«Las mujeres no somos vulnerables, nos hace vulnerables el espacio de las ciudades»

«Una ciudad sin espacios donde las mujeres puedan moverse les está diciendo: "Este no es tu sitio"», defiende Zaida Muxi en unas jornadas del Colegio de Arquitectos

Zaida Muxi, en la sede gijonesa del Colegio Oficial de Arquitectos de Asturias
Zaida Muxi, en la sede gijonesa del Colegio Oficial de Arquitectos de Asturias

Gijón

«Las ciudades han sido proyectadas y pensadas tomando como base una experiencia que ha sido parcial tanto en clase, como en edad y en género. Por eso hay que incorporar las voces múltiples de la ciudad para saber cómo vivimos, qué necesitamos y que las ciudades respondan a esas necesidades». La reflexión de la arquitecta y urbanista Zaida Muxi Martínez ofrece un encuadre perfecto para el debate que desde ayer y hasta mañana, 7 de junio, se desarrollará en la sede del Colegio Oficial de Arquitectos de Asturias en Gijón como parte de las jornadas «Urbanismo de la vida cotidiana. Ciudad y seguridad». La iniciativa se encuadra en las actividades impulsadas por el Colegio y el Instituto Asturiano de la Mujer a través del Observatorio de Urbanismo con Perspectiva de Género, y se abrieron con la intervención de la directora del Instituto de la Mujer, Almudena Cueto, la decana en funciones de los arquitectos, Sonia Puente y el decano electo, Alfonso Torre, en su primer acto como tal. La jornada inaugural contó con las intervenciones del arquitecto y doctor Carlos Hernández Pezzi y de Zaida Muxi, que recalcó antes de ella la necesidad de tener en cuenta un «indicador de género» que estudie el modo diferencial en el que «políticas, horarios y usos» del espacio urbano afectan a hombres y mujeres.

-En la traza de una ciudad se lee mucho sobre el modo en que se vive en ella y su historia, pero también sobre las relaciones de poder entre sus habitantes, las de poder o dominio incluidas. ¿También se leen las desigualdades de género?

-Se leen. Y también se lee también en lo que mantienes o lo que recuperas de la ciudad, en los espacios relacionados con la mujer, como puede ser un lavadero, que enseguida desaparecen. O, cuando se habla de los barrios: no sé explica o no sé da cuenta de que se hicieron de espaldas a las necesidades de las mujeres. Las ciudades dormitorio no solo son ciudades dormitorio para los hombres que iban a las fábricas; las mujeres y los niños y los mayores vivían allí todo el tiempo. Tanto en lo que nombramos y visibilizamose una ciudad como en lo que no, estamos mostrando todo eso, por acción o por omisión. Lo que pasa es que las huellas de las mujeres son más difíciles de seguir porque nosotros mismos estamos formateados para no saberlas seguir. Es la pregunta que se hacen las historiadoras feministas: cómo escribir otra historia.

-Aunque se oculten o falten los testimonios y los documentos.

-Muchas veces sí puedes ir a documentos originales. Pienso por ejemplo en una profesora en Granada, María Elena Díez, que recupera documentos de la época de la transición entre la conquista de Granada, y ella recupera la existencia de mujeres que estaban en los gremios, que encargaban obras… Pero, claro, muchas veces, quien ha leído, ha borrado. Las mujeres hacen cosas y han estado presentes siempre; pero al reescribir la historia se nos ha borrado. Incluso cuando se refieren a una reina, por ejemplo, como una persona con poder, se le valoran otras cosas o se hace una valoración negativa. El rey tal fue un gran conquistador, un hombre con poder y una misión, pero esos adjetivos cuando se aplican a una mujer suelen ser negativos. Juana la Loca no se cuán loca estaría ni cuánto quería mandar, pero al final, las mujeres que han llegado a tener espacios de poder se nos quedan en la historia en un lugar que las deja como… raritas. La historia está ahí, los hechos son los mismos, pero si no revisamos la historia no lo veremos. Ahora mismo estoy leyendo una novela que es la Ilíada pero vista desde el punto de vista de las mujeres y, claro, los héroes no lo son para nosotras. Son criminales o violadores. En vez de contar nuestra historia de un pasado compartido, hemos contado experiencias que nos han expulsado a las mujeres y hemos pensado que era una experiencia neutral y universal, que a todos nos vale la misma. Todos perdemos mucho en eso.

-¿Y en qué estado se encuentra esa tarea de reescritura en el caso del urbanismo o la arquitectura?

-He sacado un libro que se llama Mujeres, casas y ciudades, una especie de reescritura histórica de la historia de la ciudad, y hablo de muchas mujeres que hicieron grandes aportaciones en temas de los que ahora hablamos. Por ejemplo, en sostenibilidad, muchas de las primeras que dijeron «atención, vamos por mal camino» fueron mujeres. En la praxis y también como teóricas. Si pensamos en Rachel Carson y La primavera silenciosa, en los años 50, fue la primera en denunciar el uso del DDT como plaguicida y sus peligros sobre las plantas, los animales y nosotros mismos. Por ello fue superperseguida. O Jane Jacobs, cuando habla de la ciudad y dice: «Señores: estás haciendo fatal la ciudad porque os estáis basando en la hoja en blanco y en vuestras ideas; no comprobáis; no sabéis como la gente vive…» Y por ello fue muy silenciada, aunque ahí está su libro, Muerte y vida de las grandes ciudades.

-Porque al final todo esto va de cómo vivimos las ciudades y cómo mejorar la forma de vivirlas, ¿no?. ¿Es la perspectiva de género es una de las las más transversales a la hora de pensar en todo eso?

-Cuando nosotras hablamos de perspectiva de género, lo hacemos de forma interseccional. Es decir, integras los millones de características que hacen a cada uno de nosotros. La modernidad, el humanismo de la modernidad, se dio unos derechos que era innegable que había que conseguir y que eran interesantes en un momento para la ciudadanía frente al poder monárquico y absolutista; pero ahora hay que desgranar esa ciudadanía única y universal que no existe. Nosotros venimos, vamos. Yo soy argentina. ¿Soy argentina o soy de aquí porque mi madre es de aquí? Somos múltiples, pero existe ese afán de colocarnos en un cuadradito en el que no entramos, no nos sentimos cómodos. Pero nos hemos ido amoldando y creo que perdemo mucho todos. Porque también los hombres se amoldan a ese modelo único.

-¿De qué manera pueden influir en todo esto los roles tradicionales de la mujer de cuidado, solidaridad...?

-Hablar del rol del cuidado pone en guardia a muchos grupos feministas, pero lo hemos hecho históricamente e incluso ahora hay que abogar por los cuidados. Son lo principal, lo más importante. Sin ellos no existimos. Tratamos de construir una sociedad que valora la vida frente a la muerte, y tratamos de construir también unas ciudades que respondan a eso. Obviamente, el vehículo privado no lo vas a quitar para volver a la época anterior a los motores; pero tienen que ser vehículos domesticados, en una ciudad en la que se inviertan las prioridades de los que vamos caminando, que somos la mayoría. La ciudad tiene que tener un ritmo de personas, no de máquinas. Y una ciudad tiene que trabajar con la multiplicidad de situaciones que se dan en ella para que sea una ciudad donde quepamos todos sin tener que estar recortando todo el tiempo o haciendo magia con el tiempo. Pongamos los cuidados en el centro. Hay quien dice que si pones la perspectiva de género femenina en tanto que responsable del cuidado y valoras eso estás reafirmando el rol; yo considero que no, porque lo que estás haciendo es visibilizarlo, darle valor. Y si proyectas teniendo en cuenta esas necesidades estás mandando un discurso que es importante. Quien hace el rol importante hasta ahora, que es el otro, puede decir: «Yo puedo hacer más, yo puedo compartir más, no me estoy rebajando». Cambiarías muchos más patrones de comportamiento. Sería una sociedad mucho más colaborativa. No estoy diciendo que los hombres y las mujeres seamos malos y buenas. Estoy diciendo que el rol histórico de cuidadora te hace ser más atento a la diversidad, a las necesidades de todos, lo que daría una ciudad más empática, más solidaria, menos consumista…

-¿Y al hablar de seguridad también en el fondo estamos hablando de eso, no solo de la seguridad ante las agresiones físicas o psicológicas?

-Que la ciudad te permita acceder a derechos en igualdad de condiciones sin depender de tus cualidades o características; eso es algo que ahora mismo no se puede hacer, no es cierto por cuestiones de economía, de clase, de origen, de conocimiento y también de género que refuerzan todas esas singularidades negativas digamos. Una mujer no es insegura, la hace insegura el espacio. A mí no me gusta hablar de inseguridad en la ciudad en ese aspecto de lo físico porque eso nos pone a las mujeres en situación de debilidad, y no lo somos: la sociedad nos hace vulnerables porque manda un mensaje de que el cuerpo de mujer es apropiable. Y al no generar espacios adecuados donde te puedas mover, te está diciendo también : «Este no es tu sitio». Hay decisiones sobre la ciudad que hacen que las mujeres seamos más vulnerables, pero no hay que olvidar que la casa es donde ocurren la mayoría de las violencias. Aun así, cuando se piensa en seguridad en las ciudades sin perspectiva de género solo se piensa en los delitos contra la propiedad, pero las mujeres tenemos miedo sobre nuestro propio cuerpo. En el fondo, la mujer sigue siendo un cuerpo extraño en la ciudad, después de una tradición de milenios donde se nos ha indicado que había que estar en casa; una fantasía, por otra parte, porque las mujeres han estado siempre también fuera de casa.

-¿Y en la arquitectura de puerta adentro, en la casa? ¿De qué modo enfocarlas desde estas perspectivas?

-Estamos en mitad de un cambio sistémico ahora mismo. Cuando se produjo otro como la Revolución Industrial cambió la forma de relacionarse al separar la producción y la reproducción; aparece la familia nuclear y aparece la casa familar, el sancta sanctorum. Las familias antes, desde Grecia, eran los esclavos, los trabajadores, las mujeres, los hijos, los nietos como entidades productivas propias de la época preindustrial. Con la aparición de esta nueva familia, la nuclear, aparece una nueva casa. Paralelamente, hay una discusión superinteresante en el siglo XIX sobre los espacios de la casa, especialmente los de los trabajos domésticos. Y hay toda una corriente que tiene su influencia y su continuidad, pero que no interesaba mucho promover, que defiende que los trabajos asociados a la casa -la comida, la limpeza- fueran o externalizados, ya fuera por mujeres de la casa o por otras mujeres, pero fuera de la casa, con unas máquinas y unos procedimientos específicos.

-Un taller, un espacio de trabajo cooperativo..

-Algo así. Hubo quienes abogaron por esa línea en un momento en el que también surgieron las sufragistas reclamando un derecho político. Pero para ejercerlo también tenías que tener tiempo, y el trabajo del hogar no se acaba nunca. Por lo tanto, una de las luchas de las mujeres, que también tendría que ver con la casa funcionalista, era la de ganar tiempo para esas tareas y el tiempo para participar en política. La sociedad perdió ahí una oportunidad de organizase de modo diferente: una sociedad mucho menos consumista, más colaborativa… Porque si compartes esos espacios generas otro tipo de relaciones y redes. Hoy podría ser una alternativa; no una solución para todos, porque evidentemente no existe una única manera de vivir o tipología de vivienda que nos sirva a todos, pero esas fórmulas de cohousing, de viviendas cooperativas con cesión de uso en espacios colectivos es una solución muy buena para crear comunidad, repartir tareas, compartirlas… y ya no solo en el seno de la familia.

-Que se organicen jornadas como esta indica la existencia de una conciencia sobre estos asuntos desde el punto de vista profesional. ¿Hasta qué punto? ¿Y hasta qué punto son influyentes en el trabajo cotidiano de arquitectos o urbanistas?

-No es mainstream, desde luego (ríe)... pero va apareciendo. Pero tampoco es underground. Deja de serlo cuando ha entrado en un colegio como este. Está aquí, está en el de Barcelona, en la Escuela lo metemos también un poco de aquella manera… Son cosas de las que ya se puede hablar, no son discursos que suenen raros para los estudiantes, ellos y ellas, ni para algunos profesionales. Otros continúan pensando que no, como continúan pensando que la arquitectura y el urbanismo tampoco tienen nada que ver con la gente: yo sé lo que la gente necesita y lo hago porque soy arquitecto. Tenemos mucho que trabajar en la profesión en ese aspecto; evidentemente no es un conocimiento técnico, pero tenemos que escuchar a las personas que tienen que vivir en nuestras casas, nuestros edificios y ciudades.

-Una versinón más para un viejo debate. El del feminismo ha ocupado ya un primer plano en la sociedad.

-Sí, por suerte. Y eso permite llevarlo a los campos profesionales. Porque hay una fuerza y también somos muchas las profesiones. No todas las mujeres lo ven bien ni todos los hombres lo ven mal; hay hombres y mujeres por igual que están o a favor o en contra de incorporar estas ideas y reflexionar cómo pueden afectar a nuestro hacer cotidiano. En urbanismo, en arquitectura influye mucho desde que miras diferente y consideras de manera diferente a quienes van a hacer uso de lo que haces, que es fundamental: qué tipo de vivienda vas a hacer, cómo repensar los espacios… No significa que la gente sepa más que tú o antes que tú  lo que quiere y tú los estés escuchando o no; pero es en todo caso una reflexión que se debe hacer de manera conjunta. No podemos imponer a la gente que viva en cohousing, pero si hay gente que está intuyendo que hay algo que no le gusta en cómo vive, hay que ver cómo el espacio puede ayudar a mejorar alguna de estas disfunciones que tú estás sintiendo en tu vida. Otras no son de espacio, evidentemente.

-Una ciudad refleja conductas. ¿Puede también utilizarse como instrumento para educar y cambiar conductas?

-El espacio educa, totalmente. Hay mucha reflexión, por ejemplo, sobre el uso que se hace de los patios escolares, que tienen un 80 por ciento de su superficie ocupada por un campo de deporte que usan el 10 por ciento de la población escolar, y el resto son actividades que se mantienen en la periferia. Eso lanza un mensaje claro de jerarquías y de imposiciones. Se tienen que poder hacer cosas que permitan incluir a más. O abrirlo a los usos barriales. Si quieres educar en igualdad, pero vas a la escuela y quien tiene el foco del espacio es un grupo de diez que juegan a la pelota… ¿qué pasa con el resto? Se tiene que abrir a más usos, a otros juegos activos que no sean necesariamente ese, y que otros y otras harían también.

-No deja de ser una metáfora de la ciudad.

-Sí. El espacio siempre manda mensajes.

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