Formación, investigación y transferencia: una Escuela a la altura de los tiempos

Escuela Politécnica de Gijón
Escuela Politécnica de Gijón

La Escuela Politécnica de Ingeniería de Gijón tiene sus raíces en el Instituto de Náutica y Mineralogía fundado por Jovellanos que estableció no sólo los cimientos de la educación superior que se afincaría en nuestra ciudad sino también las señas de identidad que han perdurado en el tiempo y que han encontrado su mejor expresión en el Campus de Gijón.

En esta larga historia, el hito que ha marcado su devenir en el siglo XXI ha sido la fusión de los tres centros de ingeniería gijoneses para dar lugar en 2010 a la actual Escuela. Una fusión realizada con generosidad y anteponiendo los intereses colectivos a los particulares. Piénsese en el ejemplo de tantas otras fusiones pendientes en nuestra geografía que no prosperan por no haber superado esta barrera.

En el centro se imparten actualmente ocho grados de ingeniería de los que seis son de la rama industrial, uno de telecomunicación y uno informática; también se imparten diez másteres universitarios, dos de ellos Erasmus Mundus, y varios títulos propios. Todas las titulaciones de Grado tienen itinerarios bilingües que suponen cursar la mitad del título en inglés, y el 33% de los estudiantes realiza alguna movilidad internacional durante los estudios lo que supera ampliamente el objetivo de la Unión Europea para 2020 que era llegar al 20%.  Se realizan cientos de prácticas en empresas, cada vez en mejores condiciones. Es el único centro de la Universidad de Oviedo que ha conseguido acreditarse institucionalmente gracias a una decidida apuesta por la calidad como una de las señas de identidad. Existen numerosas actividades estudiantiles de impacto y tan formativas como los propios estudios oficiales. Pero, sobre todo, existe un profesorado fuertemente investigador, la verdadera clave de una universidad de hoy en día, y una organización administrativa particularmente eficiente.

La Escuela no se podría entender sin el respaldo del Ayuntamiento de Gijón al que se ha sumado con el tiempo el del entorno socioeconómico que se ha materializado, por ejemplo, en una Sociedad de Partners de ochenta empresas de las más relevantes de Asturias. El acierto de las políticas municipales respecto a la Universidad asturiana en Gijón ha encontrado su mejor expresión en el conjunto de la Milla del Conocimiento en el que resulta clave el binomio de la Escuela y el Parque Científico y Tecnológico y que tiene aún mucho recorrido. El futuro crecimiento del Parque por la parte más próxima al Centro supone también una oportunidad de futuro para profundizar en la simbiosis, en la que aún queda mucho margen de mejora.

Hablando de futuro, los retos son enormes. Ejemplo de esa investigación es el Centro de Inteligencia Artificial que existe desde hace desde hace más de 20 años. Eso ha permitido establecer unas excelentes bases en analítica de datos e inteligencia artificial para el nuevo grado en Ciencia e Ingeniería de Datos que se espera para 2021 y que reforzará la orientación de la Escuela hacia las nuevas tecnologías de alto valor añadido y permitirá reforzar al sector asturiano de las TIC, cada vez más pujante pero con un importante cuello de botella en la necesidad de personas formadas adecuadamente.

El modelo de universidad lleva un tiempo en el punto de mira de todo y en todo el mundo. Los cambios que se esperan en los próximos años serán importantes.  Respecto a los estudios cabe esperar que los cambios vengan de una mayor flexibilización curricular que permita al alumno una mayor autonomía en la configuración de su itinerario académico y, con ello, una mayor variedad de variantes curriculares sin afectar al coste. 

También será necesario contribuir a un mejor desarrollo de las competencias transversales como una de las demandas de mayor valor añadido de un universitario como consecuencia de un mundo donde el conocimiento se ha vuelto más accesible para todo el mundo y ha perdido peso como clave distintiva.

Asimismo está tomando mucha fuerza la necesidad de apoyarse más en el entorno y desprenderse de cierta altanería intelectual que se achaca muchas veces a las universidades. Afortunadamente, este entorno está deseoso de colaborar y oportunidades como la formación dual deben de modelarse para extraer lo mejor de nuestro entorno. Es aquí donde hay que aplicar ese intelecto.

Tampoco serán menores las oportunidades que significará la formación permanente para los centros universitarios. La mitad de los jóvenes asturianos de hoy son universitarios. En un futuro muy cambiante donde el conocimiento técnico del momento pronto pierde valor, con una población envejecida, con una demografía tan problemática como la nuestra, resultará necesario mantener al día a todas estas personas. Para este tipo de perfiles, el impulso de la formación online que estamos viviendo, es de sumo interés. Ya desde hace años, las universidades más pujantes han dejado de invertir en ladrillo para invertir en tecnología.

Se trata de líneas de directrices que este centro no solo no puede perder sino en las que tiene,  puede y debe destacar e ir incluso estableciendo el camino a seguir. El marcado carácter dinámico e innovador de nuestra Escuela, fruto muchas veces de la necesidad de abrirse camino y encontrar el sitio dentro de una Universidad con una larguísima historia y a la que se ha incorporado hace solo cincuenta años, es para el momento actual una de las claves para afrontar el futuro.

Para que toda la compleja maquinaria universitaria funcione será necesario una mayor competencia en el profesorado e incentivar la transferencia de la investigación al sector productivo, uno de los puntos más cuestionados de la Universidad española pero también uno de los que nuestro Centro parte de una posición más interesantes dentro de lo muy mejorable de todo el conjunto. Es necesario, de nuevo, sacrificar los intereses más puramente personales en beneficio de los intereses colectivos.

A buen seguro el propio Jovellanos estaría satisfecho de lo que se ha cosechado de la siembra de su Instituto pero como también dijo «bien están los buenos pensamientos, pero resultan tan livianos como burbuja de jabón, si no los sigue el esfuerzo para concretarlos en acción».

 Juan Carlos Campo es director de la Escuela Politécnica de Ingeniería de Gijón

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