Cristina Soria, coach y colaboradora de «Sálvame»: «Mila Ximénez siempre
ha estado cuando la necesité»

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Es una experta analizando las emociones de los demás, pero también reconoce que no es zen al 100%: «Si tengo que pegar cuatro gritos los pego», dice Cristina Soria, que acaba de publicar su nuevo libro sobre cómo renovarse después de la pandemia

14 dic 2021 . Actualizado a las 19:07 h.

Cristina Soria (Calatayud, 1975) es una de las coachs más famosas de la tele. Su manera de describir las emociones de la gente y de analizar si sus respuestas son coherentes con lo que el entrevistado está diciendo, la han convertido en una de las profesionales de referencia. Pero más allá de su participación televisiva, acaba de publicar su último libro Renuévate, cómo encajar las piezas de tu nueva vida, que nos ayuda a empezar de nuevo y con energía renovada después de esta pandemia que ha paralizado el mundo y que todavía nos sigue dando quebraderos de cabeza.

—Enhorabuena por tu libro, ¿es el sexto?

—Es el séptimo. Fue muy bueno porque fui al dentista hace unos días y me dice: «¡Ah!, ¿que has escrito un libro?». «Bueno, siete», le dije. Y se me quedó mirando con una cara... [se ríe].

—Empiezas con la pérdida de tu tío por covid, a través de una llamada que recibes por la mañana, ¿ese ha sido el motivo por el que lo has escrito, por cómo nos ha afectado la pandemia?

—La editorial me pidió que escribiera otro libro y le dije que no. Así de chula. Y luego, la verdad, es que lo pensé bien porque estaban valorando hacer algo relacionado con la pandemia, con las emociones... Y le propuse introducir aspectos que la pandemia ha puesto más sobre la mesa, como la incertidumbre, el cambio, afrontar nuevos retos... y que están a la orden del día, lo que pasa es que hasta ahora ha sido a nivel individual. Y, a medida que iba escribiendo el libro, quería contar cómo se vive esa situación cuando de repente recibes esa llamada en pleno bum de la pandemia, a principios de marzo, en el que se tenía un desconocimiento total de la enfermedad. Entonces, también me lo propuse como un reconocimiento a aquellos que se han ido o que se han dejado parte de su vida en ello, y que, por lo menos, valga para que los demás cambiemos algo.

—¿Y para qué crees que nos ha servido esta pandemia?

—Hay una parte en mí que me dice que no nos ha valido de nada porque seguimos todos igual, en la parra. Seguimos sin priorizar, enfadándonos por tonterías, anclados en esa zona de confort y no nos movemos. Ese es el pensamiento que me viene con la rabia. Por otro lado, en cuanto a sentimientos y emociones, esos días de confinamiento sirvieron para plantearnos muchas cosas. No estábamos acostumbrados a parar y a convivir en familia y ha puesto al descubierto que había familias con necesidades muy concretas a las cuales no se les ha atendido como se debería. También nos ha cambiado la forma de comunicarnos. Hemos visto cómo la gente mayor hacía videollamadas. Y la forma de trabajar. Nos ha permitido darnos cuenta de la flexibilidad que tenemos y de la capacidad de adaptación. Pero me sigue preocupando que sigamos siendo egoístas y que hay mucha gente sin aprender a gestionar sus emociones. Seguimos planificando a largo plazo, seguimos diciendo «ya nos tomaremos un café», seguimos pasando dos meses sin visitar a nuestra familia, seguimos en un mundo caótico, corriendo de un lado para otro, porque nos hemos vuelto a subir al tren. El tren antes iba a 200 y ahora va a 350, porque parece que tenemos que recuperar todo lo que no vivimos antes.

—¿Crees que estamos más preparados para aceptar la muerte que antes?

—Creo que eso será a más a nivel individual, que cada uno puede hacer el balance de cómo lo ha afrontado. Es verdad que ha sido un duelo muy diferente y muy duro porque ha sido como que te lo han arrancado. De repente, te daban una urna a los meses, y en un acto de fe, que es como cuento en el libro, tú crees que ahí van los restos de tu familiar, pero no sabes muy bien. Y esto ha puesto sobre la mesa que la compañía en el duelo, de la forma que sea, es importante. Nosotros perdimos a una compañera de trabajo que ha dejado al equipo tocado y que nos acordamos de ella todos los días, Mila Ximénez. Y en ese momento pudimos acompañar a su hija, a sus hermanos, los pudimos abrazar y pudimos llorar todos juntos, pero en esos días no se podía hacer. En esos duelos quedan muchas preguntas sin resolver, son diferentes a un duelo normal.

—¿Cómo estáis viviendo la ausencia de Mila Ximénez?

—Cada uno lo vive a nivel muy particular. Yo convivo menos con los compañeros, que están en el día a día, aunque todos nos acordamos a nivel individual. Pero, por un lado, está esa rabia de que si no hubiese habido una pandemia se le hubiese detectado antes. Ella fue al hospital después de la pandemia y ya estaba la situación como estaba y, por otro lado, te queda que se ha ido como ha querido, rodeada de la gente que la quería y que la gente la quería mucho. Mila era una persona de la que aprendías un montón y, por lo menos, a lo que a mí respecta, ha estado siempre que la he necesitado, siempre. Y es de agradecer.

«Mi vida se puso patas para arriba, cambió todo y yo estaba hecha una piltrafa»

—Sí, es indudable que ha dejado huella.

—Y creo que se fue en su mejor momento. Ella, que tenía una vida muy de noria, de arriba y abajo, y con unas grandes experiencias vitales, ha pasado de estar cenando con los Kennedy, como contaba, a de repente cenar con compañeros nuestros en el bar de al lado de la tele. Quiero decir que ha tenido una vida de todo tipo, pero en sus últimos años hizo muchas cosas que jamás pensaba que iba a hacer y yo creo que ha dejado un gran legado a su hija y a su familia y es de esas personas que te acuerdas de ella. Y lo que te queda es el cariño. En ese homenaje que se hizo (en el programa), recuerdo que estaba en casa antes de ir al tanatorio y mi hija me decía: «Mamá, hija, lloras y ríes». Es verdad, esos momento del programa en el que ella se enfadaba y luego lo recordábamos riéndonos mucho, y luego a la vez, llorábamos mucho porque era un pilar importante del programa y de nuestras vidas.

—¿Por qué te has convertido en «coach»?

—Yo necesité el coach en mi vida. En un momento determinado, apareció la incertidumbre. Mi vida se puso patas para arriba, cambió todo y yo estaba hecha una piltrafa. Entonces lo necesité para mí y me gustó tanto que creía que podía dedicarme a ello y así lo hice, me formé y me sigo formando. Yo era periodista de vocación. Solamente quería ser periodista. Y ahora ser coach es otra profesión que me llena. Disfruto con ello. Y me ha cambiado la vida, porque primero me hizo cambiar a mí. Si llego a ser la misma de hace 14 años, no podría hacer de coach. Con lo cual lo primero que hizo fue cambiarme y hacerme mejor persona.

—¿De qué manera?

—Era una persona con muchísimas inseguridades, con la autoestima bastante tocada. Aparentemente parecía que me comía el mundo y luego, en el fondo, era sumamente tímida. Era incapaz de entrar a un bar o a una cafetería o comer sola en un restaurante. Me moría de la vergüenza. Siempre estaba con el complejo de que los demás eran mejores que yo, sin valorarme lo suficiente, sin ser consciente de los obstáculos que había superado, con lo cual me ha reafirmado mucho en quién soy, en mis cosas malas que tengo un montón, pero también en las buenas buenas, que me las reconozco y doy gracias todos los días. Y al final me siento una persona mucho más segura.

—¿Te dejas llevar por la ira?

—Hombre claro [se ríe].

—¿Cuáles son esos defectillos de los que hablas, esas cosas malas?

—Yo soy como la cerveza, exploto y cuando ya empieza a bajar, empiezo a fusionarme. Tengo que hacer un gran trabajo con la gestión de la ira. Y cuando estoy cansada, ahí ya sí que me has matado. Luego me quedo en nada, pero ese primer impulso lo tengo. Pero entreno todos los días, hago autorregulación y procuro no expresar mi enfado en el momento. Sé que en caliente no se consigue nada y me he dado cuenta que una vez que estoy sosegada, transmito mi enfado desde otro lugar y de otra manera. Pero también si tengo que desahogarme, me desahogo. No soy zen 100 % en plan «no pasa nada y el mundo es maravilloso». Y si tengo que pegar cuatro gritos, los pego. Claro que sí.

—Tienes trato con gente muy conocida, ¿crees que son más vulnerables emocionalmente?

—Hay diferentes casos, pero te das cuenta que con las redes sociales es mucho más difícil ahora para una persona pública que hace años. Son un vertedero. Se puede decir absolutamente cualquier cosa. Nosotros hemos recibido muchos insultos, amenazas, situaciones feas... y te das cuenta del trabajo que tienen que hacer estas personas públicas o famosas para no comprar todo lo que se dice por ahí y para no darle fácilmente al botón, que también es un trabajo de autorregulación. No me parece nada fácil para ellos.

—¿Y tú cómo lo llevas?

—Depende del día, pero tiro bastante de humor. Si haces mucho caso a lo que cuentan por ahí, te puedes volver un poco loca. Me ha costado, pero al final cada uno es libre de opinar, no de insultar ni de amenazar. Lo que más me puede afectar es que esas críticas puedan llegar a mis hijos, pero ellos también están muy entrenados. Lo que sí me da coraje es que a las mujeres nos siguen criticando por lo mismo y eso me produce tristeza. Críticame por lo que quieras, pero por ser quien soy, me da pereza. Y entonces, muchas veces, me río.