Anda estos días revuelta la derecha gijonesa. La nueva alcaldesa anuncia que no acudirá a la bendición de las aguas de la bahía porque entiende que el ayuntamiento debe ser laico. Y como si les hubieran herido en lo más hondo de sus intimas partes han reaccionado todos a una abalanzándose sobre la presa que invade la finca de su propiedad.

Tiene malos actores la Caverna en estas lides. El teatro es cultura y en esto la Caverna gasta poco. Actores que convenzan, que atraigan, que apasionen y seduzcan a la clientela y terminen comprando la mercancía. Que de eso se trata.

Y es que, reconozcámoslo, es una mercancía cada día más difícil de vender. Es vieja, pasada de moda y no se adecua a los tiempos que vivimos. Porque tratar de vender las creencias religiosas católicas en la España de hoy, en el Gijón de hoy, resulta harto difícil. Todas esas cosas que forman la parte visible de la mercancía: La negación del aborto, la condena de los anticonceptivos, la negación de la violencia de género como producto del machismo rampante, los privilegios de no pagar el IBI, las inmatriculaciones, la cuota sustraída del IRPF, la pederastia, los 11.000 millones que anualmente les entrega el Estado etc. etc. Constituyen un serio inconveniente para la venta de los santos, las devociones, las bendiciones, los rosarios y los escapularios. Y más cuando la ciudadanía ha decidido masivamente caminar por otros mundos que sin duda le resultan mucho más abiertos, gratificantes y liberadores, secularizándose a marchas forzadas en un proceso que muy a pesar de la Caverna y sus malos actores no tiene marcha atrás y no lo pueden impedir. Es un hecho evidente: Tienen las tiendas vacías

Por eso cuando esos malos actores gritan y se desmelenan llamando al respeto a las tradiciones, a que la participación de la alcaldesa es un deber con un gran colectivo ciudadano, a que otros socialistas lo hicieron, a que este no es el principal problema de Gijón, a que veremos eliminar la cabalgata de los reyes magos etc. etc. Nada nuevo. Esa mala representación ya la hemos visto demasiadas veces. Además de aburrida, no convence.

Por cierto, y solo con respecto a lo de las tradiciones, es curioso pues ahora resulta que Areces fundador de la fiesta y de la participación en las bendiciones fue nada más y nada menos que un santo mártir de la época de Diocleciano que aconsejado por un tal Pedro que pasaba por Gijón le recomendó semejante ceremonia. De ahí lo de la tradición tan antigua defendida por la Caverna.

Basta ya de tanto pito y de tanto desatino. Los malos actores cansan y emburrian el ambiente con sus esperpentos y sus gritos porque incluso ni siquiera sirven para vender los intereses de la Caverna.

Ese es el fondo de la cuestión: Los Intereses. A la Caverna le importa un bledo San Pedro, las bendiciones y sus parafernalias. La Caverna tiene sus máximos intereses en la defensa de un régimen que se sustenta en tres pilares fundamentales: La Banca (el capital financiero), La Monarquía y la Iglesia católica. Un Régimen que le permite mantener el Estado como su finca privada, un régimen que a la iglesia le mantiene sus privilegios y en definitiva un régimen a través del cual mantiene su poder inalterable desde hace siglos.

Y esto que no se lo toquen porque están dispuestos a lo que sea necesario. ¿Alguien lo duda?

Y la verdad sea dicha tampoco les importa mucho tener malos actores en su defensa. Nunca fueron ilustrados y más que del teatro gustan de los toros.

En fin, mala, mala venta tiene esta mercancía por su mala calidad y por sus malos comerciantes. Triste figura la del párroco que en esta baraúnda grita y se desgañita: Oigan, oigan que mi mercancía es buena, que nunca hizo mal a nadie.

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La Caverna gijonesa