La manos que dieron vida al Rey Pelayo

Uno de los principales símbolos de Gijón es una obra de un artista polifacético, que emigró a Asturias y ha dejado su huella en multitud de obras

Monumento a Pelayo en Gijón
Monumento a Pelayo en Gijón

Gijón

En la bulliciosa plaza del Marqués, desde el 5 de agosto de 1891, otea el pasear de los vecinos y vecinas de Gijón la imperturbable, solemne y broncínea mirada de Don Pelayo. La mano derecha levantada con la cruz y la mirada clavada en el puerto de la estatua del primer monarca del Reino de Asturias se ha convertido en uno de los más importantes símbolos de la ciudad, si no el que más.

No mucha gente sabe, sin embargo, el nombre del autor de la que se ha convertido en una de las más icónicas estampas de la ciudad. El grueso de la obra del escultor ribadense José María López Rodríguez se encuentra en Asturias, si bien la más emblemática es la regia estatua de Pelayo. Martín Fernández Vizoso, periodista, escritor y colaborador de La Voz de Galicia, es una de las personas que más ha trabajado a la hora de rescatar de las garras del olvido la figura de este ilustre ribadense y gijonés de adopción.

Explica que José María López nació en la vieja Plaza da Fonte Nova en Ribadeo el 5 de junio de 1844. Sus padres eran Domingo López y Teresa Rodríguez, dos modestos trabajadores del campo. Su hijo, desde muy niño, demostró unas aptitudes poco comunes para el arte. «El suyo es el caso muy común en aquella época de gente que no tenía posibilidades de estudios y para desarrollar inquietudes artísticas aprendían de otros artesanos», comenta.

José María López aprendió a tallar «con vecinos suyos» y, así, « empezó a hacer figuras para la iglesia de su pueblo». Con veinte años «familias de Ribadeo lo apoyaron para que fuera a Madrid a formarse» en una academia filial de la de Bellas Artes de San Fernando. En la capital de España contrajo una grave enfermedad por lo que los médicos « le aconsejaron que marchara a Gijón», ciudad en la que podía recibir una mejor supervisión y tratamiento. Así lo hizo en 1864 y esa es la razón por la que el grueso de su obra «está dispersa por Gijón y toda Asturias».

Este verdadero hombre del renacimiento (era pintor, escultor, delineante, decorador…) fundó en la ciudad su propio taller, donde tuvo como alumno a «José María Cao, uno de los genios de la caricatura y el dibujo mundial». La estatua de Pelayo es la que le dio más fama. En su momento, fruto de su «enorme prestigio», cobró 1.500 pesetas, lo que suponía una cantidad muy apreciable para la época. El escritor Pachín de Melás dijo años después que la escultura del primer monarca asturiano fue plagiada por artistas ingleses en varias piezas comisionadas en Londres.

Desde su estudio de Gijón talló numerosas obras y esculturas que hoy se pueden admirar en toda la geografía asturiana. En Gijón realizó encargos para el Hospital, la iglesia de San Pedro, el convento de las Agustinas o la capilla de Begoña, así como el relieve de Salmerón que le encargó la Tertulia Republicana.

Su obra también se puede apreciar en iglesias y capillas de la región, entre otras, las de Porceyo, Baldornón, Granda, Arroes, Jove, Ceares, Contrueces, Somió, Roces, Deva, Castiello, Avilés, Cabueñes, Carreño, Albandi, Candás, Perbera, Ciaño, Cornellana, Valdesoto, Mieres, Lena, Proaza, Oviedo, Villaviciosa, Siero y Grado, entre otras.

Martín Fernández Vizoso considera que, pese a que en vida gozó de fama y respeto, a José María López la historia no le ha dado el reconocimiento que merece. «A casi nadie de esa generación se le trató con justicia. Vivimos un tiempo de desmemoria y educación nefasta», lamenta. El escultor falleció en Gijón el 6 de marzo de 1913, a los 69 años. Hoy en día una plaza con su nombre recuerda su lugar de nacimiento en Ribadeo.

Comentarios

La manos que dieron vida al Rey Pelayo