La confitería Biarritz: de vender por docenas los mojís a replicar les «Chapones» del Muro
GIJÓN
«Cambió todo muchísimo. Antes los chiquillos iban al colegio y llevaben todos 10 pesetes. Compraban dos helados, un pastel, y ahora no llevan ni un duro y no pueden salir en el recreo», dice Rosa Vílchez, que se despide tras casi medio siglo invitando a sus clientes a un «buen» pincheo
19 sep 2019 . Actualizado a las 05:00 h.La confitería Biarritz echa el cierre el domingo y a Rosa Vílchez se le van a acumular las anécdotas de los casi 50 años en los que este emblemático y entrañable establecimiento de repostería artesanal ha estado abierto en la calle Caridad de Gijón, frente al Muro de San Lorenzo. «Antes vendíamos muchísimo dulce. Teníamos una ventanuca para atender a los niños a la hora del recreo y, no se me olvida, comían 22 docenes de mojís y unes diez de bombes, pero ahora eso desapareció», rememora de los tiempos en los que sus padres, Francisco Vílchez y Juana Rodríguez, regentaban la confitería que habían abierto en 1971.
«La habían cogido en las navidades de 1970, pero entre una cosa y otra se abrió en el 71», explica la repostera, que va a celebrar un «buen» pincheo «como los que pongo para el vermú» el domingo para despedirse de sus clientes por todo lo alto. «Después de tantos años, más que clientes son amigos. Nos vamos a juntar todos para despedirnos, acabaremos por la tarde y cerramos. Será el último día».
A Rosa Vílchez le toca jubilarse: «Me da pena, pero llegó el momento y con creces. Estoy muy muy cansada del trabajo por la edad». A la despedida de la confitería Biarritz no podrá asistir Joaquín Pixán («quería que cantase el Asturias patria querida y es el único que va a faltar, pero no puede») pero sí lo hará el escultor Fernando Alba, con el que Vílchez tiene amistad debido a que, en 2013, replicó en galleta de chocolate el conjunto escultórico Sombras de luz, mucho más conocido como les Chapones, ubicado en el Mayán de Tierra del paseo del Muro.
«Nos hicimos amigos cuando le pedí permiso para hacerlo. Les Chapones tuvieron que surgir porque los bombones no se vendían por dulzones y porque engordan. Hubo que pensar algo suave: que no lleve de lo que lleve y que aparente que no aparente. Pues eso: la chapona, como ye un crujiente, ya no ye ese mazacote de chocolate». Y triunfó con su versión dulce, pero no tanto, de su escultura favorita de Gijón. Todo un homenaje en forma de galleta de mantequilla, con ralladura de naranja o manzana, bañada en chocolate y que recrea el óxido del original con cacao amargo y, por supuesto, delicadamente agujereada.
Esta creación, como bien explica, respondió a los cambios del gusto por lo dulce de los gijoneses. «No cambié yo, cambió la gente y tienes que adaptarte a la fuerza sí o sí. La proporción del dulce, con la crema y con todo, tuvo que cambiar muchísimo», cuenta. Por supuesto, para menos. «Además, antes, los chiquillos iban al colegio y llevaben todos diez pesetes. Compraban dos helados, un pastel, y ahora no llevan ni un duro, no pueden salir en el recreo… No hay dinero. Antes se gastaba muchísimo. Cambió todo mucho», asegura, poniendo de ejemplo los tiempos en los que los pastelitos de salmón y otros bocaditos salados triunfaban para las bodas. «Salían del horno y los ponías tal cual en el plato. Ahora no los come nadie y, para cualquier cosa, hay que poner puntilla y que todo esté perfecto. La gente antes era menos delicada y gastaba mucho. Nada que ver», insiste.
«Quiero mucho a ese local, ahí está toda mi vida», dice Rosa Vílchez, que se hizo cargo del negocio a finales de los años 70 manteniendo la tradición iniciada por sus padres y eso, entre otras cosas, significa un chocolate con churros que sus clientes-amigos echarán mucho de menos. Desde que anunció el cierre, a la confitería Biarritz le han salido numerosos pretendientes y, entre otras propuestas, podría reabrir como confitería o como cafetería.