Asiste el parto de su mujer en plena noche y en la calle en Gijón: «Cuando escuché llorar a la cría, todo cobró calma»
GIJÓN
Antonio Ampudia tuvo que detener el coche cuando la cabeza de la pequeña Eva empezó a asomar durante el trayecto al Hospital de Cabueñes. La bebé nació sobre unos cartones blancos en la zona de Peritos, con la expectación de unos vecinos confusos por la escena
16 oct 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Antonio Ampudia y Elena tenían preparado (casi) todo para la llegada de su tercera hija, incluso opciones de logística para que alguien se quedaran con sus otros dos pequeños, tanto si el parto comenzaba de día como de noche. Habían pasado por dos partos anteriores y sabían cómo organizarse cuando llegara el momento, por lo que pensaban que tendrían un margen de tiempo suficiente para que los abuelos llegaran a su casa y ellos poner rumbo al hospital. Sin embargo, la madrugada del sábado al domingo trastocó todos sus planes. Eran alrededor de las tres de la mañana cuando, durante el trayecto hacia el Hospital de Cabueñes, en Gijón, la cabeza de la pequeña Eva empezó a asomar. Antonio tuvo que detener el vehículo junto a las obras que se están desarrollando en la zona de la antigua Escuela de Peritos y ayudar a su mujer a dar a luz en plena calle, sobre unos cartones blancos que encontró allí mismo: «la cabeza estaba fuera y en la parte de atrás del coche no podíamos ponernos porque teníamos las sillas de los otros niños, así que la cogí, la saqué, y ahí fue todo», recuerda días después aún con la emoción de haber vivido un parto en el que, asegura, «sentí todas las emociones que puede sentir un ser humano».
La noche había comenzado con la incertidumbre habitual de los días previos al parto y la certeza de que este sería en cualquier momento porque Elena salía de cuentas el 12 de octubre. De hecho, llevaba varias jornadas con dolores que finalmente no desembocaban en nada, aunque en la noche del sábado al domingo las contracciones comenzaron a ser mucho más intensas y seguidas. «No hubo un momento en el que dijéramos: vamos a esperar porque hay 15 minutos entre contracción y contracción. Eran cada dos minutos», explica Antonio. La pareja, que vive en Gijón, había previsto acudir al Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), donde habían nacido sus otros dos hijos, pero la rapidez con la que avanzaba el parto les hizo cambiar de planes y salir en dirección al Hospital de Cabueñes en cuanto llegaron los abuelos a quedarse con sus otros dos hijos. Antonio relata que cuando Elena consiguió subir al coche, lo cual ya le costó mucho, los dolores ya eran muy difíciles de soportar, por lo que al poco de haber iniciado la marcha, su mujer comenzó a advertirle de que la niña estaba saliendo. «Yo le decía que tranquila, que no podía ser, pero ella me repetía: que sale, que está saliendo», hasta que, al mirar hacia su derecha, Antonio comprobó que su mujer tenía razón y la cabeza de la bebé asomaba.
Antonio señala que, a partir de ahí, todo sucedió muy deprisa, estima que igual 3 o 4 minutos, aunque a él le pareciera «una eternidad». Encontró un lugar donde parar el coche junto a las obras de Peritos y vio unos cartones que, según comenta, «estaban blancos y parecían recién puestos» y, como no había tiempo para pensar demasiado ni para buscar ayuda profesional antes del nacimiento, sacó a su mujer del coche y la tumbó en ellos para asistirla como pudo. «Fueron momentos de dudas, miedos y de sentir responsabilidad. Fue lo peor, el peor momento para mí y para ella, hasta que escuchamos llorar a la cría», relata. Precisa que antes de que la niña saliera, Elena «estaba muy nerviosa», pero que «cerró los ojos y se concentró en empujar», mientras él intentaba mantener la calma mientras trataba de comprender qué debía hacer en una situación que nunca había imaginado vivir. «Al principio era bloqueo, fueron segundos, pero luego reaccionas, te quitas eso y hay algo que sale de dentro: la adrenalina, la adrenalina a tope y actúas», explica de su singular vivencia.
La escena tampoco pasó inadvertida para los vecinos de la zona, que comenzaron a asomarse al escuchar los gritos de Elena. Es más, algunos, sin entender qué estaba ocurriendo, le pedían a Antonio que se apartara de su mujer, por lo que él tuvo que explicar a voces que estaba dando a luz y solicitar que llamaran a una ambulancia. «La gente pensaba que le hacía algo, y es normal, porque la escena era un poco extraña: un sábado a las tres de la mañana, no te esperas que esté llegando alguien a dar a luz», cuenta el mismo, que también tiene en mente que en la calle había una chica y un chico que intentaban animarlos y otra vecina se acercó con una toalla para cubrir a la pequeña, aunque Antonio ya se había quitado la camiseta para arroparla, porque, pese a que con dos niños pequeños solían llevar mantas y toallas en el coche, aquella noche no tenían nada a mano.
«Al tercer empujón, la recibí en mis manos»
El momento decisivo llegó después de tres empujones. Antonio explica que primero asomó una mano y que, durante unos instantes, no sabía cómo ayudar a que la niña terminara de salir sin hacerle daño: «pensaba: ¿cuánto tiro?, ¿cuándo tiro?, ¿cuándo viene la contracción?», así que intentó coordinarse con Elena hasta que, al tercer empujón, Eva nació: «la recibí en mis manos, la giré para comprobar que reaccionaba, le di un poco en la espalda para ver si lloraba y lloró al segundo. Ahí ya fue cuando todo cobró un poco de calma», rememora Antonio Ampudia, quien asegura que el llanto de la recién nacida puso fin a los minutos de mayor angustia. Así, aunque él hasta entonces había tratado de sostener la situación, terminó rompiendo a llorar, esta vez de alegría y por la tensión acumulada. El mismo reconoce que perdió por completo la noción del tiempo desde que vio asomar la cabeza hasta que escuchó el llanto, unos minutos que a él le parecieron horas en la que, resume, «me pasaron todas las emociones que puede sentir un ser humano, tanto las buenas como las malas».
Poco después llegó la Policía que, según bromea ahora Antonio, «se encontró con una escena propia de una película de Tarantino», porque podía prestarse a confusión hasta que comprendieron lo que había sucedido. Los agentes les facilitaron una manta térmica para tapar a su mujer y su hija y lo siguiente fue la llegada de los servicios sanitarios, que atendieron a Elena y a la pequeña in situ, cortando el cordón umbilical ante de trasladar a ambas al Hospital de Cabueñes para que recibieran asistencia especializada. Allí le confirmaron que Elena y Eva, que pesó 3,600 kilos, se encontraban bien. Incluso el personal sanitario que las atendió comentó lo bien que había salido el parto, una valoración que Antonio recuerda con alivio después de todo lo vivido. De hecho, tanto la mamá como la bebé recibieron el alta hospitalaria este mismo miércoles comenzando una nueva etapa en casa con la recuperación de la madre y la adaptación de los dos hermanos mayores a la llegada de la nueva integrante de la familia: «las dos están fenomenales, son unas campeonas. Están perfectamente», asegura.
Una historia singular para contar
Y aunque el susto todavía lo tiene reciente en su cabeza, Antonio Ampudia sabe que la memoria irá dejando atrás parte del miedo y conservará, sobre todo, la llegada de Eva al mundo. No olvida la angustia de aquellos minutos ni la incertidumbre de tener que actuar sin saber exactamente cómo hacerlo, pero empieza a mirar lo ocurrido de otra manera: «al final, los recuerdos que guardamos siempre son mejores que lo que se vivió, borrando las partes de miedo y agobio», reflexiona el mismo, que, si bien no repetiría la experiencia, ya considera que «de los tres partos, fue el mejor». Desde luego, su hija tendrá una historia singular que contar cuando crezca: que nació de madrugada, sobre unos cartones blancos y rodeada de vecinos que salieron a la calle sin saber muy bien qué estaba pasando. Una historia que sus padres recordarán siempre, aunque, como dice Antonio, con el tiempo se queden con «la parte chula de la historia de Eva».