«Juego de Tronos 7x07»: «El lobo solitario muere...»

Este es el saldo del último capítulo de la temporada: un personaje menos, tensiones resueltas y el enemigo en casa. Todas las piezas están ya en su sitio a la espera de un desenlace que tardará más de un año en llegar


Redacción

Que la noche es oscura y que alberga horrores. La lección estaba aprendida; solo quedaba exponérsela a Cersei y confiar en que la mala malísima de Juego de Tronos, digna heredera de su padre, se la creyese, bajase la guardia y colaborase en la cruzada contra el gran enemigo, que ahora ya sabemos que son aquellos que no respiran. El cometido del último episodio de la temporada, emitido la pasada madrugada, se cumplió no sin pocos contratiempos, discursitos de los buenos e idas y venidas, una reunión de casi hora y media en Desembarco que dejó Invernalia a merced de Sansa, reina en funciones. No hubo lucha en este final -reposado y estratégico, con más palabras que movimientos-, pero sí mucha información. Las piezas ya están colocadas para la gran batalla final, temporada última por la que tendremos que esperar más de un año entero.

Así quedó la cosa:

(OJO, A PARTIR DE AQUÍ EL ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS)

Quedada en la capital

A la costa este de Poniente llegaron por tierra, mar y aire los chicos de Jon y Danny que, haciéndose de rogar, apareció minutos más tarde, a lomos de su dragón, cuando Cersei, inquieta, ya había preguntado por ella. Al resto les recibió Bronn en pleno recorrido turístico guiado por Tyrion. Acompañaban al colega de Jaime Brienne de Tarth y Podrick, más puntuales, enviados desde Invernalia en representación de la mayor de las chicas Stark. Y hala, ya estaban todos. También el Perro y la Montaña, y Euron y Theon Greyjoy. Heridas abiertas, rencor y reencuentros. Pero antes de la gran velada, Brienne y el Perro se pusieron al día para darnos la primera pista: Arya se ha hecho mayor, ya no necesita que le cubran las espaldas; el que tiene que cuidarse ahora es aquel que se cruza en su camino. No hay puntada sin hilo.

Juntos ya todos, tomó la palabra Jon para abordar el tema central de la asamblea: que hay un ejército de muertos, que la cosa es grave, tanto que a lo mejor sería conveniente enterrar el hacha de guerra, olvidarse un tiempo del Trono de Hierro, y concentrarse en la otra lucha. Y como estaba previsto, Cersei no se creyó nada. Desempaquetaron entonces los invitados la prueba que les costó un dragón y más de una taquicardia en el anterior episodio. De un enorme cajón de madera salió de un salto el muerto cazado, regalándonos una de las mejores escenas de la temporada: la cara de la Lannister. Te lo dijimos, reina, a esto es a lo que hay que temer. Y, además, matarlo cuesta Dios y ayuda. 

Continuó la demostración el Perro, partiendo al zombie en dos, sin que el tajo le impidiese seguir meneándose. «Podemos destruirlo con fuego y con vidriagón», ilustró Jon. Si no nos unimos, acabaremos todos así. «Solo hay una guerra que importe, la gran guerra, y ya está aquí». Secundó el discurso, sin perder un segundo, Daenerys: «Yo no le creía hasta que lo vi. Los vi todos». «¿Cuantos?», quiso saber Jaime. «Cien mil, al menos», respondió ella. 

Y bueno, esto es todo amigos. ¿Qué es lo que vamos a hacer con tal percal? Euron lo tuvo pronto clarísimo: ciao. Que los muertos no saben nadar, que me vuelvo a mis islas y que ahí os quedáis. Cersei, aterrada, aceptó la tregua -al menos hasta haber solucionado este pequeño percance-, pero advirtió que no iba a ser gratis. Jon tendría que quedarse luego en el norte, no atacar y no elegir bando (¿habrá notado la Lannister la electricidad entre Nieve y la madre de los dragones?). Y él, en su enésimo alarde de honradez, se negó. Se intuía la declaración: «No puedo servir a dos reinas y ya he jurado lealtad a una». Pelea de gatas: Daenerys 1 - Cersei 0. Oferta retirada.

El capítulo entra a continuación en una meseta de recados y trascendentales charlas. La primera, entre Jon Snow y la que no arde, que enfadada con el órdago del rey del norte le recuerda cuánto se la jugó, cómo perdió a uno de sus dragones. Tras un rato juntos, medio escondidos entre las rocas -hay que ver lo que gusta a Jon una cueva-, Daenerys empieza a ablandarse y, de nuevo, se atormenta con su infertilidad. Que no puedo tener críos, Jon. Pero vamos a ver, ¿cómo sabes eso, rubia? Me lo dijo una bruja. ¿Y no has pensado que, a lo mejor, solo a lo mejor, no es una fuente de información fiable?, sonríe el bastardo. 

Mientras,Tyrion intenta aplacar a la fiera en el primer combate dialéctico de El dragón y el lobo, una conversación, ajuste de cuentas entre hermanos, en la que el enano se expone a ser liquidado. Hará exactamente lo mismo, minutos más tarde, Jaime. Mátanos, Cercei. Acaba con nosotros, puedes hacerlo con solo un gesto. Y ella, témpano de hielo, flaquea por primera vez en mucho tiempo. Sospechosa su debilidad que, especialmente ante Tyrion, tiene pinta de artimaña. Se pasa distraídamente la mano por el vientre al tiempo que reconoce que solo pensó en una cosa al ver al difunto convulsionando: poner a salvo a su familia. ¿Qué familia Cersei? Si, además de tu gemelo, ya no te queda nadie. Estás embarazada, adivina Tyrion, localizando rápidamente el punto débil.

La siguiente Cersei que vemos es una Lannister convencida: «La oscuridad llega para todos. La afrontaremos juntos. Y cuando acabe, puede que os acordéis de que decidí participar». Bien. Reto superado. ¿Reto superado? Mientras los forasteros preparan la vuelta a casa - «Deberíais ir volando», le recomienda Jorah, a Daenerys, mosqueado con el descarado cortejo; mejor en barco conmigo, marca terreno Jon Snow, dará mejor impresión si nos ven llegar juntos, aliados; «iremos juntos», escoge Danny-, Cercei interrumpe a Jaime para mostrarle sus verdaderas cartas: tras llamarle tonto a la cara una vez más, le revela que, en realidad, no piensa involucrarse en la lucha. Que paren a los monstruos ellos. Que nosotros nos quedamos aquí, recuperando las tierras que nos pertenecen. Porque Cersei, perversa pero lista como un zorro, parece ser la única en haberse dado cuenta del gran ausente en la cita. 

-¿Cuántos dragones viste, hermano?

-Dos. 

-¿Y donde está el tercero?

-¿Custodiando una flota? 

-Algo ha pasado. Los dragones son vulnerables.

Minipunto para Cersei, que aprovecha la confesión para comentarle a su hermano que de su lado está la Compañía Dorada. «Lejos», razona Jaime. ¿De verdad crees, inocente, que Euron se fue a las Islas del Hierro y dejó pasar la oportunidad de casarse con la reina? Poco más hay que decir. Todo un golpe maestro que acaba de rematar a un Jaime humillado una y otra vez. Zarandeado y menospreciado. Repitiendo la escena de Tyrion, le pregunta: ¿Vas a ordenar matarme? «Da la orden», le reta. Y a ella, que parece implacable, le tiembla levemente el párpado. Y le deja ir.

La manada sobrevive

Invernalia es el segundo gran escenario del último episodio de la temporada de Juego de Tronos, acogiendo dos escenas que tardaremos en olvidar. La primera, la ejecución de Meñique, primer y único personaje principal que muere en esta tanda de capítulos, la menos letal de todas. La segunda, la revelación de la verdadera identidad de Jon Snow o, más correctamente, Aegon Targaryen. Especialmente bien llevado está el final de lord Baelish, a quien odiamos buena parte del relato mientras lo vemos encizañar sin descanso entre los herederos Stark: que si mira, Jon hincó rodilla, le juró lealtad a una extranjera que, además es muy hermosa y él, joven y apuesto, y juntos serán difíciles de destronar. Que si a qué demonios ha venido Arya a Invernalia. Por qué recuperó la carta de Cersei, qué es lo que quiere. ¿En qué se convertiría si te quita del medio, Sansa? En la señora de Invernalia. Ajá.

Y nos lo creímos todo: que a Arya se le había ido la cabeza y que Sansa, la pobre, vagaba por Invernalia completamente manipulada por Meñique. Temimos su reacción cuando, acompañada por Bran, convocó a su hermana: «Se os acusa de asesinato, se os acusa de traición», arrancó la reina provisional. «¿Qué respondéis ante tales cargos... lord Baelish?» Zasca. No era a Arya a quien estábamos juzgando en esa fría sala del norte. «Asesinaste a mi tía, iniciaste el conflicto Stark-Lannister, conspiraste con Cersei y Joffrey para traicionar a mi padre», enumeró Sansa. ¿Te parece poco Littlefinger?

«Lo niego, ninguno estaba allí para verlo», intentó defenderse él, olvidando que sí, que hay quien todo lo ve aunque no esté de cuerpo presente. «Le pusisteis un cuchillo en la garganta», apuntó Bran.«Le dijisteis que nunca debió haberse fiado de vos. Y a mi madre que el cuchillo era de Tyrion, pero era vuestro», sumaron las chicas. «Y que no se nos olvide que, además, me vendisteis a los Bolton», añadió Sansa devolviéndole el golpe: «¿Cuál es la peor razón que tenéis para enfrentarme con mi hermana?». 

Luego, Meñique suplica; Sansa, que se ha hecho mayor, eleva el mentón. Arya se acerca, imperturbable, desenfunda su daga y le corta el cuello. Sin el mínimo titubeo. Sin atender a las súplicas de un Baelish que, de rodillas, clama piedad. «En invierno debemos protegernos, cuidarnos la una a la otra», reflexiona tras la aniquilación Arya. «El lobo solitario muere, pero la manada sobrevive».

Los primeros copos de nieve en Desembarco del Rey nos recuerdan que se acerca el final. Llegó el temido invierno del que tanto nos han alertado. Para cerrar la historia y confirmarnos lo que ya sabíamos, aparece Sam en Invernalia. Habla en realidad Bran, y el Tarly ata el resto de cabos. Recuerda que leyó el diario del septón supremo, en el que se recogía la boda secreta de Rhaegar y Lyanna. Nunca la raptó, nunca la violó. Ellos se querían, el acto fue consentido y Jon Snow es en realidad el heredero del trono de Hierro, sobrino de Daenerys, con quien, en ese mismo momento -mientras Tyrion mosqueado escucha desde el pasillo- comparte al fin camarote, cama, saliva y sudor, ajenos no solo a su parentesco, también al futuro que les espera, ya en marcha. No solo ha llegado la estación larga y fría que nos lleva inquietando seis temporadas. Con ella, han bajado hasta el muro muertos y caminantes. Ahora con un dragón. Más fuertes y más enfadados. El aliento del bicho, ojos azules, derrumba en tres pasadas la enorme muralla mágica. Vía libre para el temido ejército. 

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