de los versos de Cavafis y contra todo pronóstico, llegaron a la alcaldía. Unos minutos después de las 19,00 horas del 11 de junio de 2011, el bastón de mando pasaba de manos de Paz Fernández Felgueroso a las de Carmen Moriyón Entrialgo, la única persona que en ese momento exhibía en Gijón un gesto más estupefacto (y en su caso, también aterrado) que la de los socialistas, sus votantes y la izquierda sociológica local en bloque. Con el traspaso de aquel Bastón de Poder nació también la leyenda de la anomalía, el relato de que los años que vendrían -ocho al final- serían también una especie de alteración o distorsión aberrante de la normalidad política local, una especie de paréntesis cronológico y político que solo se habría cancelado con la abultada victoria del PSOE la noche del pasado domingo.

Lo normal y lo anormal

Como casi todo lo legendario que se basa en hechos históricos, se trata una fabulación de la realidad en busca de una justificación, de propaganda o de la gestión de las emociones; como todo lo legendario, guarda su buena parte de verdad.

Porque es verdad que, en términos puramente estadísticos, lo anómalo es lo que se sale de la norma, y la norma en Gijón era un alcalde o una alcaldesa socialista sentado en la presidencia del pleno local. Del mismo modo y precisamente por eso, el autorrelato oficial arraigado durante todos esos años -e incluso unos cuantos más- era el de la fabril Gijón como una ciudad en esencia de izquierdas que como tal se manifestaba infalible en las urnas. Quebrar de golpe esa inercia provocó aquella reacción visceral de desahuciados o ultrajados que se les cronificó a muchos; como si Moriyón y los suyos fueran unos advenedizos sin pedigrí ni legitimidad ni experiencia ni recorrido para merecer una alcaldía teniendo, como tenían además, cinco millares de votos menos. Pero la suma resultó democráticamente irreprochable cuando en aquel pleno del 11 de junio a los 9 concejales se les sumaron finalmente los 5 del Partido Popular, y los 10 del PSOE se quedaron cortos junto con los 3 de IU para retener el mando en una corporación donde las esquinas eran todavía cuatro, como en el tablero de parchís de toda la vida que se iba a patear en 2015. Nada debería ser más normal en una democracia saludable que la estoica aceptación de esas aritméticas.

Sin embargo, anormalidad, la hubo, aunque en ninguno de los dos mandatos de Moriyón tuvo que ver con directamente con Foro sino con las corrientes que lo mantuvieron a flote. Anormalidades, más bien, en plural. La de 2011 estuvo en el modo en que los crónicos desarreglos intestinos del PP local acabaron por desbordar el recinto del partido y dieron la vuelta al marcador electoral en beneficio de Foro. La portavoz y presidenta gijonesa Pilar Fernández Pardo, decidió desantender las órdenes -a Cascos, ni agua- en un acto de indisciplina de voto que desestabilizaría aún más su partido durante años, y regalaría a su rival político más directo un balón de oxígeno que aún le dura. Todo a cambio de nada, salvo la expulsión de la izquierda de la alcaldía.

Una vez asumida alcaldesa, a Moriyón se le pasó muy pronto la cara de susto y supo aprovechar su primer cuatrienio para lograr que, en un respaldo más a la persona que a la gestión, sus paisanos hiciesen de Foro el partido más votado en las municipales de 2015. Fue por muy poco, pero en este caso la cantidad pesó como cualidad: Foro aventajó en 1.130 papeletas a la candidatura liderada por José María Pérez, hundida en la inercia de caída hasta un mínimo histórico de poco más de 35.000 votos. Un resultado suficiente como para abrir una profunda crisis interna, reescribir el autorrelato local y sustentar sobre voto escrutado que Gijón está tan ideológicamente demediado como la mayor parte del país. Y que un partido de derechas podía resultar el más votado.

La segunda anomalía

A esas alturas nadie, salvo los más fervorosos, tenía base para seguir considerando a Foro como una rareza política. Y, sin embargo, hubo también otra forma de anormalidad actuando como una corriente de convección que mantuvo a flote a Moriyón en su segundo cuatrienio. El calor provino esta vez de las fricciones de una izquierda municipal por primera vez partida en tres en el consistorio. En la misma medida y por los mismos motivos que las elecciones de 2015 infligieron al socialismo su derrota más amarga en Gijón, fueron las de la irrupción fulgurante de la nueva política en la Corporación. La marca electoral Xixón Sí Puede debutaba con casi 30.000 votos, pisando los talones por detrás al PSOE a un solo concejal de los 7 de los socialistas. Las cuentas se hicieron rápido la noche electoral. Demasiado rápido: 7 más 6 más los 2 ediles de IU, con un Aurelio Martín más que dispuesto a la cabeza, daban 15 concejales. Uno más de los necesarios para la mayoría absoluta que devolvería a la izquierda a la alcaldía.

Era una cuenta análoga a la que estaba cuadrando en muchos municipios. Los tripartitos, los alcaldes del cambio, las alianzas entre la vieja y la nueva izquierda se convirtieron también en norma desde los lugares donde fueron posibles. No en Gijón. Las tensas negociaciones entre el equipo de Mario Suárez del Fueyo y el de José María Pérez con Martín en la mediatriz intentando atemperar la barrera de hielo entre ambos acabaron también congeladas. Las asambleas moradas, sin embargo, echaban chispas y acordaron una peculiar consulta para decidir si habría o no acuerdo a tres bandas; un referendo local tan abierto como el horizonte mismo de la bahía de San Lorenzo que marcó seguramente el culmen de las anormalidades de todos estos años al permitir el voto a cualquier ciudadano... incluidos, por descontado, los votantes de Foro o de cualquier otro partido de la derecha local.

Como era de esperar, salió el no. Nada de pactos con el PSOE. Con esa llamativa legitimidad como respaldo, el grupo municipal de XsP decidió votarse a sí mismo para la alcaldía como lo hicieron todos salvo IU y Ciudadanos, que se abstuvieron. El 13 de junio Carmen Moriyón era nombrada de nuevo alcaldesa de un gobierno local en minoría tolerado por esos 15 concejales enrocados en sus taifas. En los cuatro años siguientes, se vivieron otras situaciones inhabituales como los entendimientos puntuales entre Foro y Xixón Sí Puede que incomodaron derecha, izquierda, dentro y fuera, provocando fuertes sacudidas en el interior del grupo municipal morado y en Podemos Xixón. Esos controvertidos acuerdos con el casquismo alcanzaron incluso a IU, que dio de paso a los presupuestos de Foro con su abstención a cambio de una Renta Social que nunca llegó a ser lo que sus dos valedores deseaban. En ese clima, el segundo intento de Aurelio Martín para promover, ya casi in extremis, una moción de censura contra Moriyón no podía acabar más que como acabó. De nuevo bajo cero y con el mandato de Foro enfilando a su expiración por causas naturales.

La tentación de la arqueología

Quizá, en el fondo, nada de esto explica o solo explica en parte por qué la victoria electoral del PSOE gijonés después de su Octenio Ominoso se está viviendo en la Casa del Pueblo y no solo en ella como una suerte de restitución, de regreso al lugar natural desde el exilio, de acto de justicia de modo muy parecido al que se vive cada retorno del Sporting a Primera. Lo indiscutible es que, aunque lejos de las cimas de un tiempo político que también va sonando ya a leyenda, la candidatura de Ana González ha devuelto al PSOE casi exactamente a las mismas cotas donde toda esta historia empezó en 2011. Como también es indiscutible la enorme distancia entre los resultados socialistas y los del resto del patchwork municipal: 28.276 votos, solo un millar y pico menos de la que se abrió entre la mayoría absoluta de Paz Fernández Felgueroso y el PP en 1999.

Salvo para Ciudadanos y para Vox, que debuta con la ventaja de que no hay comparaciones más que con las tinieblas exteriores de su irrelevancia previa, la experiencia de los nuevos procesos políticos ha dejado muy maltrechos tras este episodio a la mayor parte de los partidos de la corporación. A falta de saber cuánto se explica por el factores ambientales y cuánto por patologías locales, Foro se ha desinflado sin Moriyón y sin más balance propio que la mucha deuda amortizada; Podemos ha tenido que abonar una fuerte indemnización a sus decepcionados; a Izquierda Unida no le ha valido su intensa entrega a la gestión del día a día y el PP ha mostrado que, treinta y tantos votos arriba o abajo, a sus fieles votantes en Gijón les importan un bledo las cuitas internas, los candidatos en cásting o con encomienda, los programas, lo que fuere: ellos seguirán alimentando lealmente a la gaviota mientras puedan. 

Falta ahora por saber cómo digerirá y cómo canalizará el PSOE sus 46.468 votos del domingo. Aunque sea casi el mismo número de respaldos que en 2011, ni el espacio ni el tiempo son los mismos. La historia local no se reanuda en el mítico punto donde empezó la leyenda de la anormalidad, simplemente porque la anomalía, la suspensión de una presunta normalidad política a la gijonesa, no existen. La historia sigue el continuo de su día a día un 27 de mayo ocho años más tarde. Su normalidad, que incluye también todo tipo de anormalidades relativas o menores. Como todos los días previos y todos los que vendrán.

No solo existe el peligro de olvidar eso: la conciencia -convertida en argumento de campaña- de que la ciudad bajo las cenizas de Foro sigue siendo la que forjaron los sucesivos gobiernos del PSOE puede inducir a la tentación de hacer arqueología para ver si sigue ahí debajo, como Troya debajo de la Ilíada y si a partir de sus ruinas se puede reanudar el relato de un Gijón en animación suspendida. Pero Gijón ya no es aquel y necesita urgentemente ser otro distinto al de 2011. El panorama político tampoco lo es, ni de lejos. Acceda como finalmente acceda a la alcaldía Ana González, ella misma, su nutrido grupo municipal de 11 concejales y todo el aparato de la Agrupación Local tendrán que aprender a ejercer el poder local de un modo inédito para el PSOE gijonés, con una cintura en la que no pesen como kilos los números del domingo ni el legítimo orgullo por ser quien se es y se ha sido. Mimetizar aquellas alcaldías de antes de 2011, de antes de 2015, sería caer otra vez en la leyenda. Y esta vez sí, en una anomalía. La de una restauración.

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